Archivo de la etiqueta: Periodistas muertos

Eternidad.


He visto marchitarse, decrépita, la piel que cubre mi cuerpo. La he contemplado cuarteada y quebradiza sobre mi esqueleto; seca y amarillenta como papel de periódico viejo.

He oído cloquear mis huesos, agitados por vientos ancianos en áridos páramos abandonados. Mis dientes carcomidos y delgados han sonreído sin labios a un sol errabundo, añorante de verter luz sobre otros mundos.

Las sarmentosas falanges de mis pies y manos se han desparramado entre ásperos guijarros de costas sedientas. Son una cicatriz en una tierra desesperada; sin latidos, harapienta.

Las vacías cuencas de mi calavera me han observado sin aliento, impávidas en su espera. No dicen nada, no hay respuesta en su ceguera.

Si he visto yo esto, tú, lector que verás o has visto los siglos pasar. Si he presenciado mi muerte pudrirse te pregunto ¿acaso no soy ya inmortal?

 

Carral del Prado.

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Café


Un mes duplicando la dosis de café había bastado para generar en mí una resistencia a la cafeína y convertir mis trece tazas diarias en otro vicio fútil que ni siquiera me mataba. Las taquicardias habían subido desde entonces, aunque también subió la ansiedad. Y la ansiedad me iba a mantener despierto al fin y al cabo, ¿para qué el café, entonces?

Había permanecido durante años divorciado de la cafeína. Demostraba no contribuir a mi concentración desde hace veinte años. Entonces, tomaba Red-Bull al volver de fiesta para competir como atleta, por supuesto, sin pasar por la cama. Aún era una joven promesa. Joven, porque tenía unos quince años y aunque mis hábitos fueran más propios de un yonki o de un suicida, seguía teniéndolos. Promesa, porque lo mejor en teoría estaba por llegar para mí y mi carrera. Aún no me habían expulsado del equipo por alcoholismo, y eso que argumentos les sobraron desde siempre.

De nuevo harto de la cafeína, estaba buscando un sustituto. O un complemento, más bien. Necesitaba más pulsaciones, ya que cambiado mi horario: empezaba el día a las cinco, dos horas más de día sin luz, libre de tentaciones, con los bares cerrados y delante de la libreta. Mi madre no se levantaría con suerte hasta las ocho, y los primeros pedidos en la tienda empezaban a llegar rigurosamente a partir de las nueve. Dos horas de escribir sin inspiración, pero con método, que es lo más importante, y si no pregúntale a Hemingway, otro borracho que al contrario que yo podía beber sin convertirse en un completo incapaz o un demente.

“Diario de un adicto” era mi título provisional, poco original, ya lo sé. Había escrito unas tres páginas en los primeros siete días. Lo rápido que corría y lo despacio que escribo. Pensaba contar mi vida en un libro, al menos inspirar una historia en mi vida, aunque la haría más interesante de alguna u otra forma. Una joven promesa en varias materias que termina de papelero de barrio y ocupándose de su madre enferma de Alzheimer no suena muy comercial. Por eso me quería centrar en mis adicciones, en las montañas rusas del éxito, que las subidas y sobre todo en las bajadas y en lo mucho que disfruto ese viaje.

El café era la última de esas adicciones, pero debía compartirme con la mentira, el sexo y la adicción a involucrarme en historias y vidas de los demás que no me conciernen y que suponen un desafío menos doloroso que la mía propia, además de un pasatiempo considerablemente reconfortante – aunque esto según qué vida y según qué historia, he de decir. Y con el alcohol, claro. El alcohol, que tuvo su momento y tendrá sus páginas, pocas como casi todos, en esta inevitable rutina de agarrar algo por los cuernos y vaciarlo hasta que no le quede nada, exprimirlo como un limón y después dejarlo partido en dos al borde de la carretera para que el sol reseque sus restos y transforme su materia.

Podía repetir a cualquiera de mis terapeutas del pasado, o decir que la vida había amenazado con aburrirme unas cuantas veces, y que mis adicciones eran la solución y no el problema. Que no fue el alcohol quien me alejó de mi madre en un principio, que fui yo, y de que su enfermedad se agudizó por mi culpa,  porque yo, el niño de sus ojos, su gran apuesta fallida, me ocupé de hacer siempre exactamente lo contrario.

