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Última orquesta


El polen se pegaba bajo las gomas en las ventanas del autocar, que dibujaba una columna de humo negro a su paso. Miguel había aprendido a leer con ruido en sus trayectos de autobús, más largos desde que por fin llegara la primavera. El atasco crecía como el polen, y las moscas y los coches se importunaban mutuamente en la autopista.

Egisto, disponiendo la muerte y la moira, me asesinó, con mi esposa maldita, invitando a su casa, al darme una comida, como alguien mata un buey en su establo. Homero cantaba a Miguel en su viaje a Madrid, y hacía las veces de orquesta un motor de treinta años con cáncer terminal. ¡La muerte anunciada en una vieja edición de tapa dura en un difunto cacharro rodante! Llegó a Moncloa con polen en su nariz, sudor entre los dedos, y con las masas. Ahora, a esperar al Dieciséis, otra hora más con suerte y estará de nuevo frente a su violín.

Dos semanas desde el último viaje similar, más de siete meses desde su primera suplencia en el Auditorio Nacional, desde la primera vez que escuchó la promesa: “quien sigue la consigue”, habrá un puesto fijo en la Orquesta Nacional para él en cuestión de semanas, o meses, pero sólo si era paciente y sólo si era aplicado. Cada vez eran menos los conciertos en los que se le requería; uno cada tres semanas últimamente, y el director ni se le acercaba a saludar en los ensayos, no como al principio, cuando le invitó a comer enfrente del estudio en un  día de nieve intempestiva, y alabó su talento. El primer violín, un gallo de novela de Javier Marías, con su melena al viento y sus maneras de Don Juan oxidado, le trataba como si le hubieran rescatado del Parque del Retiro. Miguel había compartido conservatorio con él un año, y entonces no se comía ni media rosca. ¿Era menor que él?

Maldito Auditorio, maldita Orquesta Nacional cuyo premio nunca llega. Lo había dicho algunas veces pero pensado menos. Esta vez, lo tenía claro: era la última.

¿Sube, o no?, oyó de la mujer a los mandos del dieciséis, y pensó que era muy guapa. Le recordó a su madre de joven, con su pelo de nebulosa y sus labios de mucha carne. Su madre, ella hubiera sabido decirle qué hacer: que se plantara, probablemente, ya está bien de tanto aguantar por un sueldo miserable, alguien vendrá después a reconocer su talento.

¿Cuánto ganará esta chica por conducir el autobús? Ocho horas al día, con sus descansos y sus paisajes urbanos cambiantes, ¿y quién sabe más de autobuses que yo, que llevo treinta años montado en uno? Podría ser conductor. Podría ser muchas cosas, pero violinista ya no. Algo tengo que hacer.

Fue en la calle Príncipe de Vergara, a la altura de Diego de León, donde un camión cisterna del Canal de Isabel II ocupó el carril contrario y le dio al Dieciséis de comer acero y agua, llevando a la muerte a dos, funestos invitados como los de Egisto: una conductora de autobús de melena suelta, que resultó llamarse Carmen, ser madre de dos y de Moratalaz, y una conocida promesa del violín, de Villalba,  el primero en debutar en Viena a los quince, y a quien esperaba este jueves, en el Auditorio Nacional, una oferta para ocupar una plaza permanente en la Orquesta Nacional.

Jaime Pérez-Seoane Z

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Un libro de una selva


Martín fue depositado en una sala gris y fría, donde se le inventarió (un policía decía “un bebé”, y el otro escribía “un bebé”)  junto a dos maletas repletas de billetes sin marcar, una lámpara balinesa de dos por dos metros, una alfombra persa de origen desconocido que no cupo en el apresurado embarco a Suiza de sus padres, un reloj del siglo XIX que llevaba sin funcionar desde ese tiempo, y otros enseres menores, al menos para quien siempre se rodeó de objetos y todavía, en estos tecnológicos días, siente atracción por las cosas poco prácticas.

Ahí quedó Martín, como una cosa más, a sus cuatro años, diez meses y veintiún días, desprovisto del calor de su madre huída. El pequeño quedó a cargo de los servicios sociales por orden del juez, aunque siempre sintió detrás el aliento del consejo. Los muebles se dejaron, por orden del juez también, a cargo de la institución policial encargada de la subastas que se hacen con los bienes de los presos, y a veces también de los fugitivos.  

