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Una vida normal. (II de II)


 

Pero de pronto un día te das cuenta de que has sido un niño feliz. Tuviste varios perros: Trufa, le perra de aguas que se creía tu madre y que tenía los ojos de la Loren; Chico, el galgo espigado y sinvergüenza, el único perro del mundo capaz de sonreír. Tu padre te contaba cuentos sentado al borde de tu cama, cuentos que narraba de memoria porque a él se los había contado su padre cuando era un mocoso crédulo como tú. Tu madre te cocinaba tu plato favorito, lasaña, cuando era tu cumple y nunca se olvidaba de darte un beso antes de dormir, al despertar, al salir o al volver a casa. Viste leones y elefantes en las sabanas de África y un cielo tan lleno de estrellas entre las copas de los pinos de aquel campamento de verano que no has sido capaz de encontrar uno igual.

Te bañaste en pelotas en el Tíber un enero de ola polar a las cuatro de la mañana y luego seguiste de fiesta por Roma. Hiciste el amor con Anita en la playa al atardecer y el olor de su pelo es un recuerdo tan vivo que sólo con pensar en ella te envuelve de nuevo. Aprendiste a follar con Laura, la murciana que luego te destrozó el corazón pero, joder, cómo se movía. Metiste la pata hasta el fondo en mil ocasiones e hiciste el ridículo otras tantas, hasta te quemaste la pierna con gasolina intentando hacer una hoguera en un botellón; en el cole eras un cateador pero has leído tantos libros que algunos hasta se te han olvidado. Escribiste poemas para muchas chicas que, por cierto, confías en que nunca se conozcan para no romper la magia aunque jamás dedicaste ninguno repetido.

Has arreglado el mundo para los siguientes veinte siglos en mañanas de colegas y wiski solo porque no quedaban ni Coca Cola ni hielos. Viste a AC/DC, a los jodidos AC/DC originales, cuatro veces, incluida una en el antiguo Palacio de los Deportes. Y a los Rolling y a Guns ´n Roses y a Tomatito y al Torta. Y de pronto te das cuenta de que estás enamorado de tu mujer hasta el tuétano porque te ha hecho sentir lo que no consiguió ninguna. Y aunque no vayas a ver crecer a tus hijos y apenas se acuerden de ti resulta que Pablito tiene el mismo tic de tocarse la oreja que tú, incluso cuando es mayor, exactamente igual que tú; y a la enana no solo le chifla leer sino que además se convierte en periodista y escritora, una buena escritora, y hasta habla de ti en alguno de sus libros.

Y aunque sólo seas un rincón olvidado de un cementerio desierto ya eres eterno. Sí, es una vida normal; no has dado la vuelta al mundo en bicicleta ni has montado una startup. Tampoco llegaste a tener miles de seguidores en ninguna red social, tu nombre no sale en Wikipedia, no te has hecho millonario ni has salido con modelos pero has vivido. Y esa vida es tan normal que es irrepetible porque es la tuya y ha sido espectacular aunque te vayas antes de tiempo. Qué cojones.

 

Carral del Prado.

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Señales de stop.


Piensen ahora en alguien de su entorno, ese conocido que siempre va un paso más allá de lo establecido, ese tipo inconforme e irracional sobre el cual probablemente se preguntan por qué aprecian tanto.

Ubiquen a su personaje en un escenario plagado de señales de stop –Es un anglicismo, pero qué carajo, no voy a decir prohibido el paso, así que acéptenlo-. Hablamos de stops genéticos – como una posible ¡Ojo con la locura! ceguera irremediable causada por ¿Evolución? – y otros, los más jodidos, los consensuales (“La vida es trabajar, procrear y envejecer” y “El bien común está por encima del individual”, entre otras cosas. “Si te apetece soñar puedes pensar en cuatro paredes blancas y un cuaderno donde todas las páginas tengan la secuencia nacimiento-vida-muerte”, “Si lo que quieres es quejarte, puedes irte a tomar viento, porque aquí lo único que sirve es una sonrisa y un muchas gracias”) y cuéntenme que no se pensarán dos veces salir a la calle con ese quien, ese otro ciego, a salir a dar palos (de ciego) contra el mundo que les ha tocado vivir. Esto que les cuento puede ser un todo vale y puede ser un no muevas un pelo, ambos puede ser y ambos me generan un prolongado escalofrío por la columna, dejando que dentro mis huesos retumbe el miedo y se sienta la humedad con tanta vehemencia que pareciera se van a partir en millones de fragmentos. 