No sé cómo, todavía, pero mi historia quedará plasmada en algún momento. Escribir puede convertirse en mi nueva adicción. El papel no me responde ni me deja una lección para el futuro, ni me pide calma ni me mete prisa, y eso que yo le maltrato todo el tiempo, y mira que hace poco que nos tratamos. Le abandono en temporadas largas y le busco cuando mi madre ya no me reconoce al otro lado del mostrador. Veremos si me reconoce hoy. Son las ocho, y tengo que prepararle el desayuno y ayudarle a vestirse antes de que entren los primeros pedidos. Y tengo que hacer café.

 

 Jaime Pérez-Seoane Z

Lo tengo que consultar, será breve.


Lo tengo que consultar, será breve. Dame un minuto y te vuelvo a llamar.

Fue lo último que escuché antes de volver a sentirme respirar como un caballo nervioso. Diecisiete años de lomo partido para la empresa, defendiendo sus colores ante todo y todos, como aquella vez en Ciudad de México, cuando un proveedor nos pedía un dinero que se le debía desde hacía dos años, y yo jurando por mi madre y por la Vírgen de Guadalupe que eso jamás de los jamases había sucedido en una compañía como la nuestra, una embotelladora líder, la primera en abrir una planta de reciclaje en las américas, incluso antes que ninguna de las gringas. Entonces no sabía que debíamos dinero a medio continente, que pagábamos tarde como norma general y que el director financiero se dedicaba a negociar las facturas con los recicladores, chicos y chicas que recorrían las calles sin seguro, algunos descalzos, de noche y a pie, por cuatro pesos como quien dice.

Pero no. Yo me batía por la firma como el más forofo, de un modo casi irracional, emocional sin duda. Me agarré al mito del reciclaje entonces, cuando yo mismo necesitaba cambiar de piel y caparazón y empezar de cero, y me sentí siempre en deuda con aquella empresa, mi madre y mi hermana, y después mi mujer, cuando me arrebató a la primera. Pero me había equivocado al tratar de sobornar al alcalde, ese tan popularmente corrupto que sólo te recibía si andabas con un maletín en la mano, en esa ciudad sureña de mierda donde queríamos invertir sólo para salir en la foto. Me había equivocado y ahora me enfrentaba a un despido probable, y a un proceso penal, quién sabe, y la bola de mi garganta se hacía tan grande que parecía me hubiera comido un jersey de lana, y ya pensaba en cómo me quitaría la vida cuando me encerraran, lo cual harán sin dificultad, porque la empresa se desligará de mí en el instante en que todo se confirme. Dirán que no soy nadie.  

El reloj de la pared marcaba las once y cincuenta y nueve de la noche. Apagué la luz del despacho de mi apartamento en Monterrey y escuché los gritos de los niños jugando al fútbol en el patio trasero del edificio. Reían libres de pecado, y corrían en tromba detrás de la pelota descuidando los espacios y las consecuencias, y sólo callaban para dejar sonar en mi cabeza las palabras del vicepresidente, “la cagaste, no sé si podremos ayudarte. Lo tengo que consultar”, y las risas del alcalde maldito que quería que hiciéramos una planta más grande que aquella que había construido la competencia en Singapur, pero esta sería con la mitad de presupuesto, sin contar que él se quedaba el diez por ciento, con la mitad de conocimiento, en la mitad de tiempo, y en medio de la puta nada.

Se cantó gol en el patio. Todos lo cantaban al unísono, aunque algunos lo hubieran recibido, qué remedio. Treinta segundos solo y seguía su caminar lento y silencioso la aguja fina del reloj de pared, ese que mi ex mujer quiso sí o sí, aunque fuera el más caro, y aunque no volviera a pisar ni una sola vez ese apartamento después del fin de semana en que lo inauguramos con los niños y fuimos a escalar, eso sí que eran buenos tiempos. Ojalá pudiéramos volver atrás, al menos una vez.

