Archivo de la categoría: Microrrelatos

Micrófono


La víspera de Navidad, las palabras de su padre se instalaban en su cabeza y se repetían en bucle. “Miguel, la radio no tiene futuro, el futuro es internet”. La cantinela se repetía cada día veinticuatro, en la comida familiar. Por la noche tocaba llegar pronto a la misa del gallo, así que como mucho tomarían un te y un trozo de tarta a media tarde. “Se te dan bien los números: Tira por ahí, y serás alguien”. Le vendía la idea de volverse profesor, como su abuelo, o funcionario público, como él. “Te mirarán con otros ojos en las pruebas, pero tiene que ser ya, o no podrán ayudarnos más”. Cuando su padre murió, fulminado por un hijo de puta cáncer, Miguel empezó a considerar dejar la radio. Seis años entre becas y suplencias, un año en el paro, y por fin dos años y ocho meses, los últimos, liderando su propio programa en una emisora local de Galicia. Había dado un salto, al menos en el plano cualitativo. Ganaba la misma mierda, o incluso menos si contamos las horas que tenía que echarle, y la de pelo que había perdido por la ansiedad propia al estatus de responsable. Vivía en un permanente estado de agridulzura, si se pudiera decir así. “Lo vas a ver, papá”, decía mirando al cielo húmedo con las manos en el abrigo mientras cruzaba Vigo para ver a una novia que conoció en la radio. Era diseñadora, por lo visto de las buenas, y la entrevistó cuando ganó un premio de jóvenes talentos. Y sus piernas, uy, sus piernas. Y cuánto se ríe con ella. Sonreía bajo la incipiente lluvia por ella, y por el bueno de su difunto padre.

Otra vez Navidad, maletas, el autobús, el tren, no comer nada en el camino porque el sueldo de locutor da para lo que da. Y mamá, llorando como siempre, de alegría y de estrés. “Corre hijo, cámbiate, que tenemos que llegar a comer, y luego los primos, que nos lían, y tenemos que llegar como sea a primera fila en el gallo, que tu padre nos vea”. Siempre que saludábamos a un primo o un amigo terminaba con “mi periodista, que guapo está”. Otro año abrazando a hermanos y besando a sobrinos, unos prosperando y los otros creciendo. “¿Qué tal la radio?”, curioseaba Paloma, la pequeña. “¿Te has echado novia ya?”, se burlaba Carlos, el mayor, el seriote, el triunfador (como pintor, el cabrón, nada de banquero, publicista o empresario, y a él papá no le decía ni pío), que ya tenía cuatro churumbeles. “Bien y si”, o “no, pero bien”, y “alguna chica hay, las cosas van bien”. Todos tenemos salud, trabajo y amor, pensaría mamá. “Y a vuestro padre, que nos cuida desde ahí”, sentenciaba como siempre ella, la única que tenía creencias de algún tipo y ganas de agradecer.

La tarde del veinticuatro, el tiempo se acelera. A Miguel le pasó de nuevo volando el día mientras comía, bebía, y pensaba que las cosas no estaban tan mal después de todo. Ese era el único día que pasaría en Madrid esas fiestas; le tocaba volver la mañana del 25 a cubrir otro caso de violencia de género, esta vez en un pueblo cercano a Pontevedra. No probó la tarta de mamá, sentía empacho y cierta repugnancia. Se acordaba de las muchas muertes que había tenido que anunciar en primicia en 2017, y de lo poco que respetaban algunos de sus colegas periodistas a las familias destrozadas y la intimidad que les quedara.

Y le volvía la idea de dejar la radio, siempre de algún modo presente, como la imagen de su padre difunto. Puede que si. Se ganaría el respeto de la familia, y el de María, la sensual diseñadora. Y puede que así se quisiera un poco más a sí mismo.

Pero ahora tocaba de nuevo ir la carrera; ¡eran las diez y media! “Como nos quiten la primera fila, vuestro padre no me lo perdona”, decía mamá. Desde la parte trasera del coche, las luces navideñas se difuminaban con las gotas de lluvia del cristal. Luisito, el mayor de su hermano Carlos, narraba a Miguel los desafíos inherentes a las multiplicaciones con dos dígitos. “Yo te puedo ayudar, se me da bien eso”, dijo Miguel. “Tranqui, tío. Las mates están bien, pero no me interesan. Yo de mayor quiero ser como tú”, dijo el pequeño. “Quiero ser locutor. Por eso he pedido un micrófono esta navidad”.

