Archivo de la etiqueta: El Club de los Periodistas Muertos

Eternidad.


He visto marchitarse, decrépita, la piel que cubre mi cuerpo. La he contemplado cuarteada y quebradiza sobre mi esqueleto; seca y amarillenta como papel de periódico viejo.

He oído cloquear mis huesos, agitados por vientos ancianos en áridos páramos abandonados. Mis dientes carcomidos y delgados han sonreído sin labios a un sol errabundo, añorante de verter luz sobre otros mundos.

Las sarmentosas falanges de mis pies y manos se han desparramado entre ásperos guijarros de costas sedientas. Son una cicatriz en una tierra desesperada; sin latidos, harapienta.

Las vacías cuencas de mi calavera me han observado sin aliento, impávidas en su espera. No dicen nada, no hay respuesta en su ceguera.

Si he visto yo esto, tú, lector que verás o has visto los siglos pasar. Si he presenciado mi muerte pudrirse te pregunto ¿acaso no soy ya inmortal?

 

Carral del Prado.

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“Le admiro muchísimo señor Forges”.


Como periodista mindundi –el paso siguiente, costoso y soñado a ser becario, aunque ello no conlleve apenas avances- uno a veces tiene escasos pero fantásticos privilegios. No materiales, por supuesto; esos son para las grandes estrellas de los medios y sus directivos. Quizás el más destacado, o al menos el que yo más disfruto, es el compartir, en algunas afortunadas ocasiones, espacio y tiempo con personas a las que admiro. Puede ocurrir en una rueda de prensa, en un acto institucional, hasta en la cobertura de un suceso o en general en cualquier acción que conlleve un interés informativo. En uno de ellos tuve la suerte de coincidir con el genial dibujante –uso solo esta calificación para no alargarme- que hoy ha fallecido: Antonio Fraguas, Forges.

Ocurrió en septiembre de 2016 en la Asamblea de Madrid. Mi jefe me había enviado a cubrir el pleno; largas horas de discusión política que normalmente, casi cualquier día, pueden resumirse en un “y tú más” continuo. Lo que yo no sabía es que aquel día un grupo de artistas jubilados acudía a esa sesión para defender sus intereses, agrupados en la plataforma “Seguir Creando”. Esta organización de jubilatas creadores llegaba para protestar por la, entonces reciente, medida del gobierno de obligar a los artistas retirados a elegir entre cobrar su pensión o cobrar sus legítimos derechos de autor. Una absurda injusticia; comprensible por otro lado si nos atenemos al cariño con el que los diferentes gobiernos han tratado siempre a la cultura en este país. De hecho en aquella sesión fue aprobada una proposición no de ley para instar al gobierno a replantearse su postura. El Partido Popular votó en contra, Ciudadanos se abstuvo y sólo la apoyaron el PSOE y Podemos. Al principio, antes de entrar en la cámara, en lo que en la profesión se llama “pasilleo”, me parecieron un grupo de entrañables vejetes que estaban allí como meros espectadores. Pero cuál fue mi sorpresa al reconocer entre ellos una cabeza canosa con su barba a juego y pertrechada con unas inconfundibles gafas de ver.  Era el mismo Forges, el autor de las viñetas que, hasta hoy mismo, son lo primero que leo cada mañana en el diario El País junto a lo último de Jabois. Estaba acompañado de otros artistas conocidos como Manuel Rico, Javier Reverte o Pablo Guerrero. Pero mi admiración hizo que pasaran desapercibidos ante tamaña figura del Periodismo.

Tuve la suerte de ponerle mi micro delante para escuchar sus palabras. En su reivindicación no había odio ni tampoco connotaciones políticas de ningún lado; simplemente era un creador que quería seguir compaginando su carrera con su pensión ganada honradamente. Tras ello siguieron un buen rato por los pasillos del edificio antes de que comenzara el pleno. Mi educación y mi pudor a molestar a alguien con mis adulaciones, unidos al hecho de que estaba trabajando, me impidieron acercarme a él de forma personal. Hoy siento terriblemente el no haberme acercado a estrecharle la mano y haberle dicho simplemente: “Señor Fraguas, es un placer conocerle, le admiro muchísimo”. Perdí la ocasión aunque pude percibir desde muy cerca la ternura y la humanidad que desprendía aquel hombre genial. Me resulta curioso ver hoy a todos los políticos de uno y otro lado alabar su trabajo cuando seguro que les hubiera encantado cerrarle la boca hace tiempo y cuando, todavía a día de hoy, la labor de la plataforma de la que era miembro sigue vigente ya que el gobierno no ha derogado esa injustísima medida. También tiene guasa que justo hoy cientos de miles de jubilados hayan tomado las calles de media España, e incluso las puertas del Congreso, para exigir al gobierno un aumento de las pensiones acorde al coste de la vida. Además hoy también me he enterado de que una mis pasiones, probablemente mi comida favorita, el bocata, lleva su firma.

Lo dicho señor Forges, le admiro muchísimo. Me disculpe usted por robarle una de sus expresiones, con humilde y cariñosa admiración, para terminar este artículo: “Gensanta, no os olvidéis de Forges”.

Cervantes

Carral del Prado.

Carta Profana.


