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“Le admiro muchísimo señor Forges”.


Como periodista mindundi –el paso siguiente, costoso y soñado a ser becario, aunque ello no conlleve apenas avances- uno a veces tiene escasos pero fantásticos privilegios. No materiales, por supuesto; esos son para las grandes estrellas de los medios y sus directivos. Quizás el más destacado, o al menos el que yo más disfruto, es el compartir, en algunas afortunadas ocasiones, espacio y tiempo con personas a las que admiro. Puede ocurrir en una rueda de prensa, en un acto institucional, hasta en la cobertura de un suceso o en general en cualquier acción que conlleve un interés informativo. En uno de ellos tuve la suerte de coincidir con el genial dibujante –uso solo esta calificación para no alargarme- que hoy ha fallecido: Antonio Fraguas, Forges.

Ocurrió en septiembre de 2016 en la Asamblea de Madrid. Mi jefe me había enviado a cubrir el pleno; largas horas de discusión política que normalmente, casi cualquier día, pueden resumirse en un “y tú más” continuo. Lo que yo no sabía es que aquel día un grupo de artistas jubilados acudía a esa sesión para defender sus intereses, agrupados en la plataforma “Seguir Creando”. Esta organización de jubilatas creadores llegaba para protestar por la, entonces reciente, medida del gobierno de obligar a los artistas retirados a elegir entre cobrar su pensión o cobrar sus legítimos derechos de autor. Una absurda injusticia; comprensible por otro lado si nos atenemos al cariño con el que los diferentes gobiernos han tratado siempre a la cultura en este país. De hecho en aquella sesión fue aprobada una proposición no de ley para instar al gobierno a replantearse su postura. El Partido Popular votó en contra, Ciudadanos se abstuvo y sólo la apoyaron el PSOE y Podemos. Al principio, antes de entrar en la cámara, en lo que en la profesión se llama “pasilleo”, me parecieron un grupo de entrañables vejetes que estaban allí como meros espectadores. Pero cuál fue mi sorpresa al reconocer entre ellos una cabeza canosa con su barba a juego y pertrechada con unas inconfundibles gafas de ver.  Era el mismo Forges, el autor de las viñetas que, hasta hoy mismo, son lo primero que leo cada mañana en el diario El País junto a lo último de Jabois. Estaba acompañado de otros artistas conocidos como Manuel Rico, Javier Reverte o Pablo Guerrero. Pero mi admiración hizo que pasaran desapercibidos ante tamaña figura del Periodismo.

Tuve la suerte de ponerle mi micro delante para escuchar sus palabras. En su reivindicación no había odio ni tampoco connotaciones políticas de ningún lado; simplemente era un creador que quería seguir compaginando su carrera con su pensión ganada honradamente. Tras ello siguieron un buen rato por los pasillos del edificio antes de que comenzara el pleno. Mi educación y mi pudor a molestar a alguien con mis adulaciones, unidos al hecho de que estaba trabajando, me impidieron acercarme a él de forma personal. Hoy siento terriblemente el no haberme acercado a estrecharle la mano y haberle dicho simplemente: “Señor Fraguas, es un placer conocerle, le admiro muchísimo”. Perdí la ocasión aunque pude percibir desde muy cerca la ternura y la humanidad que desprendía aquel hombre genial. Me resulta curioso ver hoy a todos los políticos de uno y otro lado alabar su trabajo cuando seguro que les hubiera encantado cerrarle la boca hace tiempo y cuando, todavía a día de hoy, la labor de la plataforma de la que era miembro sigue vigente ya que el gobierno no ha derogado esa injustísima medida. También tiene guasa que justo hoy cientos de miles de jubilados hayan tomado las calles de media España, e incluso las puertas del Congreso, para exigir al gobierno un aumento de las pensiones acorde al coste de la vida. Además hoy también me he enterado de que una mis pasiones, probablemente mi comida favorita, el bocata, lleva su firma.

