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Poemenos: Tarde de Primavera.


 

Ya ha caído la tarde perezosa.

Esta tarde de lluvia de primavera,

qué tiene esta nostalgia rosa

que me lleva flotando a su ribera.

Es una tarde más o una menos,

lenta humedad del morir de los días.

Fundidos en antiguos riscos morenos

de vidas pasadas pero no vacías.

Cae la colina hacia el sendero,

algodonado de versos de arena.

Tú, camino triste de gris febrero

besas distraído la pendiente; sin pena.

Agarra los últimos rayos de sol

con el alma, sí, y con el corazón.

En la memoria, un beso de alcohol,

que escuece en la tarde, sin razón.

 

Carral del Prado.

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Una vida normal. (I de II)


 

De pronto un día dejas de follar con tu novia. O Follas tan poco que casi ni cuenta; algún fin de semana, una noche de borrachera, el día de tu cumple. Te dedicas al curro, crees que eres bueno, que todavía tienes muchas oportunidades, que no vas a estar ahí toda la vida. Sales con tus colegas pero te empieza a dar pereza emborracharte toda la noche porque al día siguiente tienes una resaca del copón y tu piba te echa la peta. Haces planes de día, cuando no te joden el finde por trabajo, cuando no te toca ir a comer con los padres de ella o ir a comprar algo para vuestro piso de una sola habitación o ir a ver a tus padres que te reprochan todos los días lo poco que les visitas.

De pronto un día decides casarte porque es lo que toca y tus amigos lo están haciendo; total, no va a cambiar mucho la cosa. Misa, fiesta, viaje. Un par de polvos en el viaje, tres si cuentas el par de embestidas flotando en el mar. De pronto un día te das cuenta de que tienes dos hijos. Quieres ir al cumple de Paco, que celebra por todo lo alto sus cuarenta tacos soltero en un garito del centro y van también el cachondo de Luis y el Pollo al que hace la vida que no ves y Laura que te tenía ganas en su momento y todavía está bastante buena. Pero Pablito tiene mañana partido de fútbol en casa Dios. Consigues convencer a tu mujer de que vas un rato y vuelves rápido pero entre medias se te pone mala la enana que empieza a vomitar como si fuera la niña del exorcista. A las tres de la mañana sigues en urgencias y cuando vuelves ya no tiene sentido ir al cumpleaños porque va a estar todo el mundo borracho y tú no puedes beber. Eso sí, de llevar a Pablito al partido a las ocho y media de la mañana no te libras.

De pronto un día te levantas del váter y ves que hay sangre. No sabes si es de tu orina o de tu mierda. Vas al médico y te confirman lo peor. Empiezas con la quimio. Te dices que tienes fuerzas y que vas a poder con la maldita enfermedad pero aquello no funciona. Sin un pelo y demacrado te despides de tu familia en un cama de hospital mientras lloriquean en una mezcla de pena, asco y alivio por dejar de verte así. Una cama que mañana, cuando se hayan llevado tu repugnante cadáver, ya estará ocupada por otro desgraciado como tú. Al poco tiempo lo único que se oye decir de ti es “qué mala suerte, el pobre Juan”. Tu mujer, tu viuda, se ha vuelto a casar porque todavía es joven y tiene dos niños pequeños que, pasados unos años, quieren más a su padrastro porque su verdadero padre murió cuando eran muy pequeños y no se acuerdan.

Y de pronto un día eres un  nombre grabado en una lápida barata que no visita nadie, ni siquiera el día de difuntos porque ahora se celebra Halloween y lo de ir a los cementerios disfrazados pues como que no. Y al cabo del tiempo han muerto casi todos los que te conocieron. Para los que viven, y se acuerdan, eres el tío Juan, que tuvo mala suerte y murió joven pero era una buena persona. Y de pronto un día resulta que esa es la vida normal de todo el mundo, la que tú no querías llevar ni por asomo. Pero así es la vida.

 

Carral del Prado.

KALINKA!


Todos los grupos de amigos tienen sus rituales a la hora de salir y emborracharse. Desde alternar chupitos con copas como si fueran a recibir un premio, desnudarse en público, cantar las mismas canciones o comenzar todas las noches en el mismo bar donde no hace falta decirle al camarero la copa que van a pedir. Y de forma individual cada borracho también tiene sus propios e inconfundibles rituales. En mi caso concreto tengo una amplia diversidad de amigos con rituales casi místicos que amenizan, de forma inevitable, cada noche o día que nos juntamos. Tengo un amigo al que la borrachera le transforma sus ojos de humano en inquietantes ojos de felino, otro al que el alcohol trastorna su capacidad lingüística y hace que hable con acento murciano siendo de Madrid, otro que pierde la capacidad del habla y se dedica a empujarte con cara de mala uva cuando te acercas a él y unos cuantos a los que les provoca directamente un trastorno total y generalizado de su personalidad. Con cómicos y trágicos resultados a partes iguales. Pero entre ellos destaca mi querido amigo el Doctor que tiene la asombrosa capacidad de bailar el Kalinka.

