Archivo del Autor: Los Periodistas Muertos

Peces en el agua


“Porque al político profesional, sea de izquierda o de derecha, lo que de verdad lo moviliza, excita y mantiene en actividad es el poder: llegar a él, mantenerse en él o volver a ocuparlo cuanto antes (…) Muchos políticos empiezan animados por sentimientos altruistas, pero, en esa práctica menuda y pedestre que es la política diaria, esos hermosos objetivos van dejando de serlo, se vuelven meros tópicos de discursos y declaraciones, y al final, lo que prevalece en ellos es un apetito crudo y a veces inconmensurable de poder”.
Mario Vargas Llosa publicó esto en 1993, poco después de haber probado las mieles de la política por primera vez – a sus años, dudo que volvamos a verle en la política activa, aunque se nota en su sangre que hierve cuando la política y la vida se tocan, véase el independentismo catalán por lejos que le pille en la teoría, o léase su ultimo libro – y de haber sido derrotado en las presidenciales del Perú. “Quien no es capaz de sentir esa atracción objetiva, casi física, por el poder, difícilmente llega a ser un político exitoso”, decía, en esa biografía que tituló El pez en el agua, y que encontré una vez, la primera, en un mercado de La Boca, en Buenos Aires. Que leyera esta biografía (o gran parte de ella) y este pasaje en particular en un avión rumbo a Lima, y que después de Lima me tocara tocar Buenos Aires de nuevo por poco más de veinticuatro horas, era una afortunada casualidad. Una de esas que te hacen sospechar de las casualidades y de su existencia y condición, como buen agnóstico, ente diminuto e ignorante que, salvo en el ser humano – y su representación peor en estos tiempos, el político – cree en todo y en nada al mismo tiempo.
Casualidad también que Lima se prepare estos días para unas elecciones municipales, y que sus variopintos barrios, tan desiguales como pegados el uno al otro, fueran una feria de cartelería propagandística. “Vivimos bien, pero podemos vivir mejor”, rezaba un eslogan de un candidato del acaudalado Miraflores que me hizo reír. San Isidro, Barranco, El Callao, barrios ricos y pobres, desiguales como el país mismo, mostraban sus vergüenzas en forma de caras y frases cortas, las de decenas de políticos por barrio, probablemente en muchos casos aún animados por sentimientos altruistas, por el empeño de cambiar la localidad, de hacer las cosas bien, de reducir la corrupción en sus alcaldías, municipalidades, iglesias, policías, colegios públicos, transportes públicos. Probablemente.
Literariamente, me alegro de que Vargas Llosa no ganara las elecciones en Perú (perdió en segunda ronda ante Fujimori, después de haber sido el gran favorito, en 1990). Su producción literaria ha sido extensa, y aunque no le incluyo entre mis autores contemporáneos favoritos, varios de sus libros son para mí como poco una inspiración. Me parece, como lector (no he tenido la suerte de conocerle en persona) un tipo honesto. Y asumo que hubiera perdido aquella cualidad y probablemente otras, de haber abrazado la política desde la puntiaguda cúspide. Quedó, y si fue para mal del Perú no lo sé saber, sin morder esa manzana tan roja, y evitó, supongo, un fatal final entre rejas o perseguido o calumniado, si miramos el destino de los presidentes del Perú en las últimas décadas, incluido el de su rival allá en 1990.
Bien por él, y por aquellos que buscamos convicciones suficientes para creer en la literatura, en el arte, y en el deber de cada individuo de recuperar la vieja práctica de pensar por uno mismo. En un segundo nivel se encuentra la misión de bastantes, pero no necesariamente de todos, de poner sobre la mesa lo que se concluye, de convertir las experiencias en conocimiento y de compartir descubrimientos, preocupaciones o ingenuas alegrías mundanas. Observar el mundo y advertir sus desafíos es una tarea que debe acometerse sin intereses particulares— lejos de la política – y sin pelos en la lengua, sin dejarse desviar por la gran avenida que la masa y la mediocridad tanto han atiborrado en estos años (¿cien o más?) y que necesitamos empezar a desalojar, empezando por las esferas de poder, ese ansiado y perseguido por los mismos o los parecidos, vistan la camiseta que vistan.
Jaime Pérez-Seoane Z
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Poemenos: En la costa.


Se aleja el cormorán de la costa

con sus alas negras sobre el verde

mar que mece tu recuerdo que se agosta

en las letras de ese autor que te pierde.

Mientras el atardecer muere de nostalgia

en la orilla nadan flechas de plata.

Espumas de oro rosa, ramas de acacia,

quien pudiera cabalgaros cual pez de hojalata.

Llevadme lejos, hasta otro horizonte

contigo, mi pasión de estío y, cada día,

del tedio mi escudo y mi soporte.

Yo quisiera naufragar en tus aguas frías,

ahogarme en tu humedad salina,

y llegar flotando a tu costa sombría.

Ser juntos arena, brisa y ave marina.

 

Carral del Prado.

“¿Quién es? ¿Chano?”