Lo dicho señor Forges, le admiro muchísimo. Me disculpe usted por robarle una de sus expresiones, con humilde y cariñosa admiración, para terminar este artículo: “Gensanta, no os olvidéis de Forges”.

Cervantes

Carral del Prado.

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Seguridades vs Certezas: Saliendo de la zona de confort.


Recientemente he estado leyendo las peripecias de Hunter S. Thompson, controvertido autor entre otros de Fear and Loathing in Las Vegas y The Rum Diary – ambos seguramente más conocidos por sus adaptaciones al cine que por las obras originales -. Aprovecho para agradecer enormemente a quienes me regalaron su colección de cartas*: Una especie de biblia del periodismo gonzo, una derivación del reportaje subjetiva y literaria que este tipo inventó por pura casualidad vital.

En sus primeros años como periodista (primero como redactor de deportes del periódico de la armada estadounidense y después de otros medios de los que era despedido metódicamente por sociópata) Thompson incluía incesantemente entre sus preocupaciones el proceso de estandarización de la sociedad y el acomodamiento de esta bajo ciertos parámetros que el engloba bajo el término “seguridad”. A la edad de diecisiete, Hunter escribió un texto que después sería publicado en The Spectator. En ella definía al “hombre seguro” en los siguientes términos: “En general es un hombre que ha arrinconado las ambiciones y las iniciativas para instalarse en una rutina aburrida pero segura y cómoda.” Prosigue, “su futuro no es más que una prolongación de su presente y lo acepta como tal como un complacido encogimiento de hombros (…)”. Thompson se pregunta si este tipo de hombre se siente orgulloso de lo que es. “¿Qué piensa cuándo ve sus sueños juveniles de aventuras, conquistas, viajes y heroísmos sepultados bajo el manto del conformismo? (…) ¿Qué ha hecho, aparte de sentarse a esperar un porvenir que nunca llega?”. El joven rebelde termina lanzando un dilema al aire. “¿Quién es más feliz , el que se ha enfrentado a la tormenta de la vida y ha vivido o el que se ha quedado en la seguridad de la orilla y se ha limitado a existir?”

Thompson desenterraba esta cuestión vital de donde fuera que estaba escondida en un tiempo y lugar en que la estandarización cobraba enorme fuerza (USA, 1955). Su descripción del “hombre seguro”, bastante acertada aunque un tanto radical, invitaba en ese tiempo y aún invita a que nos preguntemos, ¿Estaré navegando la tormenta de la vida o me he estancado en alguna orilla?

Para empezar, no me pareció en absoluto fácil aceptar la definición de “hombre seguro” de Thompson. Ni siquiera alguien que esquivara por costumbre los estándares sociales se libra tan fácilmente de verse incluido en ella (y pienso en mi el primero cuando digo esto). Comprar una casa, tener un trabajo estable y un historial crediticio, casarse, pagar un coche a cuotas… Son asuntos que Thompson seguramente consideraba de “hombre seguro”. Pero, ¿Son sólo asuntos de un hombre seguro? Me parecía demasiado arriesgado responder invariablemente si. ¿No puedo querer comprar un apartamento sin estancarme en mi zona de confort? ¿Existe alguna relación entre estar de acuerdo con el sistema que gobierna el mundo y… casarse? ¿La idea de ganar dinero está necesariamente confrontada al objetivo de trascender? Resolví que no, al menos no siempre.

En paralelo al concepto de seguridad transita el de certeza. Las certezas son conocimientos de cosas verdaderas, y por definición son escasas.
En mi opinión, las certezas más difíciles de obtener son las que responden a la pregunta ¿Qué quiero de la vida? La respuesta cómoda puede encontrarse en las seguridades que desprecia Thompson. Por definición, la respuesta difícil es la que camina por fuera de esas fronteras, por fuera de la zona de confort. El propio escritor, en una carta que le escribe a una vieja amiga (1959), enuncia lo que quiere de la vida.