La luz de las farolas entraba por la ventana y rompía la oscuridad de mi despacho en líneas horizontales, y pude ver mi cara ante la botella de tequila, ya vacía como yo, vista para sentencia e inmóvil, expectante del lento andar del segundero, ya marcando las doce menos diez. En mi mesa, un periódico de hacía siete meses donde se mencionaba que el alcalde de los bemoles iba a ser investigado después de una década y media robando, todo porque no quiso darle el voto a su primo segundo en la carrera hacia el gobierno regional. Ya no leía prensa apenas, sólo me daba disgustos.

Puntual, el teléfono volvió a sonar.

 

Jaime Pérez-Seoane Z

Al décimo


– ¿Al décimo, ha dicho?

La voz ronca de Miguel (no dijo su nombre, aunque le pegaba Miguel) me llamó la atención. ¿Afición a la bebida o un trancazo? Quise creer la primera. Con su cojera indisimulada, parecía un superviviente de la movida madrileña. Seguro que antes de portero había sido músico, o miembro de una banda motera. Si aquello fuera Alabama en lugar de Carabanchel, hubiera dicho que también sirvió en Vietnam.

– Al décimo, sí señor. – Sonreí, insinuando que yo también fui un liante en otro tiempo no muy lejano.

La puerta no llegó a cerrarse. Un tacón dorado se interpuso en su camino. A él siguieron una pierna larga como un día de verano, y luego otra. La propietaria, una chica de ojos grandes, entró con su flequillo y sus prisas. Miguel se irguió como si lo de su pata chula fuera un cuento para otros. Se saludaron, y la voz de ella era dulce. La de él, ya sabéis como era, aunque esta vez carraspeó para fingirla más firme.

– ¿Usted también va al décimo? – dije yo, esperanzado con la compañía.

Dijo que no, sin decir nada. Sonrió, miró a Miguel (que su madre me perdone si le puso otro nombre) y pulsó el botón del segundo piso. Eso sí que es mala suerte: un edificio con veintidós pisos y se tiene que bajar en el segundo. Miguel le preguntó por su hermano. Ella respondió que ahí sigue, que luchando. Le imaginé de unos doce años, enfermo de leucemia, en una habitación azul, con los ojos grandes como su hermana, con un pijama de algodón y muy buenas maneras, enfrentando con dignidad un futuro oscuro, porque su padre, el militar que murió en Afganistán, les enseñó a sonreír en las peores circunstancias. Puede que su hermano solo estuviera luchando para sacarse la oposición a policía, o luchando en un ring porque era luchador, o quizá, probablemente, sólo estuviera luchando como todos, y que Carla hubiera comparado la vida con una lucha, que en el fondo es una comparación bastante habitual, y supongo que en Carabanchel lo es también.

A la despedida de Carla, ese nombre le puse a la del segundo, siguió un vacío emocional inesperado. Los segundos se hicieron eternos. El ascensor metálico – que olía a plástico, ¿cómo puede ser? – parecía un purgatorio donde el portero y yo estábamos destinados a compartir un interminable viaje. Pero nada dura para siempre, ni siquiera la idea de que en treinta y cuatro años no has hecho ni una sola cosa de la que estar orgulloso. Que si este ascensor se jode, y se va todo a la mierda, serás una buena persona más que no merecía irse tan pronto, amén de un saco de huesos hechos polvo y bañados en sangre.

Paramos en el noveno, y se fueron los fantasmas que llevaban siete pisos con nosotros. Entró, en su lugar, Don Eugenio. Así le saludó Miguel.

Don Eugenio debía rondar los ochenta, y aunque su cabeza estaba ya mayor (¿qué hacía si no cogiendo un ascensor de subida cuando seguramente quería bajar?) su piel parecía no sentir el paso de las décadas. Vestía una camiseta del Atleti, equipo que seguía sólo desde que su nieto hubiera sido fichado para formar parte del equipo benjamín. Él, un hombre de costumbres, de comer todos los domingos en el mismo restaurante, de viajar todos los veranos al mismo pueblo, el de su madre, y abonado del Rayo de toda la vida, había cambiado los colores por apoyar el futuro de Carlitos, aún cuando sospechaba, él, que llevaba viendo fútbol toda una vida, que no llegaría muy lejos.

– El décimo – dijo el portero, mientras me abría la puerta. – Buena tarde, joven.

– Igualmente, Miguel. – Dije sin pensar.

