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Café


Un mes duplicando la dosis de café había bastado para generar en mí una resistencia a la cafeína y convertir mis trece tazas diarias en otro vicio fútil que ni siquiera me mataba. Las taquicardias habían subido desde entonces, aunque también subió la ansiedad. Y la ansiedad me iba a mantener despierto al fin y al cabo, ¿para qué el café, entonces?

Había permanecido durante años divorciado de la cafeína. Demostraba no contribuir a mi concentración desde hace veinte años. Entonces, tomaba Red-Bull al volver de fiesta para competir como atleta, por supuesto, sin pasar por la cama. Aún era una joven promesa. Joven, porque tenía unos quince años y aunque mis hábitos fueran más propios de un yonki o de un suicida, seguía teniéndolos. Promesa, porque lo mejor en teoría estaba por llegar para mí y mi carrera. Aún no me habían expulsado del equipo por alcoholismo, y eso que argumentos les sobraron desde siempre.

De nuevo harto de la cafeína, estaba buscando un sustituto. O un complemento, más bien. Necesitaba más pulsaciones, ya que cambiado mi horario: empezaba el día a las cinco, dos horas más de día sin luz, libre de tentaciones, con los bares cerrados y delante de la libreta. Mi madre no se levantaría con suerte hasta las ocho, y los primeros pedidos en la tienda empezaban a llegar rigurosamente a partir de las nueve. Dos horas de escribir sin inspiración, pero con método, que es lo más importante, y si no pregúntale a Hemingway, otro borracho que al contrario que yo podía beber sin convertirse en un completo incapaz o un demente.

“Diario de un adicto” era mi título provisional, poco original, ya lo sé. Había escrito unas tres páginas en los primeros siete días. Lo rápido que corría y lo despacio que escribo. Pensaba contar mi vida en un libro, al menos inspirar una historia en mi vida, aunque la haría más interesante de alguna u otra forma. Una joven promesa en varias materias que termina de papelero de barrio y ocupándose de su madre enferma de Alzheimer no suena muy comercial. Por eso me quería centrar en mis adicciones, en las montañas rusas del éxito, que las subidas y sobre todo en las bajadas y en lo mucho que disfruto ese viaje.

El café era la última de esas adicciones, pero debía compartirme con la mentira, el sexo y la adicción a involucrarme en historias y vidas de los demás que no me conciernen y que suponen un desafío menos doloroso que la mía propia, además de un pasatiempo considerablemente reconfortante – aunque esto según qué vida y según qué historia, he de decir. Y con el alcohol, claro. El alcohol, que tuvo su momento y tendrá sus páginas, pocas como casi todos, en esta inevitable rutina de agarrar algo por los cuernos y vaciarlo hasta que no le quede nada, exprimirlo como un limón y después dejarlo partido en dos al borde de la carretera para que el sol reseque sus restos y transforme su materia.

Podía repetir a cualquiera de mis terapeutas del pasado, o decir que la vida había amenazado con aburrirme unas cuantas veces, y que mis adicciones eran la solución y no el problema. Que no fue el alcohol quien me alejó de mi madre en un principio, que fui yo, y de que su enfermedad se agudizó por mi culpa,  porque yo, el niño de sus ojos, su gran apuesta fallida, me ocupé de hacer siempre exactamente lo contrario.

No sé cómo, todavía, pero mi historia quedará plasmada en algún momento. Escribir puede convertirse en mi nueva adicción. El papel no me responde ni me deja una lección para el futuro, ni me pide calma ni me mete prisa, y eso que yo le maltrato todo el tiempo, y mira que hace poco que nos tratamos. Le abandono en temporadas largas y le busco cuando mi madre ya no me reconoce al otro lado del mostrador. Veremos si me reconoce hoy. Son las ocho, y tengo que prepararle el desayuno y ayudarle a vestirse antes de que entren los primeros pedidos. Y tengo que hacer café.

 

 Jaime Pérez-Seoane Z

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Un libro de una selva


Martín fue depositado en una sala gris y fría, donde se le inventarió (un policía decía “un bebé”, y el otro escribía “un bebé”)  junto a dos maletas repletas de billetes sin marcar, una lámpara balinesa de dos por dos metros, una alfombra persa de origen desconocido que no cupo en el apresurado embarco a Suiza de sus padres, un reloj del siglo XIX que llevaba sin funcionar desde ese tiempo, y otros enseres menores, al menos para quien siempre se rodeó de objetos y todavía, en estos tecnológicos días, siente atracción por las cosas poco prácticas.

