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Poemenos: En la costa.


Se aleja el cormorán de la costa

con sus alas negras sobre el verde

mar que mece tu recuerdo que se agosta

en las letras de ese autor que te pierde.

Mientras el atardecer muere de nostalgia

en la orilla nadan flechas de plata.

Espumas de oro rosa, ramas de acacia,

quien pudiera cabalgaros cual pez de hojalata.

Llevadme lejos, hasta otro horizonte

contigo, mi pasión de estío y, cada día,

del tedio mi escudo y mi soporte.

Yo quisiera naufragar en tus aguas frías,

ahogarme en tu humedad salina,

y llegar flotando a tu costa sombría.

Ser juntos arena, brisa y ave marina.

 

Carral del Prado.

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“¿Quién es? ¿Chano?”


La cabeza asoma brevemente por la puerta y pregunta. “¿Quién es? ¿Chano?” Sí, Chano. Y continúa su camino. Inconfundible Chano Lobato con sus tanguillos. Cómo quieres que te abra la puerta de mi bohío si tengo a mi mulata dentro… La cabeza es de mi padre, maestro flamencólogo, sabio del cante, enamorado del duende. Es una música complicada de escuchar, cierto. Y lo sé mejor que nadie. Durante años y años lo escuché junto a mis hermanos en interminables viajes de carretera completamente impermeable a sus efectos. El Pali, El Beni, El Cabrero, Los Amigos de Gines; el cachondeo que suscitaban entre toda la familia los nombres de los cantaores y grupos es ya un mito.

Esos viajes de entonces en los que íbamos siete en el coche, más mi perra, y comíamos bocatas que repartía mi madre desde el asiento del copiloto y las únicas paradas eran para poner gasolina y echar un pis rápido. Sevilla de mis entrañas, población incomparable… Me costó lo suyo aprender a disfrutarlo. Los inicios tienen que ser suaves, por supuesto. Como alguien quiera acercarse al flamenco y comience por escuchar unas seguiriyas del Lebrijano va listo, y eso que son una auténtica maravilla pero es demasiada pureza para iniciarse. Hay que empezar más ligero. Por cierto que esa es la palabra que utiliza mi padre cuando para él un cantaor no llega: “Es bueno pero es de cante ligero”, pronúnciese esa ge casi como si fuera hache.

Efectivamente la aproximación al flamenco tiene que ser tranquila y comenzar por fiesta o por mezcla si se quiere; algo por debajo del cante ligero para mi padre. El compadre Manuel Tablones, con la Kika su prima hermana, a vender boca y camarones en un barco se fue a La Habana… Por mezcla me refiero a Pata Negra, a Kiko Veneno, a Los Delincuentes o, sin duda la mejor manera, por Camarón. Una vez se ha cogido el hilo de Camarón la progresión hacia el cante es imparable. Partiendo de que Camarón es todo, tradición y pureza, modernidad e innovación. Ya decía El Torta que Camarón era uno y ya no nace nadie como él. El descubrimiento del universo casi infinito que supone el flamenco es una aventura tan extraordinaria que a veces incluso siento compasión por la gente que no acaba de entrar. Es el arte más auténtico, más original, más singular que existe. Cuando a uno le coge el pellizco es absolutamente imposible escaparse.

No es raro entre aficionados al cante compartir que con esta canción o con tal cantaor se le saltan a uno las lágrimas. De hecho uno de los momentos más increíbles que he vivido yo en esto del flamenco fue ver llorar a mi padre y a un amigo suyo escuchando en directo los cantes de trilla de Fernando de la Morena. Como estaban desmayaitos y personas güenas las hay, consiguieron que en un barquito los llevaran de rumbo a Cai.. Dos señores hechos y derechos, con sus mujeres al lado, llorando sonrientes en silencio sin poder ni querer evitarlo. Pero además de tener la suerte de la guía de mi padre en este mundo diverso y rico, tengo también a mi compadre el Marqués, un fenómeno, que es mi compañero de veladas flamencas. Fue él quien me llamó un día de vacaciones de Navidad para decirme “Se nos ha ido, tío, se nos ha ido”. Se refería nada menos que a la muerte de Juan Moneo, El Torta de Jerez. Sin duda uno de los más grandes cantaores que ha dado este arte único y al que tuvimos la suerte de ver en directo muchas veces e incluso conocerle personalmente.

