Archivo del Autor: Los Periodistas Muertos

Eternidad.


He visto marchitarse, decrépita, la piel que cubre mi cuerpo. La he contemplado cuarteada y quebradiza sobre mi esqueleto; seca y amarillenta como papel de periódico viejo.

He oído cloquear mis huesos, agitados por vientos ancianos en áridos páramos abandonados. Mis dientes carcomidos y delgados han sonreído sin labios a un sol errabundo, añorante de verter luz sobre otros mundos.

Las sarmentosas falanges de mis pies y manos se han desparramado entre ásperos guijarros de costas sedientas. Son una cicatriz en una tierra desesperada; sin latidos, harapienta.

Las vacías cuencas de mi calavera me han observado sin aliento, impávidas en su espera. No dicen nada, no hay respuesta en su ceguera.

Si he visto yo esto, tú, lector que verás o has visto los siglos pasar. Si he presenciado mi muerte pudrirse te pregunto ¿acaso no soy ya inmortal?

 

Carral del Prado.

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f o r m a


Por las arrugas de su piel gruesa en las esquinas arrugada, aunque gruesa en toda su unidad, la libreta catalana había vivido al menos cien años, juntando su vida como libreta y su pasado como vaca, quizás como vaca gallega, o vasca, o francesa, pero de vida seguramente cercana a la costa por su piel tersa y sus manchas de tanto y tanto sol, y, bueno, porque era fresca, no en un sentido metafórico o contextual, sino genuino, muy fresca, al menos en su vida como libreta, y eso solo lo hereda una libreta cuando su ancestro vaca ha tenido una buena vida, y ha sido también fresca, y ha vivido frecuentemente cerca de la costa y de los pastos ricos en minerales que deja el mar en su visita a la costa, una costa lluviosa en cambio, donde el sol pasaba todos los días un rato pero solo un rato, y donde la gente paseaba desnuda por el prado verde, y pastaba con las vacas, las que eran madres y que daban leche, y las que luego eran pasto, y las que luego eran libreta también, como la mía, arrugada solo un poco y solo en las esquinas, llena de vida y de sitio para más palabras y más pensamientos que en ocasiones no tenía que escribir, porque los espacios, lo que se omite o lo que se calla, como los silencios en la música, son al menos tan importantes como lo que se dice,

 

 

 

lo que se escribe

 

 

 

 

 

y acentúa, 

 

 

 

 

 

 

y en particular lo que se acentúa, porque los acentos son lógicamente sólidos, pero no tan evidentes ni GROTESCOS como las MAYÚSCULAS, y por eso yo sabía que la mía, mi libreta, era fresca, aunque no tan fresca como alguna que conocí en un viaje a Barcelona, en un viaje de mayo después de siete horas en coche en una madrugada de camiones y dejando a mi abuela enferma en Madrid, después de oír un concierto de un tipo que sólo hablaba catalán pero no quería saber ni sabía nada acerca de la movida independentista de esos días, y yo me alegro como me alegré cuando supe ese día que mi libreta tenía hermanas libreta, lo cual me hizo pensar que seguramente había tenido hermanas y hermanos vaca, o toro, con este lío de géneros ya uno nunca sabe, pero sí sé que tenía familia porque su apellido se leía, dibujado en su lomo, grabado con cariño y sin ánimo de hacer daño, en mi libreta tanto como se leía en sus hermanos, en una tipografía romana, antigua al menos, y creo que romana, y su apellido se leía

 

A

R

A

S

A

 

y pensé que era de buena familia, y que qué suerte la mía por haber recibido a este nuevo miembro, ahora de mi familia, para siempre de mi familia, al menos en su vida como libreta y hasta que decidiera o le tocara o la casualidad la condujera a cambiar de forma, y a cambiar de vida, y a cambiar de manos y de familia pero siempre en las esquinas de su piel describiendo su historia, primero como vaca del campo de una costa lluviosa donde el sol aparecía a ratos, después como libreta pulcra y fresca, tanto como lo era la vaca, con algunas arrugas, llena de sabidurías y de dichos y  de silencios, y luego como quién sabe qué, acaso los hindús lo imaginan, pero sin duda otra forma noble, como esta libreta querida merece.

Jaime Pérez-Seoane Z

Café


Un mes duplicando la dosis de café había bastado para generar en mí una resistencia a la cafeína y convertir mis trece tazas diarias en otro vicio fútil que ni siquiera me mataba. Las taquicardias habían subido desde entonces, aunque también subió la ansiedad. Y la ansiedad me iba a mantener despierto al fin y al cabo, ¿para qué el café, entonces?

Había permanecido durante años divorciado de la cafeína. Demostraba no contribuir a mi concentración desde hace veinte años. Entonces, tomaba Red-Bull al volver de fiesta para competir como atleta, por supuesto, sin pasar por la cama. Aún era una joven promesa. Joven, porque tenía unos quince años y aunque mis hábitos fueran más propios de un yonki o de un suicida, seguía teniéndolos. Promesa, porque lo mejor en teoría estaba por llegar para mí y mi carrera. Aún no me habían expulsado del equipo por alcoholismo, y eso que argumentos les sobraron desde siempre.

