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El Renault Twingo.


Hace poco una chica muy morena para no ser andaluza, rocanrolera y con un acento que sube y baja como mi estado de ánimo los lunes de resaca me ha traído a la memoria la imagen del coche que da título a este artículo. Por supuesto el recuerdo llegó entre copas de ginebra y humo de tabaco, mucho tabaco, como llegan casi todas las cosas importantes de la vida. Puede sustituirse la ginebra por el whisky. El Twingo, el primero, era el coche metáfora de los noventa. Los largos y felices noventa. Aunque pueda ser un coche feo de cojones sintetizaba la felicidad y el libre albedrío estético que reinó, al menos en la parte del mundo en la que me tocó vivir mi infancia, durante aquellos años. Era pequeño, barato y representaba en aquella época la modernidad que nos esperaba al final de la década. Recuerdo que unos vecinos míos tenían uno rojo con el que su madre nos llevaba al colegio. Era un coche destinado a las masas. Su interior estaba hecho para poder sentarse y estar medianamente cómodo siempre que el recorrido no fuera muy largo. Nunca he hecho un viaje de cientos de kilómetros con este coche, como aquellos que presumen de haberlo hecho con un Seat 600 o con un Escarabajo, de hecho ni siquiera he conducido uno, pero tampoco me llama la idea por muy romántica que sea. Seguro que es jodidamente incómodo. Sin embargo ese coche guarda la esencia de esos tiempos en los que todavía se podía llamar negro al moreno de tu grupo de amigos, en los que los profesores del colegio te pegaban un bofetón cuando te ponías muy tocapelotas y cuando se lo contabas a tus padres te decían que seguro que te lo tenías merecido, en los que Adolfo de Farmacia de Guardia era un simple granuja golferas pero con buen corazón y no un machirulo, casposo y rancio como sería ahora y en los que las putas estaban más humanizadas que ahora; en los que todavía podías observar los sábados y domingos por la mañana aquellos evocadores paisajes de la Ciudad Universitaria, Tribu o el parque de al lado del colegio llenos de bolsas de plástico, botellas de alcohol vacías y vasos de mini tirados por el suelo porque era legal beber en la calle; cuando el Periodismo brillaba entre la miseria humana de los Balcanes o Ruanda y cuando dos tipos, el uno un borracho y el otro un putero, gobernaban entre risas y visitas mutuas los dos países más poderosos de la Tierra. Alguien puede venir ahora con lo de que me he enredado en que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero joder, lo era. Los peces gordos que vinieron después lo hicieron peor. En sus respectivos currículos estaba escrita demasiadas veces la palabra ex. Ex drogadicto, ex agente, ex colaborador. Y nos llevaron a la mierda. Aunque ya existían, llegaron barbudos abstemios con ganas de joder a todo el mundo, confirmando que no hay que fiarse de las personas que no beben, o gurús morales que descubrieron por arte de magia que toda la comida es veneno. Nos hemos cargado los polos y con ellos a los osos polares que ahora parecen yonkis buscando la siguiente dosis de caballo y encima nuestros niños son gordos, maleducados e ignorantes. En fin, escribir un artículo a base de un coche feo no parece gran cosa pero el Twingo hace que eche de menos una de esas tardes de vuelta a casa del colegio comiendo un bocadillo de chorizo de Pamplona con pan blanco en el diminuto e incómodo asiento de detrás mientras la madre de mi amigo se fumaba un Ducados al volante. Quizás es una basura de artículo. Pero, como dice Juan Tallón, para escribir tienes que poner todas tus basuras encima de la mesa. Esta es una de ellas.

 

Carral del Prado.

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¡Ha llegado!


Da el viento el aviso con el reseco silbido de sus labios cortados. Inquieto el polvo se refugia entre las crepitantes ramas secas. Se despereza la higuera y se estiran sus hojas en la cosquilleante percusión de incontables baquetas que las usan,  con permiso,  de tambor.

Un susurro húmedo envuelve a la luz que somnolienta descansa un rato sobre oscuros algodones. Vuelve la libélula con su volar juguetón. Se esconde el cernícalo en el risco y la golondrina bajo el balcón.

Las manos entrelazadas de los enamorados acortan su distancia y ahora buscan consuelo, destempladas, en cinturas y en hombros ya tapados.

El río incrédulo recibe la llegada abriendo y cerrando los ojos con cada una de las visitas que ahora parecen infinitas. Escuálido durante meses,  ahora sin mesura y sin control,  besa lujurioso a la ribera de la que en verano sin fuerzas se despidió.

La soledad se sienta en las terrazas mojadas y, en los salones, sonríe crujiente la chimenea mientras observa al cálido sofá bajo pesadas mantas olvidadas que cubren a unos pies zalameros que se toquetean.

Hace profundo al albero, oscuro al granito, feliz al viñedo. Ha llegado. Y con ella el otoño y los bosques sedientos que pronto serán colorados.

Carral del Prado.

Poemenos Prohibidos: Mortal Inmortalidad.