No pasó demasiado tiempo hasta que Martín fue presentado por su tutor ante el consejo. Hablaba como un hombre, pero aún era un chaval. Muchos le miraron primero con recelo, otros con rencor por ser hijo de quien era.  Muchos con pena. Sólo algunos declararon un deseo incuestionable de integrarle en el grupo: lo hicieron los que tenían en su instinto más humano la intención de protegerle, y otros que vieron en él una plataforma a la popularidad. Entre los primeros se encontraban dos de los más extraños personajes que entonces tenían voto en el consejo: Adriana, una mujer felina y solitaria, y Nacho, un hombre maduro, sensible y bueno, alejado del oportunismo que gobernaba en el consejo.

Juan, el líder entonces, aceptó acoger al muchacho desde el principio. Al menos esa fue su posición pública, ya que en sus adentros lo hizo a regañadientes: la dirección no debía, en su opinión, reconocer sin más al hijo de un fugado, de un ladrón, de un señalado. Entre recelos y miedos y con prisas los años pasaron, y Martín fue ganándose, gracias a su predisposición, su alma trabajadora y su corazón limpio, el cariño del consejo. Tiempo después, incluso Juan había olvidado su origen criminal, y fue él quien le propuso ante los demás como jefe de nuevas generaciones.

Los años seguían pasando, y, como a todos, a Juan le llegó su momento. No tuvo que volar a Suiza a la carrera, como habían hecho los padres de Martín y otros antiguos miembros, pero tenía que colgar los zapatos. Impoluta o casi, su carrera pública había hecho mella en su salud, y su estrés engordaba a diario un tumor intestinal. Su prioridad era ya otra; tocaba encontrar un sucesor, y Martín tenía un registro impecable.

¿Quién hubiera dicho que el pequeño huérfano, abandonado ante la codicia, podía llegar a jefe del consejo, a líder, e incluso más tarde quién sabe si a presidente del gobierno? Pocos, la verdad, desde luego Adriana no. Ella, que había acogido, entrenado y acompañado a Martín en sus inicios en política, quería lo mismo que él, y lo quería más que él. La gatita era ya una leona y su piel era otra. Una semana antes del dia de la votación para la elección de nuevo líder, Adriana filtró entre los sabios del consejo información que inculpaba a Martín en el robo de cientos de millones de euros. Nunca se demostró, ni falta que hizo, amén de lo imposible que resulta demostrar algo que no es cierto. Martín era Martín y sus circunstancias, y en el sentido más orteguiano lo era: el hijo de un ladrón es siempre un ladrón.

Jaime Pérez-Seoane Z

La cigarra y la hormiga (la secuela)


…Al verano siguiente, las aguas recuperaron su cauce original.  La lección impartida por la hormiga durante el invierno pasado había repercutido en la actitud de la cigarra como una blandengue moralina. La cigarra recuperó su ritmo frenético de vida, como si no hubiese un mañana.  Su pasmada vecina observaba, atormentada, como el vividor insecto dormía durante el día y malgastaba las noches entre infaustas compañías. Frecuentaba las casas de juego de los saltamontes del hampa y debía dinero en los más indecentes tugurios de cucarachas.

Sin embargo, nuestra  hormiga asumió un rol paternal, duplicando su empeño durante el transcurso de aquella calurosa época estival. Para ello trabajó de más, almacenó más alimentos para el invierno y reformó su hogar para cuando tuviese que cobijar a su noctámbula amiga.

Y así se pasaron los días de calor, flores y amores de entretiempo.

Y llegó el invierno.

Más frío que el anterior, si cabe.

Helado.

Y con el llegó una inesperada tormenta de hielo, un fenómeno natural que no acontecía desde la era de los dinosaurios. Quiso la caprichosa casualidad que el corazón de la tormenta se alojara encima de la casa de la hormiga. Todo el trabajo, toda la planificación, todo el futuro construido alrededor de esas cuatro paredes, se esfumaron en cuestión de segundos.

La hormiga estaba arruinada. Su alma, desolada. Atormentada, nunca mejor dicho.

La cigarra la observaba con la mirada perdida, pero con la conciencia tranquila. Se había limitado a no comprometerse por un futuro incierto. Y el azar la había dado la razón.

Jaime Pérez-Seoane de Zunzunegui