Ahí quedó Martín, como una cosa más, a sus cuatro años, diez meses y veintiún días, desprovisto del calor de su madre huída. El pequeño quedó a cargo de los servicios sociales por orden del juez, aunque siempre sintió detrás el aliento del consejo. Los muebles se dejaron, por orden del juez también, a cargo de la institución policial encargada de la subastas que se hacen con los bienes de los presos, y a veces también de los fugitivos.  

No pasó demasiado tiempo hasta que Martín fue presentado por su tutor ante el consejo. Hablaba como un hombre, pero aún era un chaval. Muchos le miraron primero con recelo, otros con rencor por ser hijo de quien era.  Muchos con pena. Sólo algunos declararon un deseo incuestionable de integrarle en el grupo: lo hicieron los que tenían en su instinto más humano la intención de protegerle, y otros que vieron en él una plataforma a la popularidad. Entre los primeros se encontraban dos de los más extraños personajes que entonces tenían voto en el consejo: Adriana, una mujer felina y solitaria, y Nacho, un hombre maduro, sensible y bueno, alejado del oportunismo que gobernaba en el consejo.

Juan, el líder entonces, aceptó acoger al muchacho desde el principio. Al menos esa fue su posición pública, ya que en sus adentros lo hizo a regañadientes: la dirección no debía, en su opinión, reconocer sin más al hijo de un fugado, de un ladrón, de un señalado. Entre recelos y miedos y con prisas los años pasaron, y Martín fue ganándose, gracias a su predisposición, su alma trabajadora y su corazón limpio, el cariño del consejo. Tiempo después, incluso Juan había olvidado su origen criminal, y fue él quien le propuso ante los demás como jefe de nuevas generaciones.

Los años seguían pasando, y, como a todos, a Juan le llegó su momento. No tuvo que volar a Suiza a la carrera, como habían hecho los padres de Martín y otros antiguos miembros, pero tenía que colgar los zapatos. Impoluta o casi, su carrera pública había hecho mella en su salud, y su estrés engordaba a diario un tumor intestinal. Su prioridad era ya otra; tocaba encontrar un sucesor, y Martín tenía un registro impecable.

¿Quién hubiera dicho que el pequeño huérfano, abandonado ante la codicia, podía llegar a jefe del consejo, a líder, e incluso más tarde quién sabe si a presidente del gobierno? Pocos, la verdad, desde luego Adriana no. Ella, que había acogido, entrenado y acompañado a Martín en sus inicios en política, quería lo mismo que él, y lo quería más que él. La gatita era ya una leona y su piel era otra. Una semana antes del dia de la votación para la elección de nuevo líder, Adriana filtró entre los sabios del consejo información que inculpaba a Martín en el robo de cientos de millones de euros. Nunca se demostró, ni falta que hizo, amén de lo imposible que resulta demostrar algo que no es cierto. Martín era Martín y sus circunstancias, y en el sentido más orteguiano lo era: el hijo de un ladrón es siempre un ladrón.

Jaime Pérez-Seoane Z

Lo tengo que consultar, será breve.


Lo tengo que consultar, será breve. Dame un minuto y te vuelvo a llamar.

Fue lo último que escuché antes de volver a sentirme respirar como un caballo nervioso. Diecisiete años de lomo partido para la empresa, defendiendo sus colores ante todo y todos, como aquella vez en Ciudad de México, cuando un proveedor nos pedía un dinero que se le debía desde hacía dos años, y yo jurando por mi madre y por la Vírgen de Guadalupe que eso jamás de los jamases había sucedido en una compañía como la nuestra, una embotelladora líder, la primera en abrir una planta de reciclaje en las américas, incluso antes que ninguna de las gringas. Entonces no sabía que debíamos dinero a medio continente, que pagábamos tarde como norma general y que el director financiero se dedicaba a negociar las facturas con los recicladores, chicos y chicas que recorrían las calles sin seguro, algunos descalzos, de noche y a pie, por cuatro pesos como quien dice.

Pero no. Yo me batía por la firma como el más forofo, de un modo casi irracional, emocional sin duda. Me agarré al mito del reciclaje entonces, cuando yo mismo necesitaba cambiar de piel y caparazón y empezar de cero, y me sentí siempre en deuda con aquella empresa, mi madre y mi hermana, y después mi mujer, cuando me arrebató a la primera. Pero me había equivocado al tratar de sobornar al alcalde, ese tan popularmente corrupto que sólo te recibía si andabas con un maletín en la mano, en esa ciudad sureña de mierda donde queríamos invertir sólo para salir en la foto. Me había equivocado y ahora me enfrentaba a un despido probable, y a un proceso penal, quién sabe, y la bola de mi garganta se hacía tan grande que parecía me hubiera comido un jersey de lana, y ya pensaba en cómo me quitaría la vida cuando me encerraran, lo cual harán sin dificultad, porque la empresa se desligará de mí en el instante en que todo se confirme. Dirán que no soy nadie.  

