Poemenos Prohibidos: Mortal Inmortalidad.


Como la tormenta de verano, anhelada su agua por el páramo, que en vez de regalo es maldición. Demasiado intensa ha llegado. Entre rayos y truenos y vientos huracanados, lo que debía ser vida es muerte y mutilación. Arrasa el tierno brote del sembrado.

Es una primavera precoz. Confundido el almendro por el tibio calor del sol de invierno despierta a sus flores que se deshojan, frágiles y sorprendidas, amortajadas con la última nieve de la nevada tardía.

Pero es la lavanda una flor inmortal pues incluso muerta y seca mantiene su olor. Fresco perfume que cuenta, aunque ya ida y marchita, su preciosa existencia.

Derrotado y ahogado, como el último oso polar en el infinito de un mar descongelado, sin esperanza todavía nada. Y mientras se hunde en la profundidad del océano, níveo en la oscuridad, sigue pensando en la blanca salvación del hielo inmaculado.

Sin pedir permiso ni perdón, sin guardar un ápice de rencor. En la soledad de un mar que acoge su cuerpo muerto que no para de nadar.

 

Carral del Prado.

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La musa


Las gaviotas abandonaron los tejados de la Carrera Quinta en cuanto se disipó la brisa. Caliente, el viento del Caribe bañaba las orquídeas nacidas a la sombra del muro. A su paso cubría las paredes de herrumbre, hasta que las casas rosas, gualdas y azules se vestían de vieja pana.

Busqué entre las calles de Getsemaní, azuzado por el calor. Probé en la vieja Habana, sin fortuna, pues no la vi bailando al son de las maracas. Escalé las paredes de San Felipe, donde el semihombre espantó a los ingleses con su pata de palo y la ayuda de cincuenta valientes marinos. Todo lo que vi fue mil ovejas ahogándose en los mares, y dos buques españoles hundidos.

Quise viajar al este, a buscarla bajo las faldas de la dama blanca. Su frondoso bosque era cuna del chamán, y del agua de sus ríos se bebía eterna juventud. No me dejaron ir, pensé, por suerte; la sola idea de hacerlo me aterrorizaba.

Paré a beber en la Plaza de Santo Domingo bajo el sol de mediodía. Los niños se perdieron calle abajo, y, poco después, reinó la calma. La Heroica se lamía en silencio del picar de los zancudos cuando Gabo apareció, tras la esquina, como cada día.

– ¿Ya has dado la vuelta al mundo?  – preguntó, su mano pegada al libro. – No la encontrarás así. Ella no viaja tanto como tú.

 

Jaime Pérez-Seoane de Zunzunegui

Viajeratura.


-Va a ser muy complicado volar ese puente.

– Te vas a llenar de resina.

Notaba el palpitar de su corazón contra las agujas de pino que alfombraban el suelo. El aire fresco del final del verano envolvía el bosque y el viento traía el susurro del arroyo que estaba delante de ellos dos. El agua bajaba clara y ajena a lo que estaba por venir. El deber es el deber pensaba él mientras comprendía que la misión que tenía por delante iba a ser mucho más complicada de lo que le habían dicho. Sin esperar más siguieron adelante juntos y cruzaron el puente que podría servir a las tropas nacionales para desbaratar el frente de la Sierra.

– Ah Maga, qué incomprensible te vuelves cuando quieres. Cuando escapas a mis sentimientos, cuando te pierdes y te encuentro bebiendo absenta, cuando te quedas aburrida escuchando mis elepés de jazz.

– Absenta, qué guarrada…

Montmartre se volvía más auténtico en esa tarde oscura y lluviosa de otoño. La Maga le acompañaba por las estrechas callejuelas de las que los pintores habían huido cuando comenzó a llover. Atrás quedaba el Sacre Coeur alzado imponente entre cortinas de agua. Ella le cogía caladas furtivas de su cigarrillo y le dejaba el sabor perfumado de sus labios en el filtro sin soltar su brazo con el que sujetaba el diminuto paraguas que les hacía andar pegados. De los pequeños cafés y restaurantes salían voces apagadas en vino. Voces de otra época y algún que otro cronopio que perseguía a una fama huidiza.

-Pobre José Arcadio, ahí sigue atado al castaño. ¿No lo ves?

-Qué increíble es esta casa.

Seguro que aguardaba la visita de Melquíades. Traería de nuevo sus inventos y el hielo que tanto le había fascinado la primera vez que lo vio. El sol estaba en lo alto y se filtraba a través de las descomunales hojas de los inmensos árboles del jardín con la humedad tropical del pueblo descendiendo sobre la inmensa casa de la eterna familia. Había podido ver tras una puerta el cuarto donde todavía se amontonaban las bacinillas de las amigas de las niñas y también, ajado y olvidado sobre una vieja cómoda, el daguerrotipo de la dulce Remedios. Pronto olvidaría todo aquello incluso a pesar de las etiquetas que estaban pegadas a todos los objetos con sus nombres escritos. Menos mal que el gitano llegaría a tiempo con su brebaje para curarlos antes de que fuera demasiado tarde.

