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Un palo y un sombrero


La mañana del séptimo día empezó parecida a las dos anteriores: el mar estaba en calma, el cielo despejado, el horizonte vacío y la tierra en ninguna parte. Sobre el bote, Jesús yacía, su cuerpo desnudo a excepción de un calzón acartonado por las lluvias, ahora seco y recalentado bajo la luz del alba. Las ronchas se multiplicaban en su cuerpo, inclementes, haciendo de su piel la península volcánica de un mundo apocalíptico. Su cara, intacta, si obviamos la deshidratación propia de cuatro días y cuatro noches sin probar agua dulce.

Si no fuera por aquel sombrero de paja, habría muerto ya, pensaba cuando la brisa del Mediterráneo le golpeaba en los muslos y despertaba sus neuronas famélicas. El sombrero había evitado que su frente se quemara en las últimas setenta y dos horas, las de un sol inclemente y asesino. El sombrero, y, bueno, el palo también, por supuesto. Medio palo, para ser exactos, medio desde el segundo día, cuando sirvió de lanza contra un grupo de escualos correosos. Panda de cabrones, volved con más amiguitos si queréis comer marinero murciano. El palo era también remo, y ya era de día, y un buen día para llegar a tierra. Así que tocaba remar de nuevo.  

Oculto bajo el enorme sombrero de paja, ¿de quién había sido y por qué estaba en ese bote abandonado a su suerte?, Jesús remaba rumbo al sur, aprovechando la corriente, confiando en divisar tierra pronto. La del norte de Argelia, o la de Túnez incluso, quién sabe cuán adentro le había llevado el mar en esos días. En sus delirios de moribundo hambriento, deshidratado, movido únicamente por la innata necesidad de sobrevivir, se pensaba partiéndole aquel palo en la cabeza al capitán de su barco pesquero, el mismo que se saltó todas las normas de seguridad y se adentró en el estrecho en aquel día de temporal absurdo, de cambio climático en auge, que partió en dos la embarcación. Pero no había más capitán, seguro que no: había servido de desayuno a las bestias marinas y dejado a Jesús a su suerte, agarrado a un bote con un palo y un sombrero de paja.  

Era el séptimo día y el palo se batía con la ayuda de Jesús, animado por el viento que venía del norte, ese que dibujaba ovejitas sobre las olas. Un banco de peces multitudinario de esos que soñaban con encontrar cualquier día de pesca se acercaba al bote en dirección opuesta a su remada. Lo supo Jesús porque ningún ejército de gaviotas se aleja tanto de la costa si no es para andar detrás de su menú del día. El cielo se inundaba de aves a medida que el bote se acercaba a los peces, y el marino rema que rema con el palo, y sólo paraba de batir las aguas para sujetarse el sombrero. Bajo el sombrero, sus neuronas hambrientas habían concebido un plan.

Con la llegada de los peces se revolvió el mar, y con la de las aves, llegó la tormenta. Comenzó una orgía animal de peces y pájaros bajo un torrente de agua dulce y Jesús dejó la remada queriendo unirse a la fiesta. Alzando el palo, abatió a una gaviota despistada que pasó de cazador a presa en, bueno, en lo que dura un golpe de palo. Con el violento gesto, el sombrero voló, y Jesús no lo echó de menos, ¡ni tiempo que tuvo!, ocupado en rematar a la gaviota que se comería cruda, una vez desplumada, eso sí, cuando no pudiera beber ni una gota más de ese agua de manantial divino. Ni en Murcia llueve así, pensó con humor el náufrago, el palo ensangrentado en una mano, la gaviota lánguida en la otra.

 Jaime Pérez-Seoane Z 

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