Sin duda pueden criticarlo; yo les pido que disculpen mi pragmatismo. No es la falta de visión lo que enjuicio, ni siquiera de lo que huyo. Los hombres valientes son educados para afrontar su existencia a partir de lo que se les entrega arbitrariamente; su poder está en la mente y no en la finura de sus sentidos, ni en su guapura, ni en el tamaño de sus miembros. La genética se hereda como un atroz castigo (o recompensa) que ajusticia los errores y aciertos de nuestros ancestros, de nuestra gente.

De toda la gente. 

 

Jaime Pérez-Seoane de Zunzunegui

Versiones


– La realidad, vaya mentira.

– Vaya mentira la mentira. – Masculló Nico, su cuerpo enroscado en una posición absurda en el sofá. – La realidad no es mentira. Si eso es desconocimiento. Como mucho, es ignorancia.

– A la que la ciencia engaña.

– No culpes a la ciencia de todo lo que te pasa, o de lo que no te pasa. Está en nuestra naturaleza de homo sapiens la búsqueda inacabable de respuestas, por eso de que pensamos. Ser ignorantes es ser humanos.

– Pues menos mal que es una búsqueda inacabable. La mía al menos, incesante no es. Siento que sólo en las pausas de esa búsqueda hacemos eso que llaman vivir. – Santiago había subido el tono como si su afirmación fuera absoluta, y como absoluta fuera todo menos científicamente demostrable (que, pondría la mano en el fuego, sería la definición de absoluto para el). Sonaba un disco recopilatorio de The Doors, versiones en directo, la percusión atropellando los estridentes tonos de organillo en los últimos acordes de Soul Kitchen. – Es desconsolador. – Su voz había subido unos puntos más y se había estabilizado, como si llevara un micrófono encima y no pudiéramos verlo. Hablaba como cantando, casi asomaba en su discurso un tono de predicador latino. Como coro, el público aplaudía las primeras notas de Whiskey Bar en el equipo de sonido – que confiemos en que todo tiene una explicación, en lugar de permitir, y alentar, a que tenga tantas como seres racionales puedan percibirla e interpretarla.

– Tu hablas de versiones, brother, no de realidades. Realidad hay una, y no dos ni ciento cuarenta y siete mil. Mi realidad, tu realidad, no son sino mi versión y tu versión. Los elementos no cambian, son idénticos para los dos. – Nico se había incorporado, como si la charla se hubiera puesto interesante. Probablemente lo hacía sólo para agarrar la taza de café cuya existencia parecía haber olvidado en la última media hora, ya templado. – Me tomó este café y siento su poso, por cierto cómprate un filtro nuevo – Amagó con escupir pepitas de café que se colaban en cada sorbo –  y noto como me revuelve las tripas, me estimula, me reconforta. Tu eso  lo sabes, aunque no lo estés bebiendo, porque esto, para ti y para mí, y para él – me señaló vagamente -, es café.

– Y esto es tabaco, dicen. – Esbozó Santiago una media sonrisa muy típica de el, al tiempo que le robaba a su amigo un cigarro y el mechero. – ¿Así que, como conocemos los efectos del café, como te estimula, te despierta y hace que te vayas por la pata abajo, sabemos algo? No tenemos ni-pu-ta-i-de-a. Esa es la realidad, una invención científica, la versión oficial, si quieres que hable en tus términos. Una versión ridículamente plana que se vende como universal. Ahí está la cagada, y no solo en la que el café te invita a echar. No nos cuestionamos nada, porque llegamos a este mundo y ¡Oye! Estaba todo explicado, todo ya tenía su “esto es así”. Y una mierda.

– Y mientras a vivir, que es lo que queda, hermano. Es lo que hacemos.

– Es lo que hacemos.