Como la tormenta de verano, anhelada su agua por el páramo, que en vez de regalo es maldición. Demasiado intensa ha llegado. Entre rayos y truenos y vientos huracanados, lo que debía ser vida es muerte y mutilación. Arrasa el tierno brote del sembrado.

Es una primavera precoz. Confundido el almendro por el tibio calor del sol de invierno despierta a sus flores que se deshojan, frágiles y sorprendidas, amortajadas con la última nieve de la nevada tardía.

Pero es la lavanda una flor inmortal pues incluso muerta y seca mantiene su olor. Fresco perfume que cuenta, aunque ya ida y marchita, su preciosa existencia.

Derrotado y ahogado, como el último oso polar en el infinito de un mar descongelado, sin esperanza todavía nada. Y mientras se hunde en la profundidad del océano, níveo en la oscuridad, sigue pensando en la blanca salvación del hielo inmaculado.

Sin pedir permiso ni perdón, sin guardar un ápice de rencor. En la soledad de un mar que acoge su cuerpo muerto que no para de nadar.

 

Carral del Prado.

La Guerra de los Regalos.


6 de enero de 2217, trigésimo tercer año de la Guerra de los Regalos.

Ciudad de Lyon, Francia, Cuartel General del Frente Europeo.

 

A su Triple Alteza Oriental y General en Jefe de las fuerzas realistas:

 

Mi señor Melchor, las fuerzas de Santa Claus ya han establecido una cabeza de puente en Europa continental, Dinamarca ha caído. Os escribo estas letras antes de partir para el norte de Alemania y frenar el avance de los santinos hacia occidente. Llevo conmigo cinco legiones de guerreros beduinos, aunque este frío está causando estragos y andamos escasos de suministros y munición. Se nos han unido fuerzas francesas y españolas y en Alemania espero encontrarme con al menos otras dos legiones de guerreros alemanes. Me preocupa Holanda donde Sinter Klaas, a pesar de su aparente neutralidad, está acumulando luchadores negros en una cantidad cada vez mayor.

Desde Dinamarca los santinos han avanzado mucho en dirección sureste. Nuestros ejércitos destacados en los Balcanes corren hacia Ucrania. Creemos que su intención es tomar Odessa y establecer un puerto en el Mar Negro que les permita acceder al Mediterráneo a través de los estrechos turcos.

Los comanda Alabastro al frente de varios regimientos de elfos y al menos una escuadra de trineos voladores. Si llegan a establecerse en el puerto, se acercarán peligrosamente a Tierra Santa y a nuestra base de Belén.

En la península Ibérica la situación es estable y el norte está protegido por el Olentzero y sus luchadores montañeses.

Es todo lo que puedo contaros por el momento.

 

Abu, Paje Comandante de las Fuerzas de Europa.

 

-Maldito gordo hereje-. Ponme inmediatamente con Baltasar. Melchor estrujaba el parte de su más fiel paje entre sus viejas manos.

-Sí mi señor-. Abdel, mayordomo real, hizo señas a los sirvientes para que organizaran la llamada.

-¿Cómo hemos llegado a esto Abdel? Definitivamente Santa Claus ha perdido la cabeza. Si Gaspar siguiera con nosotros…

-Mi señor, sus tropas siguen adelante con sus planes y aguantan en Norteamérica.

-Canadá ya está en manos del enemigo y además es el Grinch quien las comanda, ese despiadado malnacido. Sólo espero que el Paje Comandante Lahmar aguante.

 

Habían pasado más de tres décadas desde que una tormenta de nieve y fuego bajara del norte del planeta y llevara a todo el hemisferio a una guerra sin cuartel. Santa Claus había decidido que ya era hora de que fuera él el único capaz de llevar regalos a los niños de todo el mundo y se había autoproclamado Supremo Regalador de la Navidad. Los países de su tradición le apoyaron desde el principio. Suecia, Noruega, Finlandia, Gran Bretaña, Canadá y parte de Estados Unidos. La guerra todavía no había llegado a Asia pero afortunadamente la población árabe y mediterránea había apoyado sin dudar a sus Tres Majestades. Al principio la guerra parecía del lado de los realistas pero una terrible ola polar, se hablaba ya de una nueva glaciación, estaba causando estragos en las mal acostumbradas tropas orientales. En Estados Unidos el rey Gaspar había aguantado el embate del Grinch y sus despiadadas tropas elfas y esquimales pero cayó en una emboscada en los Grandes Lagos y fue torturado y decapitado. Sus tropas, sin embargo, aguantaban firmes y seguían portando orgullosas el emblema de la Blanca Corona del caído monarca. A su frente estaba su fiel Paje Comandante, Lahmar.

Al sur del continente la situación estaba tranquila pero países como Belice, las Guayanas o Jamaica bloqueaban cargamentos de suministros hacia el norte, aludiendo que eran neutrales, y sus corsarios abordaban los barcos que cruzaban sus aguas, lo cual en los dos primeros no afectaba demasiado pero sí en esa isla que había que rodear.