 

Jaime Pérez-Seoane Z

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Bogotá, otra vez (fiel crónica de un paseo).


Bogotá es como una de esas mujeres que juega caprichosamente con su entorno, presentándose cuando quiere como una diva inalcanzable, y otras pareciendo una adicta desdentada y sucia. A la segunda la presenté aquí – no sé a quién, no hay demasiada gente que lea esto, y si la hay, ¿qué buscaban? – como un teatro de pobres, hace más de cuatro años, cuando llegué por primera vez. Entonces, no sabía, o no quería saber, que también es un escenario fértil como pocos. Como tiene un rato de las dos, engancha y asquea. Alegra y deprime al mismo tiempo.

Me gusta volver a Bogotá. Es mi segunda casa por derecho propio. Es, después de Madrid, el lugar del mundo donde más he respirado, y hecho todas las cosas que hacemos todos. Esta vez me quedo en el mismo sitio que la última vez que vine, con los mismos amigos. Aunque esta vez es diferente (¡Claro, estúpido! Todas lo son).

La primera mañana en Bogotá, azuzado por el clásico jet lag, decidí pasear hasta la oficina. Prefiero pasear en esta ciudad: Es tan hostil para un coche que me marea sólo pensar en sumergirme en su atasco interminable. También lo hago porque soy pobre. Soy pobre para la vida que llevo, y, si pasara mucho tiempo en un atasco, podría caer derrotado ante esa idea, lo cual multiplicaría el mareo. Y, bueno, ando porque resulta que me encanta andar.

Decidí prepararme antes de emprender los treinta minutos de caminata. No tenía datos, así que entré en Spotify, y me descargué Descubrimiento semanal, la lista que recoge cincuenta (¿o eran treinta?) canciones recomendadas por la aplicación en función de lo que has escuchado la semana anterior. Me encanta esa lista. Tanto, que últimamente se ha convertido en lo único que escucho en Spotify. El descubrimiento semanal de cada semana se basa, en mi caso, en el descubrimiento semanal de la anterior.

Creo que sonaba Portugal The Man. La canción me recordaba inevitablemente a Oasis mientras cruzaba la Séptima. Me fijé en los semáforos, todos nuevos, con sus hombrecitos rojos y verdes, ordenando sutilmente lo inordenable. Me crucé con un par de guardaespaldas, embutidos en sus trajes baratos; dignos y sonrientes. En ese cruce, el de la setenta y dos con séptima, hay de todo. Banqueros, políticos, vendedores ambulantes, policías, y ladrones. Ese cruce es una buena síntesis de lo que es Bogotá, pensé, antes de volver a la realidad: Un hombre corpulento salía de una furgoneta blindada con una recortada en la mano mientras mantenía el dedo en el gatillo. El cañón de la recortada me pasó a centímetros de la cara cuando el vigilante la levantó para apuntar hacia el cielo. Sonaba Leaf Off / The Cave, de José González, cuando recordé que Bogotá es una ciudad armada (Menudo Descubrimiento semanal, pensé).

En Bogotá, la seguridad privada es corpulenta y profesional, mientras los policías parecen los becarios de un zoológico. Estos son, en su mayoría, muchachos cursando el año militar obligatorio. En un país tan joven, la oferta de cadetes es tanta que una parte importante de estos chicos termina en la policía. Aquello pensaba mientras me dejaba caer por la Once. Pasé por delante de casa de Nico. Tengo que llamarle, me dije, sin saber que me encontraría con el al día siguiente, y corté una canción insípida que se había colado en mi Descubrimiento Semanal, hasta entonces inmaculado. Tiré de rock patrio, y me acordé de los días felices que habíamos pasado en el norte, a principios de verano, en casa de Raúl, y de aquella vez que vino a Bogotá, hace más de un año, a dar un concierto en el centro para quinientos fanáticos (y lo borrachos que terminamos entonces).

Seguí mi camino por Bogotá aquella mañana, y las siguientes, y Colombia y sus contrastes me seguían saludando cada vez que doblaba la esquina, cambiando de barrio pobre a barrio rico y viceversa. Tres días después – aunque me había propuesto escribir todo esto aquella mañana, lo fui dejando pasar, inventándome tareas más urgentes – entré en el Starbucks de la Avenida Ochenta y Dos, enfrente del Centro Comercial Andino. Hice cola durante unos veinte minutos. A mi izquierda, el propietario de una cadena de gimnasios pedía un té con leche de almendras y una tarTa de zanahoria para llevar. Cuando me llegó el turno, estaba perdido otra vez en mis pensamientos, en esta Colombia loca y sus contrastes, en su guerra y paz, y en como me gusta estar aquí. En ese momento, sonaba Leaf Off / The Cave, de José González en el hilo musical de Starbucks.