Yo no tenía el menor interés en intervenir. Escuchaba la conversación mientras sentía el peso de la gravedad sobre mi cuerpo, con la apatía de quien no ha descansado en mucho tiempo pero cómodo por la compañía de dos grandes amigos. Pensé en el Horacio Oliveira de Cortázar y de su Rayuela y en como Horacio concebía la realidad como el absurdo inexplicable y en como, en esto Santiago y Oliveira y muchos otros tenían razón, nos habían condicionado la historia y la vida del hombre en la tierra y los caminos que la humanidad había tomado, con mayor o menor acierto, componiendo el presente, la realidad, coartados por muchos efectos, tal y cómo Jim Morrison y Ray Manzarek habían compuesto, supongo que en una noche de tormenta, Riders on the Storm, que pasaba gradualmente a dominar la escena, dejándonos a los tres amigos en segundo plano, casi parte del decorado. Era la música la protagonista y nosotros éramos tan poco importantes pero tan necesarios como el cigarro haciendo humo en la boca de Santiago, el café ya frío y aburrido en la mano derecha de Nico. Un momento de confortable silencio bailando, paradójicamente, sobre poderosa música. Tres versiones interfiriendo las unas sobre las otras, tres realidades que convivían en lo establecido, nacidas entre patrones, con tal de no sucumbir ante el abismal miedo a lo desconocido.

Jaime Pérez-Seoane de Zunzunegui

(Pedacitos de novela)

El bosque animado


Las hélices de la avioneta, heredada de la Alemania de los ochenta, emprendían el rotor de sus aspas con ambiciones salvajes, con el ímpetu de quien aguarda un viaje a lo desconocido y generoso. En la mira del pájaro de acero un parque natural más desaseado que corrupto, pero también corrupto, por el descuido de sus hermanos y la maldad de los que usurpan su identidad, sometido al saqueo de sus propios hijos, que convertidos en héroes nacionales auspician la maldad sobre una base de ignorantes buen-hombres. La compañía, la justa por lo merecida y la que la capacidad del aparato permite, ya cargado de un puñado de estudiantes laboriosos con ansias de besar su tierra. En los escasos lugares de privilegio unas cuantas manos de parranderos que los británicos llamarían en su altiva excelencia terminológica filántropos, amigos del amor desconocido y no remunerado, salvaje. En el destino, el bosque animado, una sociedad latente pero desorientada aguardando que el primer rayo de sol de occidente ilumine hacia donde se esboza un disparatado y eléctrico canto a la vida. Los europeos, en número bíblico y bendecidos con la gracia de una nueva oportunidad de fraternizar con quienes los reciben, nobles e ilustres de linaje montaraz y palmas rosadas y agrietadas por el trabajo manual del campo. Los dientes, iluminando sonrisas honestas de un pueblo de pieles morenas y caderas movedizas. En los entretiempos – que por lo visto son en esta tierra todos los tiempos – se goza al son de botellas de licor, a veces blanco  y a veces negro, feliz miscelánea étnica de fin de semana que se percibe hasta en el trago. Todos los elementos de la tierra pacífica, cambiantes como una culebra a veces de río y a veces de tierra y por tiempos armada hasta los dientes y otras herida e indefensa. Mandíbulas de nata siempre al aire y el aire siempre húmedo y amenazante, juguetón, arrogante. Respetado.