-Ah pobre abate Faria. Nunca llegó a disfrutar de su tesoro.

-Al menos alguien lo disfrutó.

Dejaban atrás el solitario y ruinoso castillo prisión con dirección a Marsella. El bote daba pequeños saltitos a medida que sorteaba las olas cuya espuma formaba caprichosas figuras sobre el azul del mar. La ciudad todavía esperaba la llegada del Faraón cargado de especias de Egipto aunque se hablaba de mal tiempo en el Mediterráneo. La aldea de los catalanes hacía tiempo que estaba vacía pero allí se encaminaron nada más desembarcar.

-Mi querida Mercedes, qué ingrata fuiste.

-Siempre con un libro en la cabeza cariño. No eres capaz ni de irte de viaje sin uno de ellos. Y la cosa es que me encanta.

-Si fuera solo uno mi amor, si fuera solo uno…

Y así se quedaron abrazados los dos al borde del mar, en el pequeño promontorio donde una vez fue joven y feliz Edmond Dantés. Entrelazaron sus cuerpos mientras la literatura se derramaba entre la espuma de las olas y fueron felices como solo puede serlo un ser humano junto a otro y junto a un libro.

 

Carral del Prado.

Precioso Caos


Te recuerdo. Te recuerdo desde antes del Todo y de la Nada. Antes de que existiera la Tierra, incluso antes de que brillara el Sol.

Recuerdo arder en la cola luminosa de un cometa y orbitar durante edades enteras alrededor de una estrella cuyo horizonte era tan masivo como toda una galaxia. Recuerdo fundirme en ella y salir expulsado en una de sus erupciones entre un fuego tan ardiente que el espacio profundo se pintó de rojo. Volé en un viento cósmico durante tanto tiempo y tanta distancia que contemplé sistemas planetarios enteros nacer, vivir y colapsar para luego perderse en la vastedad del cosmos sin que el universo se alterara lo más mínimo.

Recuerdo aterrizar sobre roca fría en un paisaje desierto, horadado por miles de millones de impactos. Allí estuve congelado lo suficiente como para echar de menos volar. Hasta que el hielo se derritió y se convirtió en una nebulosa. Me volví etéreo y anduve mezclado con los gases pintados de todos los colores que han existido o existirán.

Tras una eternidad siendo constelación, fui líquido y disfruté de nuevo del calor y de la luz, mecido plácidamente por un océano interminable. Luego vinieron el frío y la oscuridad, lenta y sigilosamente. Perdí la orientación y los sentidos conocidos desaparecieron para convertirse en otros, diferentes y multiplicados.

Percibía el silencio a través de la piel. El sabor salino en los ojos. El palpitar del infinito en los oídos. En la oscura quietud fui engullido por un ser descomunal y sentí de nuevo la vida orgánica en toda su plenitud. Fui latidos, fluido, músculo y hueso. Formé parte del esplendor de ese ser, de su reproducción y, por último, de su decadencia y descomposición.

Cuando su energía se transformó me convertí en un intenso calor una vez más. Me volví viscoso y volé de nuevo incandescente por encima de un cielo humeante, explosivo y lleno de electricidad.

Y te recuerdo porque siempre estabas allí en este interminable viaje. De un punto a otro de la eternidad, desde el origen inexistente hasta el destino desconocido. En todas las formas y materias. En la luz y en el frío, en el calor y en la oscuridad estabas allí conmigo.

Quizás tú seas el universo y yo un rayo perdido en tu inmensidad

New view of the Pillars of Creation — visible

The NASA/ESA Hubble Space Telescope has revisited one of its most iconic and popular images: the Eagle Nebula’s Pillars of Creation. This image shows the pillars as seen in visible light, capturing the multi-coloured glow of gas clouds, wispy tendrils of dark cosmic dust, and the rust-coloured elephants’ trunks of the nebula’s famous pillars. The dust and gas in the pillars is seared by the intense radiation from young stars and eroded by strong winds from massive nearby stars. With these new images comes better contrast and a clearer view for astronomers to study how the structure of the pillars is changing over time.

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Carral del Prado.

Poemenos Prohibidos: El olivo que no olvida.


 

Mil veces vareado, el olivo no olvida lo que la tierra ya ha olvidado. Y aunque el tiempo infinito ha tatuado de nudos su tronco retorcido, el mismo pasar de los siglos que a su alrededor los campos ha cambiado, recuerda sus olivas doradas al sol que ha cuidado con esmero, que le han quitado de sus ramas con manos y con palos. Olivas que fueron suyas, que sin marchitarse, se marcharon.

No tiene el olivo, como el rosal, rosas para enamorados. Pero guarda la memoria de mañanas rosadas, de la lluvia, de la arcilla mojada. Del viento solitario que en su soledad le susurraba.  Se irá el olivo en el grito de una noche azul o entre el silencio de los truenos. Pero en el segundo antes de partir recordará a su última aceitunilla acunada entre sus hojas alargadas. La más hermosa. La más dorada.

 

Carral del Prado.