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“¿Quién es? ¿Chano?”


La cabeza asoma brevemente por la puerta y pregunta. “¿Quién es? ¿Chano?” Sí, Chano. Y continúa su camino. Inconfundible Chano Lobato con sus tanguillos. Cómo quieres que te abra la puerta de mi bohío si tengo a mi mulata dentro… La cabeza es de mi padre, maestro flamencólogo, sabio del cante, enamorado del duende. Es una música complicada de escuchar, cierto. Y lo sé mejor que nadie. Durante años y años lo escuché junto a mis hermanos en interminables viajes de carretera completamente impermeable a sus efectos. El Pali, El Beni, El Cabrero, Los Amigos de Gines; el cachondeo que suscitaban entre toda la familia los nombres de los cantaores y grupos es ya un mito.

Esos viajes de entonces en los que íbamos siete en el coche, más mi perra, y comíamos bocatas que repartía mi madre desde el asiento del copiloto y las únicas paradas eran para poner gasolina y echar un pis rápido. Sevilla de mis entrañas, población incomparable… Me costó lo suyo aprender a disfrutarlo. Los inicios tienen que ser suaves, por supuesto. Como alguien quiera acercarse al flamenco y comience por escuchar unas seguiriyas del Lebrijano va listo, y eso que son una auténtica maravilla pero es demasiada pureza para iniciarse. Hay que empezar más ligero. Por cierto que esa es la palabra que utiliza mi padre cuando para él un cantaor no llega: “Es bueno pero es de cante ligero”, pronúnciese esa ge casi como si fuera hache.

Efectivamente la aproximación al flamenco tiene que ser tranquila y comenzar por fiesta o por mezcla si se quiere; algo por debajo del cante ligero para mi padre. El compadre Manuel Tablones, con la Kika su prima hermana, a vender boca y camarones en un barco se fue a La Habana… Por mezcla me refiero a Pata Negra, a Kiko Veneno, a Los Delincuentes o, sin duda la mejor manera, por Camarón. Una vez se ha cogido el hilo de Camarón la progresión hacia el cante es imparable. Partiendo de que Camarón es todo, tradición y pureza, modernidad e innovación. Ya decía El Torta que Camarón era uno y ya no nace nadie como él. El descubrimiento del universo casi infinito que supone el flamenco es una aventura tan extraordinaria que a veces incluso siento compasión por la gente que no acaba de entrar. Es el arte más auténtico, más original, más singular que existe. Cuando a uno le coge el pellizco es absolutamente imposible escaparse.

No es raro entre aficionados al cante compartir que con esta canción o con tal cantaor se le saltan a uno las lágrimas. De hecho uno de los momentos más increíbles que he vivido yo en esto del flamenco fue ver llorar a mi padre y a un amigo suyo escuchando en directo los cantes de trilla de Fernando de la Morena. Como estaban desmayaitos y personas güenas las hay, consiguieron que en un barquito los llevaran de rumbo a Cai.. Dos señores hechos y derechos, con sus mujeres al lado, llorando sonrientes en silencio sin poder ni querer evitarlo. Pero además de tener la suerte de la guía de mi padre en este mundo diverso y rico, tengo también a mi compadre el Marqués, un fenómeno, que es mi compañero de veladas flamencas. Fue él quien me llamó un día de vacaciones de Navidad para decirme “Se nos ha ido, tío, se nos ha ido”. Se refería nada menos que a la muerte de Juan Moneo, El Torta de Jerez. Sin duda uno de los más grandes cantaores que ha dado este arte único y al que tuvimos la suerte de ver en directo muchas veces e incluso conocerle personalmente.

En fin, mientras escribo esto y siguen sonando los Tanguillos de Chano sorprendo a mi padre pasando de nuevo por la puerta a pasos cortitos haciendo caracolas con las manos al compás. Como el flamenco no hay nada.

Vámono pa Cai, primita mía, vámono pa Cai…

 

 

Carral del Prado.

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La noche en la que conocí al Torta de Jerez (y a Calamaro).


“Solo, siempre voy solo.

Debo de ser un solitario,

entre quebrantos y penas

y entre sueños y desengaños”.

Juan Moneo Lara.

 

Aquello comenzaba como empiezan todos los conciertos de flamenco en Madrid. En la cola siempre las mismas personas con los mismos chismes. La pareja de recién casados bien vestidos de delante comenta cómo fue la última vez que le vieron, el señor mayor de detrás escupe entre dientes la pregunta de si hoy estará “fino” y yo aguantaba nervioso la espera para ver si esta vez la mesa que habíamos reservado en la sala Clamores, llena a rebosar de los fanáticos madrileños de Juan Moneo “el Torta”, sería de las que te permite ver el concierto en condiciones o una de esas esquinadas en las que no te enteras de nada. Y es que a los flamencotes de Madrid nos une una hermandad basada en las salas oscuras, pequeñas y de techos bajos de los conciertos de entre semana. Sentados rodilla con rodilla en una mesa perfecta de frente al escenario, el camarero reptaba entre las mesas e iba plantando copas como la gitana que planta claveles en las solapas de los trajes en una feria cualquiera. El duende comenzaba a hacer su magia, el pellizco apretaba a los asistentes y mi compadre de fiestas flamencas, el Marqués, me dijo muy serio al oído – Ya le he visto pasar, viene de blanco-. Decir que el Torta venía vestido de blanco equivalía a una gran noche, a un Juan, como todos le llamábamos en esos conciertos, pletórico.