 

Jaime Pérez-Seoane Z

“Le admiro muchísimo señor Forges”.


Como periodista mindundi –el paso siguiente, costoso y soñado a ser becario, aunque ello no conlleve apenas avances- uno a veces tiene escasos pero fantásticos privilegios. No materiales, por supuesto; esos son para las grandes estrellas de los medios y sus directivos. Quizás el más destacado, o al menos el que yo más disfruto, es el compartir, en algunas afortunadas ocasiones, espacio y tiempo con personas a las que admiro. Puede ocurrir en una rueda de prensa, en un acto institucional, hasta en la cobertura de un suceso o en general en cualquier acción que conlleve un interés informativo. En uno de ellos tuve la suerte de coincidir con el genial dibujante –uso solo esta calificación para no alargarme- que hoy ha fallecido: Antonio Fraguas, Forges.

Ocurrió en septiembre de 2016 en la Asamblea de Madrid. Mi jefe me había enviado a cubrir el pleno; largas horas de discusión política que normalmente, casi cualquier día, pueden resumirse en un “y tú más” continuo. Lo que yo no sabía es que aquel día un grupo de artistas jubilados acudía a esa sesión para defender sus intereses, agrupados en la plataforma “Seguir Creando”. Esta organización de jubilatas creadores llegaba para protestar por la, entonces reciente, medida del gobierno de obligar a los artistas retirados a elegir entre cobrar su pensión o cobrar sus legítimos derechos de autor. Una absurda injusticia; comprensible por otro lado si nos atenemos al cariño con el que los diferentes gobiernos han tratado siempre a la cultura en este país. De hecho en aquella sesión fue aprobada una proposición no de ley para instar al gobierno a replantearse su postura. El Partido Popular votó en contra, Ciudadanos se abstuvo y sólo la apoyaron el PSOE y Podemos. Al principio, antes de entrar en la cámara, en lo que en la profesión se llama “pasilleo”, me parecieron un grupo de entrañables vejetes que estaban allí como meros espectadores. Pero cuál fue mi sorpresa al reconocer entre ellos una cabeza canosa con su barba a juego y pertrechada con unas inconfundibles gafas de ver.  Era el mismo Forges, el autor de las viñetas que, hasta hoy mismo, son lo primero que leo cada mañana en el diario El País junto a lo último de Jabois. Estaba acompañado de otros artistas conocidos como Manuel Rico, Javier Reverte o Pablo Guerrero. Pero mi admiración hizo que pasaran desapercibidos ante tamaña figura del Periodismo.

Tuve la suerte de ponerle mi micro delante para escuchar sus palabras. En su reivindicación no había odio ni tampoco connotaciones políticas de ningún lado; simplemente era un creador que quería seguir compaginando su carrera con su pensión ganada honradamente. Tras ello siguieron un buen rato por los pasillos del edificio antes de que comenzara el pleno. Mi educación y mi pudor a molestar a alguien con mis adulaciones, unidos al hecho de que estaba trabajando, me impidieron acercarme a él de forma personal. Hoy siento terriblemente el no haberme acercado a estrecharle la mano y haberle dicho simplemente: “Señor Fraguas, es un placer conocerle, le admiro muchísimo”. Perdí la ocasión aunque pude percibir desde muy cerca la ternura y la humanidad que desprendía aquel hombre genial. Me resulta curioso ver hoy a todos los políticos de uno y otro lado alabar su trabajo cuando seguro que les hubiera encantado cerrarle la boca hace tiempo y cuando, todavía a día de hoy, la labor de la plataforma de la que era miembro sigue vigente ya que el gobierno no ha derogado esa injustísima medida. También tiene guasa que justo hoy cientos de miles de jubilados hayan tomado las calles de media España, e incluso las puertas del Congreso, para exigir al gobierno un aumento de las pensiones acorde al coste de la vida. Además hoy también me he enterado de que una mis pasiones, probablemente mi comida favorita, el bocata, lleva su firma.

Lo dicho señor Forges, le admiro muchísimo. Me disculpe usted por robarle una de sus expresiones, con humilde y cariñosa admiración, para terminar este artículo: “Gensanta, no os olvidéis de Forges”.

Cervantes

Carral del Prado.