El reloj de la pared marcaba las once y cincuenta y nueve de la noche. Apagué la luz del despacho de mi apartamento en Monterrey y escuché los gritos de los niños jugando al fútbol en el patio trasero del edificio. Reían libres de pecado, y corrían en tromba detrás de la pelota descuidando los espacios y las consecuencias, y sólo callaban para dejar sonar en mi cabeza las palabras del vicepresidente, “la cagaste, no sé si podremos ayudarte. Lo tengo que consultar”, y las risas del alcalde maldito que quería que hiciéramos una planta más grande que aquella que había construido la competencia en Singapur, pero esta sería con la mitad de presupuesto, sin contar que él se quedaba el diez por ciento, con la mitad de conocimiento, en la mitad de tiempo, y en medio de la puta nada.

Se cantó gol en el patio. Todos lo cantaban al unísono, aunque algunos lo hubieran recibido, qué remedio. Treinta segundos solo y seguía su caminar lento y silencioso la aguja fina del reloj de pared, ese que mi ex mujer quiso sí o sí, aunque fuera el más caro, y aunque no volviera a pisar ni una sola vez ese apartamento después del fin de semana en que lo inauguramos con los niños y fuimos a escalar, eso sí que eran buenos tiempos. Ojalá pudiéramos volver atrás, al menos una vez.

La luz de las farolas entraba por la ventana y rompía la oscuridad de mi despacho en líneas horizontales, y pude ver mi cara ante la botella de tequila, ya vacía como yo, vista para sentencia e inmóvil, expectante del lento andar del segundero, ya marcando las doce menos diez. En mi mesa, un periódico de hacía siete meses donde se mencionaba que el alcalde de los bemoles iba a ser investigado después de una década y media robando, todo porque no quiso darle el voto a su primo segundo en la carrera hacia el gobierno regional. Ya no leía prensa apenas, sólo me daba disgustos.

Puntual, el teléfono volvió a sonar.

 

Jaime Pérez-Seoane Z

Un palo y un sombrero


La mañana del séptimo día empezó parecida a las dos anteriores: el mar estaba en calma, el cielo despejado, el horizonte vacío y la tierra en ninguna parte. Sobre el bote, Jesús yacía, su cuerpo desnudo a excepción de un calzón acartonado por las lluvias, ahora seco y recalentado bajo la luz del alba. Las ronchas se multiplicaban en su cuerpo, inclementes, haciendo de su piel la península volcánica de un mundo apocalíptico. Su cara, intacta, si obviamos la deshidratación propia de cuatro días y cuatro noches sin probar agua dulce.

Si no fuera por aquel sombrero de paja, habría muerto ya, pensaba cuando la brisa del Mediterráneo le golpeaba en los muslos y despertaba sus neuronas famélicas. El sombrero había evitado que su frente se quemara en las últimas setenta y dos horas, las de un sol inclemente y asesino. El sombrero, y, bueno, el palo también, por supuesto. Medio palo, para ser exactos, medio desde el segundo día, cuando sirvió de lanza contra un grupo de escualos correosos. Panda de cabrones, volved con más amiguitos si queréis comer marinero murciano. El palo era también remo, y ya era de día, y un buen día para llegar a tierra. Así que tocaba remar de nuevo.  

Oculto bajo el enorme sombrero de paja, ¿de quién había sido y por qué estaba en ese bote abandonado a su suerte?, Jesús remaba rumbo al sur, aprovechando la corriente, confiando en divisar tierra pronto. La del norte de Argelia, o la de Túnez incluso, quién sabe cuán adentro le había llevado el mar en esos días. En sus delirios de moribundo hambriento, deshidratado, movido únicamente por la innata necesidad de sobrevivir, se pensaba partiéndole aquel palo en la cabeza al capitán de su barco pesquero, el mismo que se saltó todas las normas de seguridad y se adentró en el estrecho en aquel día de temporal absurdo, de cambio climático en auge, que partió en dos la embarcación. Pero no había más capitán, seguro que no: había servido de desayuno a las bestias marinas y dejado a Jesús a su suerte, agarrado a un bote con un palo y un sombrero de paja.  

Era el séptimo día y el palo se batía con la ayuda de Jesús, animado por el viento que venía del norte, ese que dibujaba ovejitas sobre las olas. Un banco de peces multitudinario de esos que soñaban con encontrar cualquier día de pesca se acercaba al bote en dirección opuesta a su remada. Lo supo Jesús porque ningún ejército de gaviotas se aleja tanto de la costa si no es para andar detrás de su menú del día. El cielo se inundaba de aves a medida que el bote se acercaba a los peces, y el marino rema que rema con el palo, y sólo paraba de batir las aguas para sujetarse el sombrero. Bajo el sombrero, sus neuronas hambrientas habían concebido un plan.

