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Poemenos: En la costa.


Se aleja el cormorán de la costa

con sus alas negras sobre el verde

mar que mece tu recuerdo que se agosta

en las letras de ese autor que te pierde.

Mientras el atardecer muere de nostalgia

en la orilla nadan flechas de plata.

Espumas de oro rosa, ramas de acacia,

quien pudiera cabalgaros cual pez de hojalata.

Llevadme lejos, hasta otro horizonte

contigo, mi pasión de estío y, cada día,

del tedio mi escudo y mi soporte.

Yo quisiera naufragar en tus aguas frías,

ahogarme en tu humedad salina,

y llegar flotando a tu costa sombría.

Ser juntos arena, brisa y ave marina.

 

Carral del Prado.

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El Zippo.


-Por el alcohol, causa y a la vez solución de todos los problemas de la vida.

La carcajada siempre era generalizada cada vez que el cachondo de Ramón citaba a Homer Simpson para empezar las copas; y lo hacía cada vez que tomaba un J&B con agua con gas. Estaba empeñado en que era más sano y daba menos resaca beberlo así que con Coca Cola y, si le preguntabas, te lo justificaba con mil argumentos. Casi te convencía. A los trece años ya se había leído libros como Confieso que he vivido y El Conde de Montecristo – su novela favorita, de ahí que su nombre en WhatsApp fuera Edmond- y a los quince nos aleccionaba a todo el grupo de amigos, pijitos madrileños sin muchas inquietudes en aquel momento, sobre las bondades del comunismo. Y siguió leyendo tanto que a los veinte ya renegaba de esa ideología autoritaria, algo que nos encantaba recordarle, pero renegaba de esa y de todas. Lo que más le gustaba, más incluso que leer, el wiski, el Chester Light y el Heavy Metal, era ser buena gente. Estaba en su naturaleza. Incluso nos convenció de que la cojera que arrastró el último mes era porque se había caído de la cama una noche que intentó hacer una postura extraña con una tía y se pegó un tortazo, con ella en brazos, que le provocó una luxación de cadera. Lo que nos pudimos reír. La contó sin que faltara un detalle. Supongo que leer tanto le proporcionó esa capacidad de fabular con la que encandilaba a todo el mundo. Luego supe por su hermana que el cáncer de hígado que se lo llevó había hecho metástasis en su fémur y que por eso cojeaba. Así fue como se lo detectaron. Si supiera Ramón la de veces que me había liado con Pati, su hermana pequeña. Sólo le confesé una y, aunque no llegó a enfadarse, no le gustó demasiado. Supongo que si nos volvemos a ver me lo va a cobrar en wiskis con agua con gas por ser tan cobarde. Pero él tampoco nos contó lo de la enfermedad. Con lo transparente que era el tío eso se lo guardó para él. Por lo visto, me contó Pati, era muy virulento y lo pillaron tan tarde que no cabía posibilidad de tratamiento. Apenas duró un mes. A día de hoy he dejado de intentar entenderlo, supongo que lo hizo para no perder la sonrisa; para que no la perdiéramos nosotros. Mantuvo su forma de ser exactamente igual sus últimas semanas de vida con una excusa diferente cada día para justificar su cansancio. Lo que sí entendí después de su muerte fue lo de su Zippo de Iron Maiden. Aquel mechero era su tesoro más preciado. Lo había comprado en una tienda de heavys que ya no existe en la calle Fuencarral y llevaba grabado en una de sus caras el nombre de su grupo favorito. Cuatro mil quinientas pesetas le costó la tontería y eso que por esa época todavía no fumaba. El caso es que no se separaba de él en ningún momento, era su manera de demostrar que era un auténtico metalero. “Si alguno osa picarme este mechero os perseguiré toda la vida, incluso después de muerto volveré para atormentaros”, solía amenazar. El último día que le vi, sorbiendo a duras penas una pinta en el O’Sullivan, se despidió con un suave abrazo y se fue renqueando pausadamente. Cuando iba a doblar la esquina me di cuenta y le grité.

-Ray ¡el Zippo!

Él me devolvió un susurro que intentó ser un grito.

-Guárdalo, ya me lo das mañana-. Y sonrió dejándome allí extrañado.