Rusia y casi toda Asia aguardaban los resultados y no se posicionaban. Australia era santina pero no importaba, quedaba lejos de las bases de los realistas y tampoco Santa Claus parecía interesado. Quería hacerse con el hemisferio occidental donde habitaban los niños más ricos quienes mantenían funcionando sus gigantescas factorías del Polo Norte. Mientras tanto, el viejo rey Melchor coordinaba descorazonado a todas sus tropas desde su cuartel general de Belén. África tampoco se posicionaba aunque estaba sacando provecho y cobraba precio de oro las materias primas que necesitaban los realistas. Millones de muertos y medio planeta en ruinas eran los regalos de esa guerra.

Mientras tanto, Dios seguía sin aparecer.

 

-Mi señor, Baltasar espera.

-Hermano Baltasar, me alegra oírte, aunque no te he llamado para darte buenas noticias.

-Hermano Melchor, alteza, también me alegro de oír tu voz.

-Necesito que salgas inmediatamente de Damasco y lleves a todas las tropas disponibles a Estambul.

-¿Queréis que desproteja nuestra frontera norte? La voz del Rey de Ébano sonaba incrédula.

-Sí, Alabastro avanza hacia Ucrania y querrá tomar los estrechos del Bósforo y los Dardanelos, no lo podemos permitir.

-Así lo haré mi rey.

-Otra cosa ¿qué sabes de los luchadores negros de Sinter Klaas?

-Son esclavos, mi rey. Luchan por dinero y por temor a su jefe.

-Trata de infiltrar a alguno de tus hombres y que viaje a Holanda lo antes posible. No me fío de esa copia calvinista de Santa.

-Así se hará-. Hubo un momento de silencio. -Venceremos mi rey, ya lo verás.

-Eso espero, ten cuidado hermano, ya somos sólo dos, no quiero ser el último.

 

Tras la llamada, Melchor se puso a recordar. Hacía tan solo unos pocos años estarían volviendo los tres a casa montados en sus camellos, como habían hecho durante milenios, tras llevar felicidad a todos los niños del planeta, sin distinciones, como era su deber. Cómo habían hecho desde que una extraña estrella los guiase hacia un pesebre en esa pequeña aldea que ahora era su casa.

En ese momento entró un sirviente corriendo en la Sala de las Tres Coronas.

-¡Mi rey! ¡Una estrella sobre el cielo! ¡Un cometa se acerca en nuestra dirección!

Melchor suspiró.

Por fin, el Rey de Reyes volvía a casa.

 

Carral del Prado.

 

 

 

 

La viejecita.


Una anciana achacosa camina despacio, a pasitos cortos y temblorosos apoyada sobre un viejo bastón con pie de goma. Va a cruzar un paso de cebra de la Castellana en plena hora punta y con el semáforo en ámbar. Lleva en su mano izquierda una bolsa de la compra con pan, algunos yogures y unas verduras mustias que asoman por fuera. Los motores de los coches piafan inquietos ante la inminencia de la luz verde bajo el cielo plomizo y contaminado de Madrid. El nerviosismo de los conductores no para de crecer ante lo que para ellos es un claro estorbo. Los autobuses de línea, leviatanes urbanos, pisan ya las rayas blancas. Sin embargo la viejecita de pelo blanco y pies cansados no acelera el paso ni levanta la cabeza del camino.

No tiene prisa ni los cacharros que la rodean consiguen intimidarla. Su meta es llegar al otro lado. Hacer un caldito en casa con sus verduras, tomarse un yogur en la soledad de su ajado piso frío, que la calefacción es muy cara, y disfrutar de la calma que le han dejado los años de alegrías y tristezas. La ebullición de la olla y el cálido aroma del puerro, la zanahoria y la cebolla flotando junto al perejil. Las voces, casi familia ya, de la radio permanentemente encendida. Los pequeños placeres de una persona que ya vive en el tiempo añadido de una prórroga cuyo árbitro no se decide a pitar el final todavía. Sí, así de frágil es la vida, pensaba Alvar mientras caminaba tranquilo tras la mujer, sin hacer caso de los pitos de los coches que mostraban mayor enfado hacia él por ser joven y tener energía suficiente para ir más deprisa. Un camino rodeado de peligros en el que lo único que te salva es la serenidad que te otorga la experiencia. Aunque esto que nos pasa es un maldito caos sin ningún sentido, por mucho que cada cual crea encontrarlo, afirmaba para sí mismo.

La pareja, los hijos, el trabajo…La gente de su alrededor parecía olvidar que todo aquello también tenía un desesperado final y cuanto más cariño y esfuerzo pusieras en ello más dura sería la despedida, el final, la ruptura. La muerte y la decepción. Claro que él era joven y estaba lejos de experimentar la paz de la anciana. No, él no llegaría a esa edad ni tampoco disfrutaría de ese final ni tenía ganas de verse complicado en la búsqueda de ningún fin para su paso por este planeta. Pero quizás ese día se anticipase y, al llegar a casa, pondría a cocer unas verduras y se quedaría en la cocina viendo bailar a las verduras en el agua mientras dejaba que su aroma le envolviera.

Carral del Prado.