Con la llegada de los peces se revolvió el mar, y con la de las aves, llegó la tormenta. Comenzó una orgía animal de peces y pájaros bajo un torrente de agua dulce y Jesús dejó la remada queriendo unirse a la fiesta. Alzando el palo, abatió a una gaviota despistada que pasó de cazador a presa en, bueno, en lo que dura un golpe de palo. Con el violento gesto, el sombrero voló, y Jesús no lo echó de menos, ¡ni tiempo que tuvo!, ocupado en rematar a la gaviota que se comería cruda, una vez desplumada, eso sí, cuando no pudiera beber ni una gota más de ese agua de manantial divino. Ni en Murcia llueve así, pensó con humor el náufrago, el palo ensangrentado en una mano, la gaviota lánguida en la otra.

 Jaime Pérez-Seoane Z 

Al décimo


– ¿Al décimo, ha dicho?

La voz ronca de Miguel (no dijo su nombre, aunque le pegaba Miguel) me llamó la atención. ¿Afición a la bebida o un trancazo? Quise creer la primera. Con su cojera indisimulada, parecía un superviviente de la movida madrileña. Seguro que antes de portero había sido músico, o miembro de una banda motera. Si aquello fuera Alabama en lugar de Carabanchel, hubiera dicho que también sirvió en Vietnam.

– Al décimo, sí señor. – Sonreí, insinuando que yo también fui un liante en otro tiempo no muy lejano.

La puerta no llegó a cerrarse. Un tacón dorado se interpuso en su camino. A él siguieron una pierna larga como un día de verano, y luego otra. La propietaria, una chica de ojos grandes, entró con su flequillo y sus prisas. Miguel se irguió como si lo de su pata chula fuera un cuento para otros. Se saludaron, y la voz de ella era dulce. La de él, ya sabéis como era, aunque esta vez carraspeó para fingirla más firme.

– ¿Usted también va al décimo? – dije yo, esperanzado con la compañía.

Dijo que no, sin decir nada. Sonrió, miró a Miguel (que su madre me perdone si le puso otro nombre) y pulsó el botón del segundo piso. Eso sí que es mala suerte: un edificio con veintidós pisos y se tiene que bajar en el segundo. Miguel le preguntó por su hermano. Ella respondió que ahí sigue, que luchando. Le imaginé de unos doce años, enfermo de leucemia, en una habitación azul, con los ojos grandes como su hermana, con un pijama de algodón y muy buenas maneras, enfrentando con dignidad un futuro oscuro, porque su padre, el militar que murió en Afganistán, les enseñó a sonreír en las peores circunstancias. Puede que su hermano solo estuviera luchando para sacarse la oposición a policía, o luchando en un ring porque era luchador, o quizá, probablemente, sólo estuviera luchando como todos, y que Carla hubiera comparado la vida con una lucha, que en el fondo es una comparación bastante habitual, y supongo que en Carabanchel lo es también.

A la despedida de Carla, ese nombre le puse a la del segundo, siguió un vacío emocional inesperado. Los segundos se hicieron eternos. El ascensor metálico – que olía a plástico, ¿cómo puede ser? – parecía un purgatorio donde el portero y yo estábamos destinados a compartir un interminable viaje. Pero nada dura para siempre, ni siquiera la idea de que en treinta y cuatro años no has hecho ni una sola cosa de la que estar orgulloso. Que si este ascensor se jode, y se va todo a la mierda, serás una buena persona más que no merecía irse tan pronto, amén de un saco de huesos hechos polvo y bañados en sangre.

Paramos en el noveno, y se fueron los fantasmas que llevaban siete pisos con nosotros. Entró, en su lugar, Don Eugenio. Así le saludó Miguel.

Don Eugenio debía rondar los ochenta, y aunque su cabeza estaba ya mayor (¿qué hacía si no cogiendo un ascensor de subida cuando seguramente quería bajar?) su piel parecía no sentir el paso de las décadas. Vestía una camiseta del Atleti, equipo que seguía sólo desde que su nieto hubiera sido fichado para formar parte del equipo benjamín. Él, un hombre de costumbres, de comer todos los domingos en el mismo restaurante, de viajar todos los veranos al mismo pueblo, el de su madre, y abonado del Rayo de toda la vida, había cambiado los colores por apoyar el futuro de Carlitos, aún cuando sospechaba, él, que llevaba viendo fútbol toda una vida, que no llegaría muy lejos.

– El décimo – dijo el portero, mientras me abría la puerta. – Buena tarde, joven.

– Igualmente, Miguel. – Dije sin pensar.

 

Jaime Pérez-Seoane Z