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Un libro de una selva


Martín fue depositado en una sala gris y fría, donde se le inventarió (un policía decía “un bebé”, y el otro escribía “un bebé”)  junto a dos maletas repletas de billetes sin marcar, una lámpara balinesa de dos por dos metros, una alfombra persa de origen desconocido que no cupo en el apresurado embarco a Suiza de sus padres, un reloj del siglo XIX que llevaba sin funcionar desde ese tiempo, y otros enseres menores, al menos para quien siempre se rodeó de objetos y todavía, en estos tecnológicos días, siente atracción por las cosas poco prácticas.

Ahí quedó Martín, como una cosa más, a sus cuatro años, diez meses y veintiún días, desprovisto del calor de su madre huída. El pequeño quedó a cargo de los servicios sociales por orden del juez, aunque siempre sintió detrás el aliento del consejo. Los muebles se dejaron, por orden del juez también, a cargo de la institución policial encargada de la subastas que se hacen con los bienes de los presos, y a veces también de los fugitivos.  

No pasó demasiado tiempo hasta que Martín fue presentado por su tutor ante el consejo. Hablaba como un hombre, pero aún era un chaval. Muchos le miraron primero con recelo, otros con rencor por ser hijo de quien era.  Muchos con pena. Sólo algunos declararon un deseo incuestionable de integrarle en el grupo: lo hicieron los que tenían en su instinto más humano la intención de protegerle, y otros que vieron en él una plataforma a la popularidad. Entre los primeros se encontraban dos de los más extraños personajes que entonces tenían voto en el consejo: Adriana, una mujer felina y solitaria, y Nacho, un hombre maduro, sensible y bueno, alejado del oportunismo que gobernaba en el consejo.

Juan, el líder entonces, aceptó acoger al muchacho desde el principio. Al menos esa fue su posición pública, ya que en sus adentros lo hizo a regañadientes: la dirección no debía, en su opinión, reconocer sin más al hijo de un fugado, de un ladrón, de un señalado. Entre recelos y miedos y con prisas los años pasaron, y Martín fue ganándose, gracias a su predisposición, su alma trabajadora y su corazón limpio, el cariño del consejo. Tiempo después, incluso Juan había olvidado su origen criminal, y fue él quien le propuso ante los demás como jefe de nuevas generaciones.

Los años seguían pasando, y, como a todos, a Juan le llegó su momento. No tuvo que volar a Suiza a la carrera, como habían hecho los padres de Martín y otros antiguos miembros, pero tenía que colgar los zapatos. Impoluta o casi, su carrera pública había hecho mella en su salud, y su estrés engordaba a diario un tumor intestinal. Su prioridad era ya otra; tocaba encontrar un sucesor, y Martín tenía un registro impecable.

¿Quién hubiera dicho que el pequeño huérfano, abandonado ante la codicia, podía llegar a jefe del consejo, a líder, e incluso más tarde quién sabe si a presidente del gobierno? Pocos, la verdad, desde luego Adriana no. Ella, que había acogido, entrenado y acompañado a Martín en sus inicios en política, quería lo mismo que él, y lo quería más que él. La gatita era ya una leona y su piel era otra. Una semana antes del dia de la votación para la elección de nuevo líder, Adriana filtró entre los sabios del consejo información que inculpaba a Martín en el robo de cientos de millones de euros. Nunca se demostró, ni falta que hizo, amén de lo imposible que resulta demostrar algo que no es cierto. Martín era Martín y sus circunstancias, y en el sentido más orteguiano lo era: el hijo de un ladrón es siempre un ladrón.

Jaime Pérez-Seoane Z

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