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Pablo Pérez.


-Me vine de México porque me dijeron que aquí había chamba y allí ya no quedaba más que el narco. Dejé mi pueblo buscando una vida mejor y nunca pensé que llegaría aquí tan rápido. Me llamo Pablo Pérez aunque nadie sabe ya mi nombre. Mi trabajo no era el mejor, ni tampoco legal pero, la neta, era un trabajo honrado que me daba una lanita. Algunas obras aquí y allá no más. No necesitaba mandar nada de vuelta. Mis padres murieron ya viejitos cuando las llamas devoraron el llano en el que vivían. Yo solo pude observar desde lejos. El desierto ya les había secado los huesos antes de que el fuego les dejara como pura ceniza a ellos y a su casita. No más escucho ahorita el tamborileo de la lluvia sobre aquel mármol y el viento correr sobre su superficie pulida pero ni tan solo una persona se ha acercado todavía.

-Nadie conoce ni recuerda tampoco mi nombre. La voz venía de mucho más abajo. -Llevo aquí mucho tiempo más que tú y mi historia es muy parecida. Vine buscando trabajo y ese mismo trabajo fue mi final. Ahora llevo tantos años aquí y estoy tan abajo que no oigo ni a la lluvia ni al viento pero sí te digo que no recuerdo haber oído a nadie llorarnos ahí arriba. Aunque a algunos de los de aquí se los han llevado después de un tiempo. Mis padres no supieron nunca dónde estaba, espero que hayan sido capaces de perdonarme, inshallah. No me gusta pensar que lo hablan cada día igual que hacemos nosotros. Mi nombre tampoco aparece en la losa y encima de ella hay una cruz de un dios que no es el mío. Recuerdo todos los días los viejos olivos de mi padre frente al mar, ese mar que crucé con el ímpetu de la juventud y que nunca más volveré a ver.

-Yo también recuerdo los ágaves que se plantaban en mi pueblo, aunque nunca fuimos dueños de nada. Apenas sí vi al patrón alguna vez. Recuerdo ayudar a mi padre a pelar la fruta y luego moverla a la destilería para elaborar el mezcal con el que luego le pagaban. Nada más que le pagaban en eso y en un saquito de frijoles y algo de harina para las tortillas. Así de jodidos éramos. Pero también hubo felicidad en aquel tiempo que me es tan lejano. Los muchachos recorríamos los páramos de alrededor del pueblo y les jalábamos la cola a las culebras y alacranes. Por la noche el cielo estaba llenito de estrellas. En esta ciudad no hay más que pura oscuridad, incluso en las noches más claras. Pero ahora me gustaría verlo.

-Yo vivía cerca del cielo. Esta vez la voz venía de su lado. –En plenas montañas. Comíamos patata y yuca y arroz con pollo los días de celebración. Pescábamos en el lago sagrado de nuestros antepasados y las cholitas cocinaban el pescado vestidas con sus sombreros bombín mientras cuchicheaban sus chismes en nuestra lengua indígena. Hasta que llegó el gobierno y nos obligó a marcharnos a la ciudad porque descubrieron algo bajo nuestra tierra. Algo que valía mucha plata pero nosotros nunca vimos un solo peso. Entonces me vine acá y acabé como ustedes en esta fosa sin nombres.

-Recuerdo también el día de muertos, cuando íbamos al cementerio a ver a mis abuelitos y a mi pobre hermano al que se lo llevaron unas calenturas cuando apenas era un chamaco. Me gustaba ese día, en México nos gustaba recordar. Con muchos colores no como aquí dentro de esta caja que es todo luto. Ahora soy yo el muerto y nadie viene a este desolado rincón a recordarme. Soy uno más entre tantos olvidados, y aunque ya no me guste, lo único que me queda es recordar aquello que ya no va a volver.

 

Carral del Prado.

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¡Ha llegado!


Da el viento el aviso con el reseco silbido de sus labios cortados. Inquieto el polvo se refugia entre las crepitantes ramas secas. Se despereza la higuera y se estiran sus hojas en la cosquilleante percusión de incontables baquetas que las usan,  con permiso,  de tambor.

