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Telegrama.


Telegrama encontrado en la base secreta nazi conocida como “Schatzgraber” en la isla de Alexandra en el círculo polar ártico. En servicio durante los años 1943 y 1944. Nunca llegó a enviarse porque la base sufrió un misterioso colapso y no hubo supervivientes. Fue descubierta años después del suceso. Fechado el 17 de enero de 1944 y supuestamente escrito por el biólogo de la Whermacht, Wilhelm Dege, jefe de la misión científica destacada en la base. 

 

Soy el único superviviente. El resto han muerto. STOP La tormenta no amaina. STOP Nieve por todos lados. STOP La espécimen escapó hace tres días. STOP Temo no poder sobrevivir mucho tiempo más. STOP Refugiado en sala de comunicaciones. STOP No hay salida. STOP Ella está ahí fuera. Sabe dónde estoy. STOP La puerta no aguantará. STOP Sabe dónde estoy. STOP No vengan a por mí. STOP. Repito. No vengan a por mí. STOP Ella

 

Carral del Prado.

 

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Pablo Pérez.


-Me vine de México porque me dijeron que aquí había chamba y allí ya no quedaba más que el narco. Dejé mi pueblo buscando una vida mejor y nunca pensé que llegaría aquí tan rápido. Me llamo Pablo Pérez aunque nadie sabe ya mi nombre. Mi trabajo no era el mejor, ni tampoco legal pero, la neta, era un trabajo honrado que me daba una lanita. Algunas obras aquí y allá no más. No necesitaba mandar nada de vuelta. Mis padres murieron ya viejitos cuando las llamas devoraron el llano en el que vivían. Yo solo pude observar desde lejos. El desierto ya les había secado los huesos antes de que el fuego les dejara como pura ceniza a ellos y a su casita. No más escucho ahorita el tamborileo de la lluvia sobre aquel mármol y el viento correr sobre su superficie pulida pero ni tan solo una persona se ha acercado todavía.

-Nadie conoce ni recuerda tampoco mi nombre. La voz venía de mucho más abajo. -Llevo aquí mucho tiempo más que tú y mi historia es muy parecida. Vine buscando trabajo y ese mismo trabajo fue mi final. Ahora llevo tantos años aquí y estoy tan abajo que no oigo ni a la lluvia ni al viento pero sí te digo que no recuerdo haber oído a nadie llorarnos ahí arriba. Aunque a algunos de los de aquí se los han llevado después de un tiempo. Mis padres no supieron nunca dónde estaba, espero que hayan sido capaces de perdonarme, inshallah. No me gusta pensar que lo hablan cada día igual que hacemos nosotros. Mi nombre tampoco aparece en la losa y encima de ella hay una cruz de un dios que no es el mío. Recuerdo todos los días los viejos olivos de mi padre frente al mar, ese mar que crucé con el ímpetu de la juventud y que nunca más volveré a ver.

-Yo también recuerdo los ágaves que se plantaban en mi pueblo, aunque nunca fuimos dueños de nada. Apenas sí vi al patrón alguna vez. Recuerdo ayudar a mi padre a pelar la fruta y luego moverla a la destilería para elaborar el mezcal con el que luego le pagaban. Nada más que le pagaban en eso y en un saquito de frijoles y algo de harina para las tortillas. Así de jodidos éramos. Pero también hubo felicidad en aquel tiempo que me es tan lejano. Los muchachos recorríamos los páramos de alrededor del pueblo y les jalábamos la cola a las culebras y alacranes. Por la noche el cielo estaba llenito de estrellas. En esta ciudad no hay más que pura oscuridad, incluso en las noches más claras. Pero ahora me gustaría verlo.

-Yo vivía cerca del cielo. Esta vez la voz venía de su lado. –En plenas montañas. Comíamos patata y yuca y arroz con pollo los días de celebración. Pescábamos en el lago sagrado de nuestros antepasados y las cholitas cocinaban el pescado vestidas con sus sombreros bombín mientras cuchicheaban sus chismes en nuestra lengua indígena. Hasta que llegó el gobierno y nos obligó a marcharnos a la ciudad porque descubrieron algo bajo nuestra tierra. Algo que valía mucha plata pero nosotros nunca vimos un solo peso. Entonces me vine acá y acabé como ustedes en esta fosa sin nombres.