Los vítores y los aplausos cayeron como una avalancha sobre el tablao cuando salió Juan con su sobrino Juan Manuel Moneo al toque. Como siempre, la fiesta empezó con cantes ligeros. Alegrías, bulerías y fandangos. La intensidad aumentaba mientras el cantaor y el público se entregaban el uno al otro. Llegó una de sus cumbres, la canción que Juan dedicó a su maldición. “Heroína” cantada directamente desde sus propias venas, compuesta a base de su tormento. Su cante “del padecer y del sufrir”. Antes de cantar, una dedicatoria. “Esta canción se la dedico a Andrés Calamaro y a toda la gente de Cercedilla”. A esto último una mesa de unas diez personas contestó con una ovación y un aplauso. ¿Estará aquí Calamaro? Me preguntó el Marqués al oído. No creo, dije mientras miraba hacia la mesa de la gente de Cercedilla tratando de reconocer a alguien. Tras esa canción siguieron “Mi barca canastera” y para terminar “Viaje al cielo”, el homenaje de Juan a su querido Luis de la Pica que nos hizo subir con él y buscarle en Santiago y en la Plazuela. Una noche blanca, flamenca y madrileña que había vuelto a dejar a los incondicionales del Torta rendidos a sus pies.

Medio borracho gracias a la diligencia de los camareros lagartijas durante el concierto, llegué al baño atravesando el estrecho pasillo que va desde el escenario hasta él y al que da la puerta del backstage. Mientras aliviaba mi impaciente vejiga en el urinario continuaba emocionado. El Torta es el más grande del mundo, casi grité mientras tarareaba mi barca canastera. ¿O no? Le dije al hombre que meaba a mi lado sin mirar. “Sí, el pibe es gigante”. Ese tipo que tenía a mi lado tenía un marcado acento argentino. Yo seguía a lo mío y le seguí hablando mientras se iba a lavarse las manos. Es el mejor, hoy lo ha clavado. El hombre me seguía contestando y al girarme todavía hablamos durante unos segundos hasta que caí. Melena rizada, ojos claros, chupa de cuero.  Coño ¿tú eres Andrés Calamaro no? “Así es” dijo con una sonrisa. Tío te daría la mano, pero ahora tengo cosas más importantes entre manos pero encantado de conocerte. Calamaro se rió y contestó “encantado yo también” y salió por la puerta. Tras lavarme las manos apresurado salí del baño y me lo encontré a la puerta del backstage. Ahí ya pude saludarle. ¿Eres amigo de Juan? “Sí, nos conocemos desde hace tiempo”. Qué grande, Andrés. Encantado de nuevo. Y salí a la sala en la que sólo quedábamos el Marqués y el reducido grupo de amiguetes flamencos, alguno de ellos ya completamente borracho. Entonces aparece una chica que mira directamente hacia la mesa vacía donde estaba el grupo de gente de Cercedilla. ¿Buscas a los parraos? Ella se giró sorprendida “sí ¿cómo lo sabes?”. Bueno es que mis padres tienen casa en Cercedilla y llevo yendo desde pequeño a la sierra. ¿Cómo es que conocéis a Juan? Entonces, Carmen, la farmacéutica de la farmacia de la estación de tren de Cercedilla, me explicó que el Torta había vivido seis años en el pueblo y que ahí había nacido su hijo y que eran sus vecinos y que le adoraban. ¿Me lo puedes presentar Carmen? Dudó un segundo y me dijo, “venga ven”. Fuimos a la puerta del backstage y llamó. “Juan, soy Carmen”. Y entramos. Ahí estaba Juan, de blanco radiante, con su sobrino y con Calamaro en la misma sala que estaba impregnada de un intenso olor a marihuana. Encantado de conocerte Juan, enhorabuena por el concierto. Creo que eres el mejor cantaor de la Historia. Con una sonrisa de darle poca importancia a mis palabras aunque con un agradecimiento sincero, Juan me abrazó. “Muchas gracias” dijo con su inconfundible acento de Jerez. ¿Vais a algún lado a tomar una copa? Nos encantaría tomar una con vosotros. Juan sonrió y dijo que no, que ya se iban al hotel. Todavía nos dio tiempo a despedirnos una vez más cuando pasaron por la sala para salir del local. Él y todo su séquito recibieron un nuevo aplauso de los cuatro borrachos que le adorábamos como a un dios y que no hay un día que pase que no le echemos de menos. Cuando alguien me habla de él yo siempre digo con orgullo: Yo conocí al Torta, el mejor cantaor de todos los tiempos, el más puro. Ah y a Calamaro.

 

Carral del Prado.