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Poemenos: Trato.


 

Tenía un trato con la vida.

Ella le sonreía y él, a cambio,

de vez en cuando, le escribía poesía.

 

Tenía un trato con la vida.

No se resistía a los cambios y aceptaba,

cuando tocaba, la tristeza.

Pero quedaron en llorarla juntos y, al terminar,

volver con mayor firmeza.

 

Acordaron no resistirse a crecer, no evitar obligaciones.

madurar cuando hiciera falta pero sin dejar de ser niños

para los que todo, incluido el aburrimiento,

serían diversiones.

 

Pactaron descubrir nuevas cosas cada día.

Enfrentarse a los miedos, vencer las manías.

Aunque reservaron cláusulas como hoy toca no hacer nada

y que eso también sumaría.

 

Tenía un trato con la vida. Enfados los justos.

Rencores ni uno. Si tocaba cabrearse habría que hacerlo con mesura.

Sabiendo el por qué y cuidando el cómo.

Sin sustos.

 

Quedaron en que vale ya de preguntarle a ella

que todo esto de qué va, que de dónde viene, que por dónde saldrá.

Deja de preocuparte. Disfruta imbécil.

¡Venga ya!

 

Tenía un trato con la vida. Y siempre lo cumplía.

Aunque el día viniera torcido, aunque le dijeran que no le querían.

Aunque lloviera.

Porque cuando eso pasaba, ella le sonreía

Y él, de vuelta, le escribía poesía.

 

Carral del Prado.

 

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Poemenos Prohibidos: Mortal Inmortalidad.


Como la tormenta de verano, anhelada su agua por el páramo, que en vez de regalo es maldición. Demasiado intensa ha llegado. Entre rayos y truenos y vientos huracanados, lo que debía ser vida es muerte y mutilación. Arrasa el tierno brote del sembrado.

Es una primavera precoz. Confundido el almendro por el tibio calor del sol de invierno despierta a sus flores que se deshojan, frágiles y sorprendidas, amortajadas con la última nieve de la nevada tardía.

Pero es la lavanda una flor inmortal pues incluso muerta y seca mantiene su olor. Fresco perfume que cuenta, aunque ya ida y marchita, su preciosa existencia.

Derrotado y ahogado, como el último oso polar en el infinito de un mar descongelado, sin esperanza todavía nada. Y mientras se hunde en la profundidad del océano, níveo en la oscuridad, sigue pensando en la blanca salvación del hielo inmaculado.

Sin pedir permiso ni perdón, sin guardar un ápice de rencor. En la soledad de un mar que acoge su cuerpo muerto que no para de nadar.

 

Carral del Prado.

Poemenos Prohibidos: El olivo que no olvida.


 

Mil veces vareado, el olivo no olvida lo que la tierra ya ha olvidado. Y aunque el tiempo infinito ha tatuado de nudos su tronco retorcido, el mismo pasar de los siglos que a su alrededor los campos ha cambiado, recuerda sus olivas doradas al sol que ha cuidado con esmero, que le han quitado de sus ramas con manos y con palos. Olivas que fueron suyas, que sin marchitarse, se marcharon.

No tiene el olivo, como el rosal, rosas para enamorados. Pero guarda la memoria de mañanas rosadas, de la lluvia, de la arcilla mojada. Del viento solitario que en su soledad le susurraba.  Se irá el olivo en el grito de una noche azul o entre el silencio de los truenos. Pero en el segundo antes de partir recordará a su última aceitunilla acunada entre sus hojas alargadas. La más hermosa. La más dorada.

 

Carral del Prado.

Poemenos Prohibidos: Demasiada realidad.


El pelícano colorado trajo vacía su bolsa, arrugados sus pliegues malolientes a pescado.

El almendro almendrófago deglutía sus propios frutos en medio del incendio de cáscaras inertes que crepitaban con la mirada perdida mientras se consumían.

Nunca se vio un viento más absurdo que aquel que soplaba contra sí mismo mientras las olas, inmóviles en su superficie salada, disfrutaban de la estúpida lucha.

Las palabras se atropellaron y se gritaron faltas de ortografía hiriéndose unas a otras orgullosas de su ignorancia.

A la cabeza se puso un decapitado que, ciego y envidioso de las demás testas, echó mano del hacha y afeitó cualquier pensamiento, tan apurado que brotó sangre impotente.

Pequeños hongos brotaron a la sombra de los tiempos oscuros de los que apenas se conseguía diferenciar su silueta y carcomieron la podrida oscuridad.

De la malformación surgieron poetas que, tras el sufrir de su nacimiento, se suicidaron sin remedio siendo esa la única poesía que dejaron tras de sí.

Carral del Prado.

Poemenos prohibidos: El Arroyo.


Llora el arroyo hilos de cristal porque la corriente se te ha llevado a otras aguas.

En el parque, la farola alumbra su desierto rincón de gélida luz y busca, a ciegas, la silueta de tu sombra infantil.

La almohada acaricia el vacío donde antes reposaba alborotada tu profunda melena y compadece a la cama solitaria que ya no huele a nadie.

Al alba y en el crepúsculo la Luna consuela al Sol en los breves momentos en que se cruzan porque ya no brilla tan radiante y la tristeza enfría sus poderosos rayos. Y cuando se encarama a su atalaya, en su reino de misteriosa calma, rumia sola su pena y suspira entre luces de plata. Ya no tan brillante, ya no tan llena.

Junto con las hijas perdidas del arroyo, mi alma se despeña entre los riscos y rebota sin sentido contra los salientes afilados sin hacer caso al dolor, sin preocuparme el destino.

Baja las aguas de otro río la que en otro tiempo fue mi océano mientras yo no consigo salir del diminuto arroyo perdido entre caminos, a la vera de los sauces, que lloran conmigo.

Carral del Prado.