En fin, mientras escribo esto y siguen sonando los Tanguillos de Chano sorprendo a mi padre pasando de nuevo por la puerta a pasos cortitos haciendo caracolas con las manos al compás. Como el flamenco no hay nada.

Vámono pa Cai, primita mía, vámono pa Cai…

 

 

Carral del Prado.

Poemenos: Tarde de Primavera.


 

Ya ha caído la tarde perezosa.

Esta tarde de lluvia de primavera,

qué tiene esta nostalgia rosa

que me lleva flotando a su ribera.

Es una tarde más o una menos,

lenta humedad del morir de los días.

Fundidos en antiguos riscos morenos

de vidas pasadas pero no vacías.

Cae la colina hacia el sendero,

algodonado de versos de arena.

Tú, camino triste de gris febrero

besas distraído la pendiente; sin pena.

Agarra los últimos rayos de sol

con el alma, sí, y con el corazón.

En la memoria, un beso de alcohol,

que escuece en la tarde, sin razón.

 

Carral del Prado.

Una vida normal. (I de II)


 

De pronto un día dejas de follar con tu novia. O Follas tan poco que casi ni cuenta; algún fin de semana, una noche de borrachera, el día de tu cumple. Te dedicas al curro, crees que eres bueno, que todavía tienes muchas oportunidades, que no vas a estar ahí toda la vida. Sales con tus colegas pero te empieza a dar pereza emborracharte toda la noche porque al día siguiente tienes una resaca del copón y tu piba te echa la peta. Haces planes de día, cuando no te joden el finde por trabajo, cuando no te toca ir a comer con los padres de ella o ir a comprar algo para vuestro piso de una sola habitación o ir a ver a tus padres que te reprochan todos los días lo poco que les visitas.

De pronto un día decides casarte porque es lo que toca y tus amigos lo están haciendo; total, no va a cambiar mucho la cosa. Misa, fiesta, viaje. Un par de polvos en el viaje, tres si cuentas el par de embestidas flotando en el mar. De pronto un día te das cuenta de que tienes dos hijos. Quieres ir al cumple de Paco, que celebra por todo lo alto sus cuarenta tacos soltero en un garito del centro y van también el cachondo de Luis y el Pollo al que hace la vida que no ves y Laura que te tenía ganas en su momento y todavía está bastante buena. Pero Pablito tiene mañana partido de fútbol en casa Dios. Consigues convencer a tu mujer de que vas un rato y vuelves rápido pero entre medias se te pone mala la enana que empieza a vomitar como si fuera la niña del exorcista. A las tres de la mañana sigues en urgencias y cuando vuelves ya no tiene sentido ir al cumpleaños porque va a estar todo el mundo borracho y tú no puedes beber. Eso sí, de llevar a Pablito al partido a las ocho y media de la mañana no te libras.

De pronto un día te levantas del váter y ves que hay sangre. No sabes si es de tu orina o de tu mierda. Vas al médico y te confirman lo peor. Empiezas con la quimio. Te dices que tienes fuerzas y que vas a poder con la maldita enfermedad pero aquello no funciona. Sin un pelo y demacrado te despides de tu familia en un cama de hospital mientras lloriquean en una mezcla de pena, asco y alivio por dejar de verte así. Una cama que mañana, cuando se hayan llevado tu repugnante cadáver, ya estará ocupada por otro desgraciado como tú. Al poco tiempo lo único que se oye decir de ti es “qué mala suerte, el pobre Juan”. Tu mujer, tu viuda, se ha vuelto a casar porque todavía es joven y tiene dos niños pequeños que, pasados unos años, quieren más a su padrastro porque su verdadero padre murió cuando eran muy pequeños y no se acuerdan.