 

Jaime Pérez-Seoane Z

El jefe


El jefe de la oficina de migración llega a la oficina el primero, todos los días sin excepción. Puede retrasarse lo que quiera, por algo es el jefe, pero saborea ser el primero en llegar. En su puesto se escuchan country, blues y rock que brotan desde unos minúsculos altavoces. Es el jefe, y eso se advierte en su vestuario; Un puntiagudo par de zapatos de charol ilumina el suelo que pisa. Sus pantalones azules, como requiere el uniforme, se amarran a sus estrechas caderas a través de un pesado cinturón de cuero. La camisa, inmaculada, disimula una camiseta interior de tirantes, una camiseta de puro jefe. El jefe de migración lo controla todo, y por supuesto también el tiempo, a través de un enorme reloj de caucho que cuelga de su muñeca como un neumático con pilas. A eso de las 10.42, siguiendo el orden de la lista de reproducción que ha preparado a conciencia, suena Money for nothing en el equipo de música del jefe. Thats the way you do it; asiente mientras vacía la mitad de su cantimplora de agua con un sonoro sorbo. Su mesa está llena de papeles plagados de asuntos importantes, obvio, asuntos de jefe. Deportaciones, expulsiones…and chicks for free. Si, el jefe es un verdadero cowboy. Así que compórtate, salvo que quieras que arrastre tu culo al otro lado de la frontera.

Jaime P. Seoane 

M – #Pedacitosdenovela


De entre todas las amantes que había podido tener en su vida (que sin duda fueron bastantes) hubo pocas de especial condición. Esas que permanecían en su sitio siempre, esperando; esas que eran espacio y tiempo, brisas y grados de humedad, eran la voluntad y el pecado de muchas otras personas y eran climas enteros y distintos pasatiempos, e idiomas diferentes. Esas eran las amantes que cualquier hombre desea, las únicas que Guevara admiraba, aunque nunca me lo dijo. Esas que no cambiaban al verlo porque tenían la identidad de un viento huracanado que sólo responde a sus propios antojos. Para Santiago, los nombres de estas mujeres debían escribirse siempre en mayúsculas, decirse en mayúsculas.

La más eterna de todas tenía en la M su primera letra, y era, por las veces que oí hablar de ella, toda una señorona. Altiva, lo suficiente. Castiza y moderna por partes iguales. Capaz de mezclarse en todos los ambientes con el mismo salero y en ser el alma de la fiesta en un matrimonio y un entierro. AMiga del teatro y la música de autor y al mismo tiempo forofa de las fiestas populares, vampiresa eterna capaz de cerrar todos los bares. M combinaba en su reloj biológico el juicio y el desenfreno, el amor de una noche y la apología al amor cristiano más olvidado (para algunos retrógrado y para ella seña de identidad de un pueblo). La M de M la hallabas en la Música, en los Museos y en las Musas de pantalones cortos. También en el aMbar de la resina, en las Manifestaciones y en la Mierda. M era la madre de todas las eMes. Tenía en cada estación Mezclas de Mil colores y sabores. Sonaba a hojas aMarillas en otoño. Sabía a uvas Moradas en invierno y olía a Menta y hierbabuena entre junio y septiembre. Me atrevería a decir que M fue la amante de Santiago Guevara por excelencia, la única que en todo momento lo podía poner en su sitio.

M era capaz de convertir cualquiera de sus arengas, fundamentales o caprichosas, en un silencio.

Jaime Pérez-Seoane de Z.

@jaimeperseo

Salida de emergencia


– ¿Está usted cómodo en la salida de emergencia? – La afable voz de la azafata sacó a Mauro de su letargo. – Sepa que deberá asistir a otros pasajeros si es necesario. –

El gigantesco mulato reveló varios huecos en su dentadura al asentir. El campesino vallecaucano de sesenta y cuatro años, diagnosticado de cáncer cerebral, por fin volaba en avión. Su destino, Bogotá, donde había crecido, fruto de su remota pasión con la sobrina de su terrateniente, su única y desconocida hija.

– Tranquila, joven. No moriremos ahorita. Un ángel de Dios me espera para abrirme las puertas del cielo.

 

 

Jaime Pérez-Seoane de Z

@jaimeperseo