Murió dos días después. El cabrón lo sabía y decidió dejármelo a mí. Puede que esta no sea la mejor historia de superación. Ramón no superó el maldito cáncer pero superó todo lo demás. Superó la agonía de una cuenta atrás injusta e imparable y lo hizo sonriendo con solo veinticinco años. Quizás no estaba hecho para envejecer. Ahora se partiría de risa viendo lo puretas que somos y lo calvo que está alguno. La verdad que me sorprendo al pensar en él porque siempre sonrío. Le lloré en su momento pero ahora siempre me transmite alegría su recuerdo. No ha dejado el frío del desconsuelo tras de sí, más bien ha dejado el calor ese que queda en el hueco del edredón hecho un ovillo cuando te levantas de la cama por la mañana. No superó la enfermedad pero superó hasta a la propia muerte porque ahora él viene conmigo a todas partes, lo llevo siempre en el bolsillo incluso desde que dejé de fumar. Espero que cumpla su amenaza y vuelva. Aunque sea para atormentarme.

Carral del Prado.

Carta Profana.


Me permito escribir esta carta a mis reyes particulares ya que, con treinta palos y una incipiente alopecia, considero que es mejor liberar de trabajo a sus Majestades de Oriente y que se dediquen en exclusiva a los niños. Lo mejor que puedo decir llegado a Navidad de este año que ya ha pasado es que me he enamorado hasta las trancas y eso siempre es bueno. Y de nuevo, como especialista que soy en estas lides, lo he echado todo a perder por ser más intenso que un discurso de Pablo Iglesias. Pero fui una razonablemente buena versión de mí mismo, durante un tiempo tremendamente feliz y hasta me convencí de que quería sentar la cabeza. Afortunadamente eso ya se me ha pasado y también he superado la tristeza porque, aunque haya acabado en tragicomedia –yo pongo la tragedia, mis colegas y su ingenioso cachondeo con mi nuevo fracaso, la comedia- ha sido un gran viaje. A ella no sé si le parecerá lo mismo pero a estas alturas ya da igual. También he perseverado en mi trabajo con resignación y, a ratos, mucha ilusión. Los que trabajen como periodistas sabrán a qué me refiero. Pero qué coño, me da igual que esto se hunda. Sigue siendo el mejor oficio del mundo y la orquesta debe seguir tocando hasta el final. No solo voy a echarme flores, no en todo he sido bueno. Soy capaz de beberme ocho wiskis en la noche de un martes laborable para llegar con la voz jodida a la radio y gastarme casi todo mi escuálido sueldo en tabaco pero ambas cosas son inofensivas para los demás. No he dado un solo euro a ningún pobre pedigüeño que me he encontrado por la calle, ni siquiera en Navidad. Y eso que el centro de Sevilla está lleno de ellos. Si te enseñara mi cuenta corriente yo a ti, pienso cada vez que me piden. Y tampoco he dado ningún cigarro. Aunque eso lo hago desde que leí que Camarón llevaba siempre encima al menos cinco cajetillas y aun así le molestaba mucho que le pidieran. Tampoco he salvado a ningún gatito ni he ayudado a cruzar la calle a ninguna anciana. Pero he mantenido mi educación y he dicho siempre por favor y gracias y he abierto la puerta delante de mí a las mujeres, y eso que esto ahora está en entredicho, y me he bajado de la acera para dejar pasar a los mayores. Hecho este breve resumen me dirijo ya a mis propios reyes.

A mis viejos, los Reyes de Reyes, les pido que sigan igual. Que como me conocen mejor que nadie, a pesar de ser ya un mastuerzo que debería comportarse como un adulto independiente, me sigan tratando como a su hijo pequeño desastroso e impulsivo. Que sigan sin tenerme en cuenta las constantes y numerosas cagadas que cometo- entre ellos olvidos de fechas señaladas, faltas a reuniones ineludibles o peticiones de dinero cuando todavía no estamos ni a mitad de mes- y que no cierren el constante flujo de sabiduría, cultura y educación que me transmiten desde que nací. Sé que son dos pero en este caso servirán como unidad. Y de paso meto a mis cuatro hermanos aquí también. Que también tienen que aguantar al hermano periodista pobre. Esto es literatura de ficción así que todo vale. Para algo es un cuento. O algo así.