Y de pronto un día eres un  nombre grabado en una lápida barata que no visita nadie, ni siquiera el día de difuntos porque ahora se celebra Halloween y lo de ir a los cementerios disfrazados pues como que no. Y al cabo del tiempo han muerto casi todos los que te conocieron. Para los que viven, y se acuerdan, eres el tío Juan, que tuvo mala suerte y murió joven pero era una buena persona. Y de pronto un día resulta que esa es la vida normal de todo el mundo, la que tú no querías llevar ni por asomo. Pero así es la vida.

 

Carral del Prado.

¡KALINKA!


Todos los grupos de amigos tienen sus rituales a la hora de salir y emborracharse. Desde alternar chupitos con copas como si fueran a recibir un premio, desnudarse en público, cantar las mismas canciones o comenzar todas las noches en el mismo bar donde no hace falta decirle al camarero la copa que van a pedir. Y de forma individual cada borracho también tiene sus propios e inconfundibles rituales. En mi caso concreto tengo una amplia diversidad de amigos con rituales casi místicos que amenizan, de forma inevitable, cada noche o día que nos juntamos. Tengo un amigo al que la borrachera le transforma sus ojos de humano en inquietantes ojos de felino, otro al que el alcohol trastorna su capacidad lingüística y hace que hable con acento murciano siendo de Madrid, otro que pierde la capacidad del habla y se dedica a empujarte con cara de mala uva cuando te acercas a él y unos cuantos a los que les provoca directamente un trastorno total y generalizado de su personalidad. Con cómicos y trágicos resultados a partes iguales. Pero entre ellos destaca mi querido amigo el Doctor que tiene la asombrosa capacidad de bailar el Kalinka.

Este, para aquellos marcianos que no lo conozcan, es un baile ruso asociado a la canción del mismo nombre escrita en 1860 por el compositor Iván Petróvich Lariónov, natural de la localidad de Perm, cercana a los montes Urales. Es una canción que desde que fue interpretada por primera vez como parte de una obra de teatro en la ciudad de Sarátov ha alcanzado gran fama y notoriedad en Rusia y la cantan y la bailan desde las pequeñas compañías de las aldeas de la estepa hasta los propios oficiales del coro de la Armada Rusa. Es una canción popular que habla de una baya de nieve -eso es lo que significa Kalinka-, una pequeña fruta a la que también denomina frambuesita. Se baila en cuclillas dando pequeños saltos mientras se estiran por completo las piernas y se abren y se cierran los brazos con un abanico de acrobacias dignas de Nadia Comaneci. Pues bien mi amigo el Doctor no se parece precisamente a una frambuesita. Está más fuerte que un DYC solo, sin hielo y a temperatura ambiente a las nueve de la mañana y pesa en torno a cien kilos. Y, aunque bebe como un marinero raso de la base de Severomorsk, no es ruso ni por asomo. Pero tiene la increíble agilidad y fuerza para, tras unas cuantas copas, de whisky y no de vodka, ponerse a bailar, rojo como un tomate del esfuerzo, mientras todos los colegas damos palmas y coreamos la tonada decimonónica entre exclamaciones de felicidad. Sólo el estribillo por supuesto. Aunque a todos nos trastorne el habla el alcohol no llegamos a hablar ruso aunque a altas horas de la madrugada pueda parecerlo. Cuando acaba, el Doctor se levanta bonachón y sonriente y es aclamado por todos mientras le acercamos una nueva copa llena hasta los topes. Es quizás uno de los rituales más queridos por la cuadrilla y de los que más tiempo ha permanecido inalterado entre nosotros pues lo lleva haciendo casi desde la adolescencia y algunos ya gastan treintaiún tacos.

En fin, sé que todo el mundo tiene sus rituales borrachiles y que quizás este no les haga tanta gracia pero yo tengo un amigo que baila de maravilla el Kalinka y encima borracho como un lémur. A ver quién es capaz de imitarlo.
Kalinka, kalinka, kalinka maya!

Carral del Prado.