De nuevo harto de la cafeína, estaba buscando un sustituto. O un complemento, más bien. Necesitaba más pulsaciones, ya que cambiado mi horario: empezaba el día a las cinco, dos horas más de día sin luz, libre de tentaciones, con los bares cerrados y delante de la libreta. Mi madre no se levantaría con suerte hasta las ocho, y los primeros pedidos en la tienda empezaban a llegar rigurosamente a partir de las nueve. Dos horas de escribir sin inspiración, pero con método, que es lo más importante, y si no pregúntale a Hemingway, otro borracho que al contrario que yo podía beber sin convertirse en un completo incapaz o un demente.

“Diario de un adicto” era mi título provisional, poco original, ya lo sé. Había escrito unas tres páginas en los primeros siete días. Lo rápido que corría y lo despacio que escribo. Pensaba contar mi vida en un libro, al menos inspirar una historia en mi vida, aunque la haría más interesante de alguna u otra forma. Una joven promesa en varias materias que termina de papelero de barrio y ocupándose de su madre enferma de Alzheimer no suena muy comercial. Por eso me quería centrar en mis adicciones, en las montañas rusas del éxito, que las subidas y sobre todo en las bajadas y en lo mucho que disfruto ese viaje.

El café era la última de esas adicciones, pero debía compartirme con la mentira, el sexo y la adicción a involucrarme en historias y vidas de los demás que no me conciernen y que suponen un desafío menos doloroso que la mía propia, además de un pasatiempo considerablemente reconfortante – aunque esto según qué vida y según qué historia, he de decir. Y con el alcohol, claro. El alcohol, que tuvo su momento y tendrá sus páginas, pocas como casi todos, en esta inevitable rutina de agarrar algo por los cuernos y vaciarlo hasta que no le quede nada, exprimirlo como un limón y después dejarlo partido en dos al borde de la carretera para que el sol reseque sus restos y transforme su materia.

Podía repetir a cualquiera de mis terapeutas del pasado, o decir que la vida había amenazado con aburrirme unas cuantas veces, y que mis adicciones eran la solución y no el problema. Que no fue el alcohol quien me alejó de mi madre en un principio, que fui yo, y de que su enfermedad se agudizó por mi culpa,  porque yo, el niño de sus ojos, su gran apuesta fallida, me ocupé de hacer siempre exactamente lo contrario.

No sé cómo, todavía, pero mi historia quedará plasmada en algún momento. Escribir puede convertirse en mi nueva adicción. El papel no me responde ni me deja una lección para el futuro, ni me pide calma ni me mete prisa, y eso que yo le maltrato todo el tiempo, y mira que hace poco que nos tratamos. Le abandono en temporadas largas y le busco cuando mi madre ya no me reconoce al otro lado del mostrador. Veremos si me reconoce hoy. Son las ocho, y tengo que prepararle el desayuno y ayudarle a vestirse antes de que entren los primeros pedidos. Y tengo que hacer café.

 

 Jaime Pérez-Seoane Z

Última orquesta


El polen se pegaba bajo las gomas en las ventanas del autocar, que dibujaba una columna de humo negro a su paso. Miguel había aprendido a leer con ruido en sus trayectos de autobús, más largos desde que por fin llegara la primavera. El atasco crecía como el polen, y las moscas y los coches se importunaban mutuamente en la autopista.

Egisto, disponiendo la muerte y la moira, me asesinó, con mi esposa maldita, invitando a su casa, al darme una comida, como alguien mata un buey en su establo. Homero cantaba a Miguel en su viaje a Madrid, y hacía las veces de orquesta un motor de treinta años con cáncer terminal. ¡La muerte anunciada en una vieja edición de tapa dura en un difunto cacharro rodante! Llegó a Moncloa con polen en su nariz, sudor entre los dedos, y con las masas. Ahora, a esperar al Dieciséis, otra hora más con suerte y estará de nuevo frente a su violín.

Dos semanas desde el último viaje similar, más de siete meses desde su primera suplencia en el Auditorio Nacional, desde la primera vez que escuchó la promesa: “quien sigue la consigue”, habrá un puesto fijo en la Orquesta Nacional para él en cuestión de semanas, o meses, pero sólo si era paciente y sólo si era aplicado. Cada vez eran menos los conciertos en los que se le requería; uno cada tres semanas últimamente, y el director ni se le acercaba a saludar en los ensayos, no como al principio, cuando le invitó a comer enfrente del estudio en un  día de nieve intempestiva, y alabó su talento. El primer violín, un gallo de novela de Javier Marías, con su melena al viento y sus maneras de Don Juan oxidado, le trataba como si le hubieran rescatado del Parque del Retiro. Miguel había compartido conservatorio con él un año, y entonces no se comía ni media rosca. ¿Era menor que él?

Maldito Auditorio, maldita Orquesta Nacional cuyo premio nunca llega. Lo había dicho algunas veces pero pensado menos. Esta vez, lo tenía claro: era la última.