Este, para aquellos marcianos que no lo conozcan, es un baile ruso asociado a la canción del mismo nombre escrita en 1860 por el compositor Iván Petróvich Lariónov, natural de la localidad de Perm, cercana a los montes Urales. Es una canción que desde que fue interpretada por primera vez como parte de una obra de teatro en la ciudad de Sarátov ha alcanzado gran fama y notoriedad en Rusia y la cantan y la bailan desde las pequeñas compañías de las aldeas de la estepa hasta los propios oficiales del coro de la Armada Rusa. Es una canción popular que habla de una baya de nieve -eso es lo que significa Kalinka-, una pequeña fruta a la que también denomina frambuesita. Se baila en cuclillas dando pequeños saltos mientras se estiran por completo las piernas y se abren y se cierran los brazos con un abanico de acrobacias dignas de Nadia Comaneci. Pues bien mi amigo el Doctor no se parece precisamente a una frambuesita. Está más fuerte que un DYC solo, sin hielo y a temperatura ambiente a las nueve de la mañana y pesa en torno a cien kilos. Y, aunque bebe como un marinero raso de la base de Severomorsk, no es ruso ni por asomo. Pero tiene la increíble agilidad y fuerza para, tras unas cuantas copas, de whisky y no de vodka, ponerse a bailar, rojo como un tomate del esfuerzo, mientras todos los colegas damos palmas y coreamos la tonada decimonónica entre exclamaciones de felicidad. Sólo el estribillo por supuesto. Aunque a todos nos trastorne el habla el alcohol no llegamos a hablar ruso aunque a altas horas de la madrugada pueda parecerlo. Cuando acaba, el Doctor se levanta bonachón y sonriente y es aclamado por todos mientras le acercamos una nueva copa llena hasta los topes. Es quizás uno de los rituales más queridos por la cuadrilla y de los que más tiempo ha permanecido inalterado entre nosotros pues lo lleva haciendo casi desde la adolescencia y algunos ya gastan treintaiún tacos.

En fin, sé que todo el mundo tiene sus rituales borrachiles y que quizás este no les haga tanta gracia pero yo tengo un amigo que baila de maravilla el Kalinka y encima borracho como un lémur. A ver quién es capaz de imitarlo.
Kalinka, kalinka, kalinka maya!

Carral del Prado.

El otro.


Otra vez se la había vuelto a jugar. Por si no era suficiente que fuera lunes y tuviera una resaca de mil demonios. El muy cabrón le había dejado la casa hecha una mierda, la tarjeta de crédito tiritando y se había terminado el ibuprofeno. Otro finde más. Mira que esta vez había escondido bien las llaves de su diminuto piso y había procurado no anunciar su plan hasta el último momento para que no apareciera. No quedaba una cerveza en la nevera. Había dos bolsas vacías del McDonald’s en el salón y el cenicero estaba lleno de colillas. Ni siquiera había tenido el detalle de abrir la ventana para que no apestara a tabacazo. Encima se había montado una recena con el poco pan que le quedaba y los restos de jamón de las navidades. Y el muy guarro se había puesto mostaza. Su mostaza picante francesa que cada bote costaba una pasta. Ahí la había dejado, en la encimera, con el cuchillo todavía metido dentro del tarro. Eso sí, los condones no los había ni mirado. Al principio pensó que era una buena noticia pero luego se dio cuenta de que era mucho peor. Me cago en la leche, en mi puta cama. Lo bueno es que no había encontrado el whisky de debajo del fregadero aunque tampoco quedaba hielo ni Coca Cola. Pero bien sabía que eso le hubiera importado poco. Mientras fijaba la mirada en el ordenador del curro e intentaba trabajar o simularlo saltó una alarma en su cabeza. El móvil. Lo cogió casi temblando para ver si al tarado se le había ocurrido escribirla o llamarla de madrugada. Afortunadamente no. Tendría que cambiar de nuevo el código de desbloqueo por si acaso y también el número de la tarjeta aunque ya tenía comprobado que no servía para nada porque el otro siempre los averiguaba. Le tocaba otra semana sin un duro sin que el muy notas diera señales de vida o se disculpase ni un mínimo. Ahora a hacer la compra y mirar hasta el último puñetero céntimo. Siempre aprovechaba para aparecer los primeros findes del mes cuando sabía que había pasta y plan. Lo primero que echaría a la cesta era cerveza por supuesto. Algo de embutido, más café y un tubo de pasta de dientes. Poco más porque tenía que contar con su cajetilla de Camel Blue diaria. Algún día dejaría de fumar y entonces sería rico. Dos semanas de miseria por delante. Dos semanas de beber birra, fumar y leer libros en casa. No podía ni plantearse un plan, por muy barato que fuera, de fin de semana. Aunque todavía era lunes. Igual al maldito pirado se le ocurre aparecer el viernes y me convence. O el jueves que ya sé cómo se las gasta. En fin, lo de siempre.

Carral del Prado.

Carta Profana.