Me permito escribir esta carta a mis reyes particulares ya que, con treinta palos y una incipiente alopecia, considero que es mejor liberar de trabajo a sus Majestades de Oriente y que se dediquen en exclusiva a los niños. Lo mejor que puedo decir llegado a Navidad de este año que ya ha pasado es que me he enamorado hasta las trancas y eso siempre es bueno. Y de nuevo, como especialista que soy en estas lides, lo he echado todo a perder por ser más intenso que un discurso de Pablo Iglesias. Pero fui una razonablemente buena versión de mí mismo, durante un tiempo tremendamente feliz y hasta me convencí de que quería sentar la cabeza. Afortunadamente eso ya se me ha pasado y también he superado la tristeza porque, aunque haya acabado en tragicomedia –yo pongo la tragedia, mis colegas y su ingenioso cachondeo con mi nuevo fracaso, la comedia- ha sido un gran viaje. A ella no sé si le parecerá lo mismo pero a estas alturas ya da igual. También he perseverado en mi trabajo con resignación y, a ratos, mucha ilusión. Los que trabajen como periodistas sabrán a qué me refiero. Pero qué coño, me da igual que esto se hunda. Sigue siendo el mejor oficio del mundo y la orquesta debe seguir tocando hasta el final. No solo voy a echarme flores, no en todo he sido bueno. Soy capaz de beberme ocho wiskis en la noche de un martes laborable para llegar con la voz jodida a la radio y gastarme casi todo mi escuálido sueldo en tabaco pero ambas cosas son inofensivas para los demás. No he dado un solo euro a ningún pobre pedigüeño que me he encontrado por la calle, ni siquiera en Navidad. Y eso que el centro de Sevilla está lleno de ellos. Si te enseñara mi cuenta corriente yo a ti, pienso cada vez que me piden. Y tampoco he dado ningún cigarro. Aunque eso lo hago desde que leí que Camarón llevaba siempre encima al menos cinco cajetillas y aun así le molestaba mucho que le pidieran. Tampoco he salvado a ningún gatito ni he ayudado a cruzar la calle a ninguna anciana. Pero he mantenido mi educación y he dicho siempre por favor y gracias y he abierto la puerta delante de mí a las mujeres, y eso que esto ahora está en entredicho, y me he bajado de la acera para dejar pasar a los mayores. Hecho este breve resumen me dirijo ya a mis propios reyes.

A mis viejos, los Reyes de Reyes, les pido que sigan igual. Que como me conocen mejor que nadie, a pesar de ser ya un mastuerzo que debería comportarse como un adulto independiente, me sigan tratando como a su hijo pequeño desastroso e impulsivo. Que sigan sin tenerme en cuenta las constantes y numerosas cagadas que cometo- entre ellos olvidos de fechas señaladas, faltas a reuniones ineludibles o peticiones de dinero cuando todavía no estamos ni a mitad de mes- y que no cierren el constante flujo de sabiduría, cultura y educación que me transmiten desde que nací. Sé que son dos pero en este caso servirán como unidad. Y de paso meto a mis cuatro hermanos aquí también. Que también tienen que aguantar al hermano periodista pobre. Esto es literatura de ficción así que todo vale. Para algo es un cuento. O algo así.

A mi colega Rafa, el misionero comboniano Rey de las Buenas Personas, que está perdido en algún lugar de Sudáfrica haciendo lo que más le gusta, le pido que no se olvide de mí aunque yo parezca que lo haga de él. Que me permita de vez en cuando salir de mis diminutas mierdas egoístas del primer mundo con sus charlas y su sencillo pero profundo conocimiento de la verdadera realidad para revelarme que mis quejas son como las de un niño caprichoso de seis años. Y de paso hablar de los últimos libros sobre África que nos hemos leído. De los artículos de Chema Caballero o de Pepe Naranjo, evocar de nuevo pasajes de Ébano o discutir sobre lo que intentaron y podrían haber conseguido en su momento Nyerere, Sankara o Lumumba. A cambio yo me reafirmo en mi promesa de ir a verle. Aunque para ahorrar y pagarme el billete tenga que dejar de fumar.

Por último a la Reina que me mandó al exilio, lo de que haya reinas también está muy de moda ahora, le pido que no deje de confiar en mí aunque ya no influya en nada. No hace falta volver a liarnos ni ponernos intensos, eso creo que ya ha quedado atrás para siempre. Pero que no se olvide de lo bueno y que me perdone si vuelvo a las andadas que dije que ya no iba a volver. De paso que extienda un par de perdones para el futuro por si acaso le vuelven a llegar historias que se supone que habían quedado en el pasado. Ya se sabe que la cabra tira al monte y si no hay monte se tira a lo que sea. Aunque no creo que ocurra, hasta para eso soy ya un treintañero. Este regalo tiene truco porque, como decía la canción, me va a perdonar porque ya no le importa.

Me despido agradeciendo de antemano vuestra comprensión y vuestros regalos. Intentaré hacer la compra antes de que lleguéis a casa para dejaros algún tentempié pero por si acaso os aviso ya de que ahora tengo en la nevera un poco de pan de molde seguramente con moho, una Mahou doble y una lata de atún. También hay café. Algo podremos hacer con eso. Ah y media botella de Ribera. No, espera, esa me la bebí ayer. Perdón.

Carral del Prado.