Jaime Pérez-Seoane de Zunzunegui

Doscientas cuarenta horas


El vagón de metro se seguía llenando a medida que las estaciones se acercaban al centro de Madrid. No eran los larguísimos tiempos pasados en aviones y trenes subterráneos el objetivo de una visita no fugaz pero demasiado corta, siempre demasiado corta. Llegar a la vieja capital y respirar la sequedad de su aire y el calor de los amigos de siempre, sentir el abrazo de la familia, y de Mamá, por supuesto, son sensaciones atemporales. No hay vida suficientemente larga para dejar de desear ese sentir, ese calor, por una sola y siempre última vez. Las vacaciones exprés que había logrado después de muchos e infructuosos diálogos con los jefes de la empresa incluían un par de matrimonios, un viaje de veinticuatro horas a Barcelona, y una lista considerablemente larga, y extremadamente profunda, de amistades con las que compartir, como mínimo, un rato. No tendría que justificar ante nadie que varias de esas, las más cercanas, merecían robarse mucho más que el resto. Como acompañante estrella un tipo fallecido pero eternamente vivo en su obra de 1963, vivo y presuntuoso y vividor y osado, me hablaba de París y yo le contestaba, o algo, de Madrid o de Barcelona. Éramos en los ratos de avión o de tren o de autobús o de esperas inocuas Cortázar y yo y la Maga y Oliveira y toda la peña que en su obra se pirra por el Jazz y por divagar y por el Vodka, y yo enterándome de la misa la mitad y descojonándome solo. El resto del tiempo eran todos, algunos (pocos) muchísimo más que otros (tampoco tantos) y yo me tenía que colar en los horarios laborales de mis hermanos, de mis compadres, de mis familias. La visita a Barcelona tenía nombre propio y había sido bien aprovechada, no, o no sólo, por el rato de diversión juvenil y por una absurda sesión de reggae entre humos de un local atípico por estrafalario. Es un placer volver a ver tan bella ciudad. Barcelona no es Madrid ni es Paris ni es Nueva York, es muchas cosas y estas no las tendrán las anteriores nunca. Es encanto con sabor a mar y brisas modernas y conversaciones políglotas entre calles castizas. Era el primer día de mi intenso paseo post-primaveral por España, la primera decena de una vida de doscientas cuarenta horas, cuando coincidíamos, algunos de mis grandes amigos y yo, en que los males de nuestro país se han repetido de forma casi idéntica a principios de los siglos anterior y presente. Hablábamos de bipartidismo, de nacionalismos, de malestar obrero, de Estado social. Hablábamos, por supuesto, de niñas en minifaldas y pantalones diminutos, de cualquier paso de cebra en la calle Serrano convertido en una pasarela de piernas bronceadas y lisas. De cómo una pizquita de pimiento verde puede cambiar el sentido y sabor de un salmorejo y de la vida. Estar en casa, otra vez, la casa que será siempre eso, y donde parece que fuera ayer, pero no era ayer sino hoy (por ese día), y desde ayer los acontecimientos habían sido numerosos y probaban la capacidad de mi gente para superar los obstáculos en la loca aventura de vivir. Hablábamos de noviazgos y de rupturas, de matrimonios y de quién se despedirá de la eterna juventud y el loco albedrío de la soledad compartida. Nos burlábamos de las enfermedades porque hace tiempo que somos inmortales. Eramos unos cuantos amigos, los de siempre, y otro que siempre está y que los egipcios llamaban . Que al sol le gusta Madrid es un hecho irrefutable, porque no se explica que los días de verano sean aquí más largos que en ningún otro rincón. No se quiere ir nunca, como no me quiero ir yo, y sin embargo me voy y soy feliz allá por fuera, haciendo las Américas o más bien dejándome hacer. Madrid es un amante único, que espera y recibe al pródigo como si no hubiera faltas que perdonar. Si Madrid conociera mi lista de cagadas se reiría y me pediría otra cerveza, o un whisky doble, en alguna terraza de Alonso Martínez, o una litrona humeante en un parque con vistas a la mujer. Mis amigos representan a Madrid, son a veces sus abogados y otras sus tutores legales. Al caer la noche nos juntamos con algunos más, compañeros desde la escuela y hasta la tumba irremediable y afortunadamente. Los hay de diferentes tipos, como si fueran fármacos con dosis, efectos y contraindicaciones particulares, cada uno aplicable para un estado y algunos multi-funcionales, que sirven y el cuerpo agradece como alivio en cualquier momento. A veces nocivos, casi siempre curativos, necesarios y necesitados. Los de la mañana son de los de cualquier momento, un parche incombustible y compañía más predilecta que la conyugal. Otros son de ratos, pero de ratos inolvidables. Otros no se olvidan pero tampoco se recuerdan con facilidad, y es así como debe de ser para que el universo siga ordenando sus piezas, a modo de biblioteca Borgiana donde todos somos