Un susurro húmedo envuelve a la luz que somnolienta descansa un rato sobre oscuros algodones. Vuelve la libélula con su volar juguetón. Se esconde el cernícalo en el risco y la golondrina bajo el balcón.

Las manos entrelazadas de los enamorados acortan su distancia y ahora buscan consuelo, destempladas, en cinturas y en hombros ya tapados.

El río incrédulo recibe la llegada abriendo y cerrando los ojos con cada una de las visitas que ahora parecen infinitas. Escuálido durante meses,  ahora sin mesura y sin control,  besa lujurioso a la ribera de la que en verano sin fuerzas se despidió.

La soledad se sienta en las terrazas mojadas y, en los salones, sonríe crujiente la chimenea mientras observa al cálido sofá bajo pesadas mantas olvidadas que cubren a unos pies zalameros que se toquetean.

Hace profundo al albero, oscuro al granito, feliz al viñedo. Ha llegado. Y con ella el otoño y los bosques sedientos que pronto serán colorados.

Carral del Prado.

Poemenos: Trato.


 

Tenía un trato con la vida.

Ella le sonreía y él, a cambio,

de vez en cuando, le escribía poesía.

 

Tenía un trato con la vida.

No se resistía a los cambios y aceptaba,

cuando tocaba, la tristeza.

Pero quedaron en llorarla juntos y, al terminar,

volver con mayor firmeza.

 

Acordaron no resistirse a crecer, no evitar obligaciones.

madurar cuando hiciera falta pero sin dejar de ser niños

para los que todo, incluido el aburrimiento,

serían diversiones.

 

Pactaron descubrir nuevas cosas cada día.

Enfrentarse a los miedos, vencer las manías.

Aunque reservaron cláusulas como hoy toca no hacer nada

y que eso también sumaría.

 

Tenía un trato con la vida. Enfados los justos.

Rencores ni uno. Si tocaba cabrearse habría que hacerlo con mesura.

Sabiendo el por qué y cuidando el cómo.

Sin sustos.

 

Quedaron en que vale ya de preguntarle a ella

que todo esto de qué va, que de dónde viene, que por dónde saldrá.

Deja de preocuparte. Disfruta imbécil.

¡Venga ya!

 

Tenía un trato con la vida. Y siempre lo cumplía.

Aunque el día viniera torcido, aunque le dijeran que no le querían.

Aunque lloviera.

Porque cuando eso pasaba, ella le sonreía

Y él, de vuelta, le escribía poesía.

 

Carral del Prado.

 

Precioso Caos


Te recuerdo. Te recuerdo desde antes del Todo y de la Nada. Antes de que existiera la Tierra, incluso antes de que brillara el Sol.

Recuerdo arder en la cola luminosa de un cometa y orbitar durante edades enteras alrededor de una estrella cuyo horizonte era tan masivo como toda una galaxia. Recuerdo fundirme en ella y salir expulsado en una de sus erupciones entre un fuego tan ardiente que el espacio profundo se pintó de rojo. Volé en un viento cósmico durante tanto tiempo y tanta distancia que contemplé sistemas planetarios enteros nacer, vivir y colapsar para luego perderse en la vastedad del cosmos sin que el universo se alterara lo más mínimo.

Recuerdo aterrizar sobre roca fría en un paisaje desierto, horadado por miles de millones de impactos. Allí estuve congelado lo suficiente como para echar de menos volar. Hasta que el hielo se derritió y se convirtió en una nebulosa. Me volví etéreo y anduve mezclado con los gases pintados de todos los colores que han existido o existirán.

Tras una eternidad siendo constelación, fui líquido y disfruté de nuevo del calor y de la luz, mecido plácidamente por un océano interminable. Luego vinieron el frío y la oscuridad, lenta y sigilosamente. Perdí la orientación y los sentidos conocidos desaparecieron para convertirse en otros, diferentes y multiplicados.