A mi colega Rafa, el misionero comboniano Rey de las Buenas Personas, que está perdido en algún lugar de Sudáfrica haciendo lo que más le gusta, le pido que no se olvide de mí aunque yo parezca que lo haga de él. Que me permita de vez en cuando salir de mis diminutas mierdas egoístas del primer mundo con sus charlas y su sencillo pero profundo conocimiento de la verdadera realidad para revelarme que mis quejas son como las de un niño caprichoso de seis años. Y de paso hablar de los últimos libros sobre África que nos hemos leído. De los artículos de Chema Caballero o de Pepe Naranjo, evocar de nuevo pasajes de Ébano o discutir sobre lo que intentaron y podrían haber conseguido en su momento Nyerere, Sankara o Lumumba. A cambio yo me reafirmo en mi promesa de ir a verle. Aunque para ahorrar y pagarme el billete tenga que dejar de fumar.

Por último a la Reina que me mandó al exilio, lo de que haya reinas también está muy de moda ahora, le pido que no deje de confiar en mí aunque ya no influya en nada. No hace falta volver a liarnos ni ponernos intensos, eso creo que ya ha quedado atrás para siempre. Pero que no se olvide de lo bueno y que me perdone si vuelvo a las andadas que dije que ya no iba a volver. De paso que extienda un par de perdones para el futuro por si acaso le vuelven a llegar historias que se supone que habían quedado en el pasado. Ya se sabe que la cabra tira al monte y si no hay monte se tira a lo que sea. Aunque no creo que ocurra, hasta para eso soy ya un treintañero. Este regalo tiene truco porque, como decía la canción, me va a perdonar porque ya no le importa.

Me despido agradeciendo de antemano vuestra comprensión y vuestros regalos. Intentaré hacer la compra antes de que lleguéis a casa para dejaros algún tentempié pero por si acaso os aviso ya de que ahora tengo en la nevera un poco de pan de molde seguramente con moho, una Mahou doble y una lata de atún. También hay café. Algo podremos hacer con eso. Ah y media botella de Ribera. No, espera, esa me la bebí ayer. Perdón.

Carral del Prado.

Pablo Pérez.


-Me vine de México porque me dijeron que aquí había chamba y allí ya no quedaba más que el narco. Dejé mi pueblo buscando una vida mejor y nunca pensé que llegaría aquí tan rápido. Me llamo Pablo Pérez aunque nadie sabe ya mi nombre. Mi trabajo no era el mejor, ni tampoco legal pero, la neta, era un trabajo honrado que me daba una lanita. Algunas obras aquí y allá no más. No necesitaba mandar nada de vuelta. Mis padres murieron ya viejitos cuando las llamas devoraron el llano en el que vivían. Yo solo pude observar desde lejos. El desierto ya les había secado los huesos antes de que el fuego les dejara como pura ceniza a ellos y a su casita. No más escucho ahorita el tamborileo de la lluvia sobre aquel mármol y el viento correr sobre su superficie pulida pero ni tan solo una persona se ha acercado todavía.

-Nadie conoce ni recuerda tampoco mi nombre. La voz venía de mucho más abajo. -Llevo aquí mucho tiempo más que tú y mi historia es muy parecida. Vine buscando trabajo y ese mismo trabajo fue mi final. Ahora llevo tantos años aquí y estoy tan abajo que no oigo ni a la lluvia ni al viento pero sí te digo que no recuerdo haber oído a nadie llorarnos ahí arriba. Aunque a algunos de los de aquí se los han llevado después de un tiempo. Mis padres no supieron nunca dónde estaba, espero que hayan sido capaces de perdonarme, inshallah. No me gusta pensar que lo hablan cada día igual que hacemos nosotros. Mi nombre tampoco aparece en la losa y encima de ella hay una cruz de un dios que no es el mío. Recuerdo todos los días los viejos olivos de mi padre frente al mar, ese mar que crucé con el ímpetu de la juventud y que nunca más volveré a ver.