¿Sube, o no?, oyó de la mujer a los mandos del dieciséis, y pensó que era muy guapa. Le recordó a su madre de joven, con su pelo de nebulosa y sus labios de mucha carne. Su madre, ella hubiera sabido decirle qué hacer: que se plantara, probablemente, ya está bien de tanto aguantar por un sueldo miserable, alguien vendrá después a reconocer su talento.

¿Cuánto ganará esta chica por conducir el autobús? Ocho horas al día, con sus descansos y sus paisajes urbanos cambiantes, ¿y quién sabe más de autobuses que yo, que llevo treinta años montado en uno? Podría ser conductor. Podría ser muchas cosas, pero violinista ya no. Algo tengo que hacer.

Fue en la calle Príncipe de Vergara, a la altura de Diego de León, donde un camión cisterna del Canal de Isabel II ocupó el carril contrario y le dio al Dieciséis de comer acero y agua, llevando a la muerte a dos, funestos invitados como los de Egisto: una conductora de autobús de melena suelta, que resultó llamarse Carmen, ser madre de dos y de Moratalaz, y una conocida promesa del violín, de Villalba,  el primero en debutar en Viena a los quince, y a quien esperaba este jueves, en el Auditorio Nacional, una oferta para ocupar una plaza permanente en la Orquesta Nacional.

Jaime Pérez-Seoane Z

Un libro de una selva


Martín fue depositado en una sala gris y fría, donde se le inventarió (un policía decía “un bebé”, y el otro escribía “un bebé”)  junto a dos maletas repletas de billetes sin marcar, una lámpara balinesa de dos por dos metros, una alfombra persa de origen desconocido que no cupo en el apresurado embarco a Suiza de sus padres, un reloj del siglo XIX que llevaba sin funcionar desde ese tiempo, y otros enseres menores, al menos para quien siempre se rodeó de objetos y todavía, en estos tecnológicos días, siente atracción por las cosas poco prácticas.

Ahí quedó Martín, como una cosa más, a sus cuatro años, diez meses y veintiún días, desprovisto del calor de su madre huída. El pequeño quedó a cargo de los servicios sociales por orden del juez, aunque siempre sintió detrás el aliento del consejo. Los muebles se dejaron, por orden del juez también, a cargo de la institución policial encargada de la subastas que se hacen con los bienes de los presos, y a veces también de los fugitivos.  

No pasó demasiado tiempo hasta que Martín fue presentado por su tutor ante el consejo. Hablaba como un hombre, pero aún era un chaval. Muchos le miraron primero con recelo, otros con rencor por ser hijo de quien era.  Muchos con pena. Sólo algunos declararon un deseo incuestionable de integrarle en el grupo: lo hicieron los que tenían en su instinto más humano la intención de protegerle, y otros que vieron en él una plataforma a la popularidad. Entre los primeros se encontraban dos de los más extraños personajes que entonces tenían voto en el consejo: Adriana, una mujer felina y solitaria, y Nacho, un hombre maduro, sensible y bueno, alejado del oportunismo que gobernaba en el consejo.

Juan, el líder entonces, aceptó acoger al muchacho desde el principio. Al menos esa fue su posición pública, ya que en sus adentros lo hizo a regañadientes: la dirección no debía, en su opinión, reconocer sin más al hijo de un fugado, de un ladrón, de un señalado. Entre recelos y miedos y con prisas los años pasaron, y Martín fue ganándose, gracias a su predisposición, su alma trabajadora y su corazón limpio, el cariño del consejo. Tiempo después, incluso Juan había olvidado su origen criminal, y fue él quien le propuso ante los demás como jefe de nuevas generaciones.

Los años seguían pasando, y, como a todos, a Juan le llegó su momento. No tuvo que volar a Suiza a la carrera, como habían hecho los padres de Martín y otros antiguos miembros, pero tenía que colgar los zapatos. Impoluta o casi, su carrera pública había hecho mella en su salud, y su estrés engordaba a diario un tumor intestinal. Su prioridad era ya otra; tocaba encontrar un sucesor, y Martín tenía un registro impecable.

¿Quién hubiera dicho que el pequeño huérfano, abandonado ante la codicia, podía llegar a jefe del consejo, a líder, e incluso más tarde quién sabe si a presidente del gobierno? Pocos, la verdad, desde luego Adriana no. Ella, que había acogido, entrenado y acompañado a Martín en sus inicios en política, quería lo mismo que él, y lo quería más que él. La gatita era ya una leona y su piel era otra. Una semana antes del dia de la votación para la elección de nuevo líder, Adriana filtró entre los sabios del consejo información que inculpaba a Martín en el robo de cientos de millones de euros. Nunca se demostró, ni falta que hizo, amén de lo imposible que resulta demostrar algo que no es cierto. Martín era Martín y sus circunstancias, y en el sentido más orteguiano lo era: el hijo de un ladrón es siempre un ladrón.

Jaime Pérez-Seoane Z