Percibía el silencio a través de la piel. El sabor salino en los ojos. El palpitar del infinito en los oídos. En la oscura quietud fui engullido por un ser descomunal y sentí de nuevo la vida orgánica en toda su plenitud. Fui latidos, fluido, músculo y hueso. Formé parte del esplendor de ese ser, de su reproducción y, por último, de su decadencia y descomposición.

Cuando su energía se transformó me convertí en un intenso calor una vez más. Me volví viscoso y volé de nuevo incandescente por encima de un cielo humeante, explosivo y lleno de electricidad.

Y te recuerdo porque siempre estabas allí en este interminable viaje. De un punto a otro de la eternidad, desde el origen inexistente hasta el destino desconocido. En todas las formas y materias. En la luz y en el frío, en el calor y en la oscuridad estabas allí conmigo.

Quizás tú seas el universo y yo un rayo perdido en tu inmensidad

New view of the Pillars of Creation — visible

The NASA/ESA Hubble Space Telescope has revisited one of its most iconic and popular images: the Eagle Nebula’s Pillars of Creation. This image shows the pillars as seen in visible light, capturing the multi-coloured glow of gas clouds, wispy tendrils of dark cosmic dust, and the rust-coloured elephants’ trunks of the nebula’s famous pillars. The dust and gas in the pillars is seared by the intense radiation from young stars and eroded by strong winds from massive nearby stars. With these new images comes better contrast and a clearer view for astronomers to study how the structure of the pillars is changing over time.

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Carral del Prado.

La Guerra de los Regalos.


6 de enero de 2217, trigésimo tercer año de la Guerra de los Regalos.

Ciudad de Lyon, Francia, Cuartel General del Frente Europeo.

 

A su Triple Alteza Oriental y General en Jefe de las fuerzas realistas:

 

Mi señor Melchor, las fuerzas de Santa Claus ya han establecido una cabeza de puente en Europa continental, Dinamarca ha caído. Os escribo estas letras antes de partir para el norte de Alemania y frenar el avance de los santinos hacia occidente. Llevo conmigo cinco legiones de guerreros beduinos, aunque este frío está causando estragos y andamos escasos de suministros y munición. Se nos han unido fuerzas francesas y españolas y en Alemania espero encontrarme con al menos otras dos legiones de guerreros alemanes. Me preocupa Holanda donde Sinter Klaas, a pesar de su aparente neutralidad, está acumulando luchadores negros en una cantidad cada vez mayor.

Desde Dinamarca los santinos han avanzado mucho en dirección sureste. Nuestros ejércitos destacados en los Balcanes corren hacia Ucrania. Creemos que su intención es tomar Odessa y establecer un puerto en el Mar Negro que les permita acceder al Mediterráneo a través de los estrechos turcos.

Los comanda Alabastro al frente de varios regimientos de elfos y al menos una escuadra de trineos voladores. Si llegan a establecerse en el puerto, se acercarán peligrosamente a Tierra Santa y a nuestra base de Belén.

En la península Ibérica la situación es estable y el norte está protegido por el Olentzero y sus luchadores montañeses.

Es todo lo que puedo contaros por el momento.

 

Abu, Paje Comandante de las Fuerzas de Europa.

 

-Maldito gordo hereje-. Ponme inmediatamente con Baltasar. Melchor estrujaba el parte de su más fiel paje entre sus viejas manos.

-Sí mi señor-. Abdel, mayordomo real, hizo señas a los sirvientes para que organizaran la llamada.

-¿Cómo hemos llegado a esto Abdel? Definitivamente Santa Claus ha perdido la cabeza. Si Gaspar siguiera con nosotros…

-Mi señor, sus tropas siguen adelante con sus planes y aguantan en Norteamérica.

-Canadá ya está en manos del enemigo y además es el Grinch quien las comanda, ese despiadado malnacido. Sólo espero que el Paje Comandante Lahmar aguante.