-Yo también recuerdo los ágaves que se plantaban en mi pueblo, aunque nunca fuimos dueños de nada. Apenas sí vi al patrón alguna vez. Recuerdo ayudar a mi padre a pelar la fruta y luego moverla a la destilería para elaborar el mezcal con el que luego le pagaban. Nada más que le pagaban en eso y en un saquito de frijoles y algo de harina para las tortillas. Así de jodidos éramos. Pero también hubo felicidad en aquel tiempo que me es tan lejano. Los muchachos recorríamos los páramos de alrededor del pueblo y les jalábamos la cola a las culebras y alacranes. Por la noche el cielo estaba llenito de estrellas. En esta ciudad no hay más que pura oscuridad, incluso en las noches más claras. Pero ahora me gustaría verlo.

-Yo vivía cerca del cielo. Esta vez la voz venía de su lado. –En plenas montañas. Comíamos patata y yuca y arroz con pollo los días de celebración. Pescábamos en el lago sagrado de nuestros antepasados y las cholitas cocinaban el pescado vestidas con sus sombreros bombín mientras cuchicheaban sus chismes en nuestra lengua indígena. Hasta que llegó el gobierno y nos obligó a marcharnos a la ciudad porque descubrieron algo bajo nuestra tierra. Algo que valía mucha plata pero nosotros nunca vimos un solo peso. Entonces me vine acá y acabé como ustedes en esta fosa sin nombres.

-Recuerdo también el día de muertos, cuando íbamos al cementerio a ver a mis abuelitos y a mi pobre hermano al que se lo llevaron unas calenturas cuando apenas era un chamaco. Me gustaba ese día, en México nos gustaba recordar. Con muchos colores no como aquí dentro de esta caja que es todo luto. Ahora soy yo el muerto y nadie viene a este desolado rincón a recordarme. Soy uno más entre tantos olvidados, y aunque ya no me guste, lo único que me queda es recordar aquello que ya no va a volver.

 

Carral del Prado.

La Guerra de los Regalos.


6 de enero de 2217, trigésimo tercer año de la Guerra de los Regalos.

Ciudad de Lyon, Francia, Cuartel General del Frente Europeo.

 

A su Triple Alteza Oriental y General en Jefe de las fuerzas realistas:

 

Mi señor Melchor, las fuerzas de Santa Claus ya han establecido una cabeza de puente en Europa continental, Dinamarca ha caído. Os escribo estas letras antes de partir para el norte de Alemania y frenar el avance de los santinos hacia occidente. Llevo conmigo cinco legiones de guerreros beduinos, aunque este frío está causando estragos y andamos escasos de suministros y munición. Se nos han unido fuerzas francesas y españolas y en Alemania espero encontrarme con al menos otras dos legiones de guerreros alemanes. Me preocupa Holanda donde Sinter Klaas, a pesar de su aparente neutralidad, está acumulando luchadores negros en una cantidad cada vez mayor.

Desde Dinamarca los santinos han avanzado mucho en dirección sureste. Nuestros ejércitos destacados en los Balcanes corren hacia Ucrania. Creemos que su intención es tomar Odessa y establecer un puerto en el Mar Negro que les permita acceder al Mediterráneo a través de los estrechos turcos.

Los comanda Alabastro al frente de varios regimientos de elfos y al menos una escuadra de trineos voladores. Si llegan a establecerse en el puerto, se acercarán peligrosamente a Tierra Santa y a nuestra base de Belén.

En la península Ibérica la situación es estable y el norte está protegido por el Olentzero y sus luchadores montañeses.

Es todo lo que puedo contaros por el momento.

 

Abu, Paje Comandante de las Fuerzas de Europa.

 

-Maldito gordo hereje-. Ponme inmediatamente con Baltasar. Melchor estrujaba el parte de su más fiel paje entre sus viejas manos.

-Sí mi señor-. Abdel, mayordomo real, hizo señas a los sirvientes para que organizaran la llamada.

-¿Cómo hemos llegado a esto Abdel? Definitivamente Santa Claus ha perdido la cabeza. Si Gaspar siguiera con nosotros…

-Mi señor, sus tropas siguen adelante con sus planes y aguantan en Norteamérica.