Me permito escribir esta carta a mis reyes particulares ya que, con treinta palos y una incipiente alopecia, considero que es mejor liberar de trabajo a sus Majestades de Oriente y que se dediquen en exclusiva a los niños. Lo mejor que puedo decir llegado a Navidad de este año que ya ha pasado es que me he enamorado hasta las trancas y eso siempre es bueno. Y de nuevo, como especialista que soy en estas lides, lo he echado todo a perder por ser más intenso que un discurso de Pablo Iglesias. Pero fui una razonablemente buena versión de mí mismo, durante un tiempo tremendamente feliz y hasta me convencí de que quería sentar la cabeza. Afortunadamente eso ya se me ha pasado y también he superado la tristeza porque, aunque haya acabado en tragicomedia –yo pongo la tragedia, mis colegas y su ingenioso cachondeo con mi nuevo fracaso, la comedia- ha sido un gran viaje. A ella no sé si le parecerá lo mismo pero a estas alturas ya da igual. También he perseverado en mi trabajo con resignación y, a ratos, mucha ilusión. Los que trabajen como periodistas sabrán a qué me refiero. Pero qué coño, me da igual que esto se hunda. Sigue siendo el mejor oficio del mundo y la orquesta debe seguir tocando hasta el final. No solo voy a echarme flores, no en todo he sido bueno. Soy capaz de beberme ocho wiskis en la noche de un martes laborable para llegar con la voz jodida a la radio y gastarme casi todo mi escuálido sueldo en tabaco pero ambas cosas son inofensivas para los demás. No he dado un solo euro a ningún pobre pedigüeño que me he encontrado por la calle, ni siquiera en Navidad. Y eso que el centro de Sevilla está lleno de ellos. Si te enseñara mi cuenta corriente yo a ti, pienso cada vez que me piden. Y tampoco he dado ningún cigarro. Aunque eso lo hago desde que leí que Camarón llevaba siempre encima al menos cinco cajetillas y aun así le molestaba mucho que le pidieran. Tampoco he salvado a ningún gatito ni he ayudado a cruzar la calle a ninguna anciana. Pero he mantenido mi educación y he dicho siempre por favor y gracias y he abierto la puerta delante de mí a las mujeres, y eso que esto ahora está en entredicho, y me he bajado de la acera para dejar pasar a los mayores. Hecho este breve resumen me dirijo ya a mis propios reyes.

A mis viejos, los Reyes de Reyes, les pido que sigan igual. Que como me conocen mejor que nadie, a pesar de ser ya un mastuerzo que debería comportarse como un adulto independiente, me sigan tratando como a su hijo pequeño desastroso e impulsivo. Que sigan sin tenerme en cuenta las constantes y numerosas cagadas que cometo- entre ellos olvidos de fechas señaladas, faltas a reuniones ineludibles o peticiones de dinero cuando todavía no estamos ni a mitad de mes- y que no cierren el constante flujo de sabiduría, cultura y educación que me transmiten desde que nací. Sé que son dos pero en este caso servirán como unidad. Y de paso meto a mis cuatro hermanos aquí también. Que también tienen que aguantar al hermano periodista pobre. Esto es literatura de ficción así que todo vale. Para algo es un cuento. O algo así.

A mi colega Rafa, el misionero comboniano Rey de las Buenas Personas, que está perdido en algún lugar de Sudáfrica haciendo lo que más le gusta, le pido que no se olvide de mí aunque yo parezca que lo haga de él. Que me permita de vez en cuando salir de mis diminutas mierdas egoístas del primer mundo con sus charlas y su sencillo pero profundo conocimiento de la verdadera realidad para revelarme que mis quejas son como las de un niño caprichoso de seis años. Y de paso hablar de los últimos libros sobre África que nos hemos leído. De los artículos de Chema Caballero o de Pepe Naranjo, evocar de nuevo pasajes de Ébano o discutir sobre lo que intentaron y podrían haber conseguido en su momento Nyerere, Sankara o Lumumba. A cambio yo me reafirmo en mi promesa de ir a verle. Aunque para ahorrar y pagarme el billete tenga que dejar de fumar.

Por último a la Reina que me mandó al exilio, lo de que haya reinas también está muy de moda ahora, le pido que no deje de confiar en mí aunque ya no influya en nada. No hace falta volver a liarnos ni ponernos intensos, eso creo que ya ha quedado atrás para siempre. Pero que no se olvide de lo bueno y que me perdone si vuelvo a las andadas que dije que ya no iba a volver. De paso que extienda un par de perdones para el futuro por si acaso le vuelven a llegar historias que se supone que habían quedado en el pasado. Ya se sabe que la cabra tira al monte y si no hay monte se tira a lo que sea. Aunque no creo que ocurra, hasta para eso soy ya un treintañero. Este regalo tiene truco porque, como decía la canción, me va a perdonar porque ya no le importa.

Me despido agradeciendo de antemano vuestra comprensión y vuestros regalos. Intentaré hacer la compra antes de que lleguéis a casa para dejaros algún tentempié pero por si acaso os aviso ya de que ahora tengo en la nevera un poco de pan de molde seguramente con moho, una Mahou doble y una lata de atún. También hay café. Algo podremos hacer con eso. Ah y media botella de Ribera. No, espera, esa me la bebí ayer. Perdón.

Carral del Prado.