 

Habían pasado más de tres décadas desde que una tormenta de nieve y fuego bajara del norte del planeta y llevara a todo el hemisferio a una guerra sin cuartel. Santa Claus había decidido que ya era hora de que fuera él el único capaz de llevar regalos a los niños de todo el mundo y se había autoproclamado Supremo Regalador de la Navidad. Los países de su tradición le apoyaron desde el principio. Suecia, Noruega, Finlandia, Gran Bretaña, Canadá y parte de Estados Unidos. La guerra todavía no había llegado a Asia pero afortunadamente la población árabe y mediterránea había apoyado sin dudar a sus Tres Majestades. Al principio la guerra parecía del lado de los realistas pero una terrible ola polar, se hablaba ya de una nueva glaciación, estaba causando estragos en las mal acostumbradas tropas orientales. En Estados Unidos el rey Gaspar había aguantado el embate del Grinch y sus despiadadas tropas elfas y esquimales pero cayó en una emboscada en los Grandes Lagos y fue torturado y decapitado. Sus tropas, sin embargo, aguantaban firmes y seguían portando orgullosas el emblema de la Blanca Corona del caído monarca. A su frente estaba su fiel Paje Comandante, Lahmar.

Al sur del continente la situación estaba tranquila pero países como Belice, las Guayanas o Jamaica bloqueaban cargamentos de suministros hacia el norte, aludiendo que eran neutrales, y sus corsarios abordaban los barcos que cruzaban sus aguas, lo cual en los dos primeros no afectaba demasiado pero sí en esa isla que había que rodear.

Rusia y casi toda Asia aguardaban los resultados y no se posicionaban. Australia era santina pero no importaba, quedaba lejos de las bases de los realistas y tampoco Santa Claus parecía interesado. Quería hacerse con el hemisferio occidental donde habitaban los niños más ricos quienes mantenían funcionando sus gigantescas factorías del Polo Norte. Mientras tanto, el viejo rey Melchor coordinaba descorazonado a todas sus tropas desde su cuartel general de Belén. África tampoco se posicionaba aunque estaba sacando provecho y cobraba precio de oro las materias primas que necesitaban los realistas. Millones de muertos y medio planeta en ruinas eran los regalos de esa guerra.

Mientras tanto, Dios seguía sin aparecer.

 

-Mi señor, Baltasar espera.

-Hermano Baltasar, me alegra oírte, aunque no te he llamado para darte buenas noticias.

-Hermano Melchor, alteza, también me alegro de oír tu voz.

-Necesito que salgas inmediatamente de Damasco y lleves a todas las tropas disponibles a Estambul.

-¿Queréis que desproteja nuestra frontera norte? La voz del Rey de Ébano sonaba incrédula.

-Sí, Alabastro avanza hacia Ucrania y querrá tomar los estrechos del Bósforo y los Dardanelos, no lo podemos permitir.

-Así lo haré mi rey.

-Otra cosa ¿qué sabes de los luchadores negros de Sinter Klaas?

-Son esclavos, mi rey. Luchan por dinero y por temor a su jefe.

-Trata de infiltrar a alguno de tus hombres y que viaje a Holanda lo antes posible. No me fío de esa copia calvinista de Santa.

-Así se hará-. Hubo un momento de silencio. -Venceremos mi rey, ya lo verás.

-Eso espero, ten cuidado hermano, ya somos sólo dos, no quiero ser el último.

 

Tras la llamada, Melchor se puso a recordar. Hacía tan solo unos pocos años estarían volviendo los tres a casa montados en sus camellos, como habían hecho durante milenios, tras llevar felicidad a todos los niños del planeta, sin distinciones, como era su deber. Cómo habían hecho desde que una extraña estrella los guiase hacia un pesebre en esa pequeña aldea que ahora era su casa.

En ese momento entró un sirviente corriendo en la Sala de las Tres Coronas.

-¡Mi rey! ¡Una estrella sobre el cielo! ¡Un cometa se acerca en nuestra dirección!

Melchor suspiró.

Por fin, el Rey de Reyes volvía a casa.

 

Carral del Prado.