-Canadá ya está en manos del enemigo y además es el Grinch quien las comanda, ese despiadado malnacido. Sólo espero que el Paje Comandante Lahmar aguante.

 

Habían pasado más de tres décadas desde que una tormenta de nieve y fuego bajara del norte del planeta y llevara a todo el hemisferio a una guerra sin cuartel. Santa Claus había decidido que ya era hora de que fuera él el único capaz de llevar regalos a los niños de todo el mundo y se había autoproclamado Supremo Regalador de la Navidad. Los países de su tradición le apoyaron desde el principio. Suecia, Noruega, Finlandia, Gran Bretaña, Canadá y parte de Estados Unidos. La guerra todavía no había llegado a Asia pero afortunadamente la población árabe y mediterránea había apoyado sin dudar a sus Tres Majestades. Al principio la guerra parecía del lado de los realistas pero una terrible ola polar, se hablaba ya de una nueva glaciación, estaba causando estragos en las mal acostumbradas tropas orientales. En Estados Unidos el rey Gaspar había aguantado el embate del Grinch y sus despiadadas tropas elfas y esquimales pero cayó en una emboscada en los Grandes Lagos y fue torturado y decapitado. Sus tropas, sin embargo, aguantaban firmes y seguían portando orgullosas el emblema de la Blanca Corona del caído monarca. A su frente estaba su fiel Paje Comandante, Lahmar.

Al sur del continente la situación estaba tranquila pero países como Belice, las Guayanas o Jamaica bloqueaban cargamentos de suministros hacia el norte, aludiendo que eran neutrales, y sus corsarios abordaban los barcos que cruzaban sus aguas, lo cual en los dos primeros no afectaba demasiado pero sí en esa isla que había que rodear.

Rusia y casi toda Asia aguardaban los resultados y no se posicionaban. Australia era santina pero no importaba, quedaba lejos de las bases de los realistas y tampoco Santa Claus parecía interesado. Quería hacerse con el hemisferio occidental donde habitaban los niños más ricos quienes mantenían funcionando sus gigantescas factorías del Polo Norte. Mientras tanto, el viejo rey Melchor coordinaba descorazonado a todas sus tropas desde su cuartel general de Belén. África tampoco se posicionaba aunque estaba sacando provecho y cobraba precio de oro las materias primas que necesitaban los realistas. Millones de muertos y medio planeta en ruinas eran los regalos de esa guerra.

Mientras tanto, Dios seguía sin aparecer.

 

-Mi señor, Baltasar espera.

-Hermano Baltasar, me alegra oírte, aunque no te he llamado para darte buenas noticias.

-Hermano Melchor, alteza, también me alegro de oír tu voz.

-Necesito que salgas inmediatamente de Damasco y lleves a todas las tropas disponibles a Estambul.

-¿Queréis que desproteja nuestra frontera norte? La voz del Rey de Ébano sonaba incrédula.

-Sí, Alabastro avanza hacia Ucrania y querrá tomar los estrechos del Bósforo y los Dardanelos, no lo podemos permitir.

-Así lo haré mi rey.

-Otra cosa ¿qué sabes de los luchadores negros de Sinter Klaas?

-Son esclavos, mi rey. Luchan por dinero y por temor a su jefe.

-Trata de infiltrar a alguno de tus hombres y que viaje a Holanda lo antes posible. No me fío de esa copia calvinista de Santa.

-Así se hará-. Hubo un momento de silencio. -Venceremos mi rey, ya lo verás.

-Eso espero, ten cuidado hermano, ya somos sólo dos, no quiero ser el último.

 

Tras la llamada, Melchor se puso a recordar. Hacía tan solo unos pocos años estarían volviendo los tres a casa montados en sus camellos, como habían hecho durante milenios, tras llevar felicidad a todos los niños del planeta, sin distinciones, como era su deber. Cómo habían hecho desde que una extraña estrella los guiase hacia un pesebre en esa pequeña aldea que ahora era su casa.

En ese momento entró un sirviente corriendo en la Sala de las Tres Coronas.

-¡Mi rey! ¡Una estrella sobre el cielo! ¡Un cometa se acerca en nuestra dirección!

Melchor suspiró.

Por fin, el Rey de Reyes volvía a casa.

 

Carral del Prado.