lectores, escribanos, libros y páginas y palabras y a veces letras sueltas. Y vuelta a Cortázar y su Rayuela de París enloquecida. Cada día son una y más páginas de un libro enrevesadísimo y maravilloso que es la vida, una Rayuela que tiene que acabarse alguna vez, pero aún no. Hoy – por literalmente hoy cuando escribo – es tiempo de amenizar los grados de alcohol que aún corretean por las venas con sueños de fiestas infinitas y partidas de cartas, con mentiras piadosas a coristas de Miami y peleas infantiles entre hermanos. El tiempo en Madrid sigue pasando, pasa despacio como el Sol sobre nuestras cabezas, apenado de tener que marchar en la tardía noche y apresurado por volver en los primeros signos de mañana. Si el sol no se quiere ir de aquí, ¿Quién se va de Madrid? Si el paraíso no es aquí, ¿Dónde está? Tanto tiempo y tantos rodeos buscando y el paraíso siempre estuvo aquí, en esta vida y en este lugar, y, ¡sorpresa!, no tiene mar. Ni tiene espacios para tiempos muertos, pues una vida de doscientas cuarenta horas no da permiso al desaprovechamiento de un solo segundo. Las decepciones se consumen en minutos ante una felicidad caníbal que se alimenta de los noes y se engorda con los besos robados, la unión celebrada, la cebada de cebada, algunos cientos de páginas leídas y apenas mil y tantas palabras escritas; otras muchas también dichas, oídas, interpretadas al calor de una ciudad donde el aire corre únicamente dentro de los orgullosos pechos henchidos de mis compañeros de viaje y vecinos del Paraíso. Vuelven las mujercitas ataviadas en cortos vestidos a escena, vestidos blancos sobre pieles bronceadas en el día, vestidos chillones que tapan lo justo en las noches festivas, vestidos arrancados de sus dueñas en el amor espontáneo de las siete de la mañana en el que brindar con carne por una amistad nueva con otro cuerpo desnudo. Cada reencuentro con los amigos es motivo de fiesta, reunión esperada pero no prometida, otro regalo y siguen sucediéndose los regalos. No se lee, ni se escribe, de corrido, aunque no haya espacios. Cada día es un capítulo. Cada encuentro, una historia nueva. Cada diálogo es una obra maestra y cada silencio es un aplauso. El licor nos acompaña y combustiona, nos incita a erguirnos, a sacar el aire de dentro y compartir el amor por lo bueno. El regalo tiene base en que no se conoce una réplica, una secuela, una proyección de domingo de madrugada de lo sucedido. Todo es único e irrepetible, la compañía inmejorable, las actuaciones insuperables y los seres queridos aguardando en la casa con la convicción de que su vástago es feliz donde y con quien esté en ese momento, la base del triángulo. En el centro, una especie de eje móvil, suelto pero atado, quien escribe y lee y lo goza tanto que tiene miedo a llevar relojes y a separar los párrafos, a mostrarse demasiado sorprendido ante lo terriblemente desconocido porque nada está escrito y eso asusta. Lo escrito se escribe en realidad en dos secuencias. Una, la real, la del vivirlo y testimoniar, se escribe en el aire y en la fugacidad de los instantes, y se escribe desde tantas perspectivas como actores tenga la escena. La segunda, la del recuerdo, es la que se puede materializar, y no es la realidad real, sino una versión cinematográfica, colorida y compacta, de guión estructurado y menos sorprendente. Esa realidad se puede añejar con el tiempo, y no creo saber si sabré si es mejor dejarla envejecer o plasmarla con la máxima inmediatez posible, porque los recuerdos son egoístamente oportunos y nos vienen en momentos en que la realidad real no acompaña. Se terminan las doscientas cuarenta horas y no queda más vida que la vivida, recuerdos salados como el jamón de pata negra y los boquerones en vinagre sobre una patata frita con aceite de oliva, crujientes como las tostadas con tomate y perfectamente amueblados como la tortilla de patatas y la ensaladilla rusa. Enajenado siempre en la vida y en el recuerdo por la felicidad de vivir y lo que vivo y un poco también por el vino y la cerveza y la ginebra y el whisky y los cigarrillos pecadores del fin de semana, y siempre por la belleza desconocida de las piernas en los pasos de cebra y del metro y del parque y de todas las fiestas y del amor de mis padres y hermanos y la inocente calidez de los pequeños, y de querer y ser querido, y por Madrid atardeciendo y amaneciendo y quemando y robándose el viento. Si llevara un reloj en la muñeca podría ahora mirarlo sin temer su incesante tictaqueo; podría mirar a sus agujas imparables y susurrarle que ya no le tengo miedo, que he ganado yo, que una vida pueden ser doscientas cuarenta o doscientos mil millones de horas, que serán todas ellas y solo ellas páginas sin párrafos de un libro inmejorable, escenario y escena de la más grande de todas las aventuras.

Jaime Pérez-Seoane de Zunzunegui