“Quiero ser capaz de valerme por mi mismo (y, a menos que se produzca una catástrofe, de mantener a mi familia) como escritor. Quiero una casa en cualquier lugar de las Antillas, en lo alto de un acantilado que dé al mar Caribe. Quiero dinero suficiente para tener buen whisky y buena comida. Quiero estar enamorado de mi mujer y quiero que ella lo esté de mi. Eso es todo; no es mucho, pero creo que las cosas que quiero son importantes.”

Después de leer esta carta entendí mejor a Thompson. Sólo quería dibujarse fuera del mapa de lo estandarizado. Buscaba lo mismo que los demás, pero no pretendía hacer concesiones. Quería triunfar practicando su vocación, quería amar y ser amado y quería vivir en paz. Y estaba dispuesto a emigrar de su zona de confort para lograrlo.

*El escritor Gonzo: Cartas de aprendizaje y madurez.

Jaime Pérez-Seoane de Zunzunegui

Un sólo mundo, ¿Voces múltiples?


En 1980, Sean MacBride, Mc Luhanel, Gabriel García Márquez y otros autores de renombre publicaron “Un solo mundo, voces múltiples”, un manifiesto que abogaba por una comunicación participativa, democrática, basada en la cooperación y conductora a un “nuevo orden internacional”.

Un orden democrático, al que hacían referencia con palabras magnas como diversidad, elección, responsabilidad, desarrollo. Independencia.

¡Cuantas bellas palabras juntas!

Han pasado más de treinta años, y este texto bien podía haberse publicado esta misma mañana. Con el tiempo ha ganado en vigencia, si cabe, como si el mercantilismo que subyuga a los medios de comunicación hubiese sido presagiado por este grupo de comunicadores, de los pocos que no han vendido sus ideales frente al poder del dinero. Que tampoco suene radical; No nací ayer y sé bien como funciona el mundo. Y funciona de forma errónea, en muchos aspectos. La comunicación no se emplea para educar y desarrollar; La prensa acostumbra a ser más global que local, y atiende normalmente a banalidades frente a verdaderos conflictos que necesitan ser desentrañados y comprendidos para superarse. La información es en muchas ocasiones homogénea y comercial. Y los periodistas pecan en incontables ocasiones de irresponsables. Ahora por ejemplo; Una (terrible, por cierto) catástrofe natural-nuclear en Japón y una guerra atroz en Libia son motivo suficiente para llenar las páginas de cientos de periódicos.

Pero

No ahora, sino desde que las agencias de comunicación se repartiesen el mundo hace dos siglos, se esconde más de lo que se publica. Y el dinero casi siempre anda detrás. En recónditos lugares sin petróleo ni poder atómico, ni Cristiano Ronaldo, no suele haber mucho que contar.

Pero no está todo perdido. El fenómeno de la “triple W” ha abierto puertas y ventanas, y difuminado el horizonte de la comunicación. El todo vale de la red es peligroso, no seamos ingenuos: La globalización y lo local conviven (lo cual está muy bien), pero en esta vecindad, en este mundo “glocal”, hay un montón de fuentes tóxicas, de falsedades y engaños. La participación ha dejado de ser una “recomendación” para ser una realidad; Pero de nuevo nos topamos con elementos que deberían estar fuera del circuito. El periodismo, al fin y al cabo, es una profesión genuina y que necesita cortar con el intrusismo que poco a poco la está matando.

No quiero decir que alguien deba estudiar una en muchos aspectos inútil carrera, sino que debe cumplir con las exigencias éticas y los deberes de responsabilidad, sinceridad y equidistancia. El sujeto que cuenta algo, lo ha de contar como lo ve, ni más ni menos. Con Internet se acabó la censura, y han nacido fenómenos encomiables como Wikileaks. Muchos periódicos de renombre mundial han resurgido de las cenizas. The New York Times, The Guardian, Le Monde o el propio El País (al menos casi siempre) han tomado el periodismo de verdad como estrategia. Existen motivos para darle una palmadita en la espalda a los autores de “un solo mundo, voces múltiples”. Digamos que al menos parte de lo que pedían, se cumple. Y parte de lo que temían, también.

J S