-Recuerdo también el día de muertos, cuando íbamos al cementerio a ver a mis abuelitos y a mi pobre hermano al que se lo llevaron unas calenturas cuando apenas era un chamaco. Me gustaba ese día, en México nos gustaba recordar. Con muchos colores no como aquí dentro de esta caja que es todo luto. Ahora soy yo el muerto y nadie viene a este desolado rincón a recordarme. Soy uno más entre tantos olvidados, y aunque ya no me guste, lo único que me queda es recordar aquello que ya no va a volver.

 

Carral del Prado.

¡Ha llegado!


Da el viento el aviso con el reseco silbido de sus labios cortados. Inquieto el polvo se refugia entre las crepitantes ramas secas. Se despereza la higuera y se estiran sus hojas en la cosquilleante percusión de incontables baquetas que las usan,  con permiso,  de tambor.

Un susurro húmedo envuelve a la luz que somnolienta descansa un rato sobre oscuros algodones. Vuelve la libélula con su volar juguetón. Se esconde el cernícalo en el risco y la golondrina bajo el balcón.

Las manos entrelazadas de los enamorados acortan su distancia y ahora buscan consuelo, destempladas, en cinturas y en hombros ya tapados.

El río incrédulo recibe la llegada abriendo y cerrando los ojos con cada una de las visitas que ahora parecen infinitas. Escuálido durante meses,  ahora sin mesura y sin control,  besa lujurioso a la ribera de la que en verano sin fuerzas se despidió.

La soledad se sienta en las terrazas mojadas y, en los salones, sonríe crujiente la chimenea mientras observa al cálido sofá bajo pesadas mantas olvidadas que cubren a unos pies zalameros que se toquetean.

Hace profundo al albero, oscuro al granito, feliz al viñedo. Ha llegado. Y con ella el otoño y los bosques sedientos que pronto serán colorados.

Carral del Prado.

Poemenos: Trato.


 

Tenía un trato con la vida.

Ella le sonreía y él, a cambio,

de vez en cuando, le escribía poesía.

 

Tenía un trato con la vida.

No se resistía a los cambios y aceptaba,

cuando tocaba, la tristeza.

Pero quedaron en llorarla juntos y, al terminar,

volver con mayor firmeza.

 

Acordaron no resistirse a crecer, no evitar obligaciones.

madurar cuando hiciera falta pero sin dejar de ser niños

para los que todo, incluido el aburrimiento,

serían diversiones.

 

Pactaron descubrir nuevas cosas cada día.

Enfrentarse a los miedos, vencer las manías.

Aunque reservaron cláusulas como hoy toca no hacer nada

y que eso también sumaría.

 

Tenía un trato con la vida. Enfados los justos.

Rencores ni uno. Si tocaba cabrearse habría que hacerlo con mesura.

Sabiendo el por qué y cuidando el cómo.

Sin sustos.

 

Quedaron en que vale ya de preguntarle a ella

que todo esto de qué va, que de dónde viene, que por dónde saldrá.

Deja de preocuparte. Disfruta imbécil.

¡Venga ya!

 

Tenía un trato con la vida. Y siempre lo cumplía.

Aunque el día viniera torcido, aunque le dijeran que no le querían.

Aunque lloviera.

Porque cuando eso pasaba, ella le sonreía

Y él, de vuelta, le escribía poesía.

 

Carral del Prado.

 

Poemenos Prohibidos: Mortal Inmortalidad.


Como la tormenta de verano, anhelada su agua por el páramo, que en vez de regalo es maldición. Demasiado intensa ha llegado. Entre rayos y truenos y vientos huracanados, lo que debía ser vida es muerte y mutilación. Arrasa el tierno brote del sembrado.

Es una primavera precoz. Confundido el almendro por el tibio calor del sol de invierno despierta a sus flores que se deshojan, frágiles y sorprendidas, amortajadas con la última nieve de la nevada tardía.

Pero es la lavanda una flor inmortal pues incluso muerta y seca mantiene su olor. Fresco perfume que cuenta, aunque ya ida y marchita, su preciosa existencia.

Derrotado y ahogado, como el último oso polar en el infinito de un mar descongelado, sin esperanza todavía nada. Y mientras se hunde en la profundidad del océano, níveo en la oscuridad, sigue pensando en la blanca salvación del hielo inmaculado.

Sin pedir permiso ni perdón, sin guardar un ápice de rencor. En la soledad de un mar que acoge su cuerpo muerto que no para de nadar.

 

Carral del Prado.