La cabeza asoma brevemente por la puerta y pregunta. “¿Quién es? ¿Chano?” Sí, Chano. Y continúa su camino. Inconfundible Chano Lobato con sus tanguillos. Cómo quieres que te abra la puerta de mi bohío si tengo a mi mulata dentro… La cabeza es de mi padre, maestro flamencólogo, sabio del cante, enamorado del duende. Es una música complicada de escuchar, cierto. Y lo sé mejor que nadie. Durante años y años lo escuché junto a mis hermanos en interminables viajes de carretera completamente impermeable a sus efectos. El Pali, El Beni, El Cabrero, Los Amigos de Gines; el cachondeo que suscitaban entre toda la familia los nombres de los cantaores y grupos es ya un mito.

Esos viajes de entonces en los que íbamos siete en el coche, más mi perra, y comíamos bocatas que repartía mi madre desde el asiento del copiloto y las únicas paradas eran para poner gasolina y echar un pis rápido. Sevilla de mis entrañas, población incomparable… Me costó lo suyo aprender a disfrutarlo. Los inicios tienen que ser suaves, por supuesto. Como alguien quiera acercarse al flamenco y comience por escuchar unas seguiriyas del Lebrijano va listo, y eso que son una auténtica maravilla pero es demasiada pureza para iniciarse. Hay que empezar más ligero. Por cierto que esa es la palabra que utiliza mi padre cuando para él un cantaor no llega: “Es bueno pero es de cante ligero”, pronúnciese esa ge casi como si fuera hache.

Efectivamente la aproximación al flamenco tiene que ser tranquila y comenzar por fiesta o por mezcla si se quiere; algo por debajo del cante ligero para mi padre. El compadre Manuel Tablones, con la Kika su prima hermana, a vender boca y camarones en un barco se fue a La Habana… Por mezcla me refiero a Pata Negra, a Kiko Veneno, a Los Delincuentes o, sin duda la mejor manera, por Camarón. Una vez se ha cogido el hilo de Camarón la progresión hacia el cante es imparable. Partiendo de que Camarón es todo, tradición y pureza, modernidad e innovación. Ya decía El Torta que Camarón era uno y ya no nace nadie como él. El descubrimiento del universo casi infinito que supone el flamenco es una aventura tan extraordinaria que a veces incluso siento compasión por la gente que no acaba de entrar. Es el arte más auténtico, más original, más singular que existe. Cuando a uno le coge el pellizco es absolutamente imposible escaparse.

No es raro entre aficionados al cante compartir que con esta canción o con tal cantaor se le saltan a uno las lágrimas. De hecho uno de los momentos más increíbles que he vivido yo en esto del flamenco fue ver llorar a mi padre y a un amigo suyo escuchando en directo los cantes de trilla de Fernando de la Morena. Como estaban desmayaitos y personas güenas las hay, consiguieron que en un barquito los llevaran de rumbo a Cai.. Dos señores hechos y derechos, con sus mujeres al lado, llorando sonrientes en silencio sin poder ni querer evitarlo. Pero además de tener la suerte de la guía de mi padre en este mundo diverso y rico, tengo también a mi compadre el Marqués, un fenómeno, que es mi compañero de veladas flamencas. Fue él quien me llamó un día de vacaciones de Navidad para decirme “Se nos ha ido, tío, se nos ha ido”. Se refería nada menos que a la muerte de Juan Moneo, El Torta de Jerez. Sin duda uno de los más grandes cantaores que ha dado este arte único y al que tuvimos la suerte de ver en directo muchas veces e incluso conocerle personalmente.

En fin, mientras escribo esto y siguen sonando los Tanguillos de Chano sorprendo a mi padre pasando de nuevo por la puerta a pasos cortitos haciendo caracolas con las manos al compás. Como el flamenco no hay nada.

Vámono pa Cai, primita mía, vámono pa Cai…

 

 

Carral del Prado.

Eternidad.


He visto marchitarse, decrépita, la piel que cubre mi cuerpo. La he contemplado cuarteada y quebradiza sobre mi esqueleto; seca y amarillenta como papel de periódico viejo.

He oído cloquear mis huesos, agitados por vientos ancianos en áridos páramos abandonados. Mis dientes carcomidos y delgados han sonreído sin labios a un sol errabundo, añorante de verter luz sobre otros mundos.

Las sarmentosas falanges de mis pies y manos se han desparramado entre ásperos guijarros de costas sedientas. Son una cicatriz en una tierra desesperada; sin latidos, harapienta.

Las vacías cuencas de mi calavera me han observado sin aliento, impávidas en su espera. No dicen nada, no hay respuesta en su ceguera.

Si he visto yo esto, tú, lector que verás o has visto los siglos pasar. Si he presenciado mi muerte pudrirse te pregunto ¿acaso no soy ya inmortal?

 

Carral del Prado.

f o r m a


Por las arrugas de su piel gruesa en las esquinas arrugada, aunque gruesa en toda su unidad, la libreta catalana había vivido al menos cien años, juntando su vida como libreta y su pasado como vaca, quizás como vaca gallega, o vasca, o francesa, pero de vida seguramente cercana a la costa por su piel tersa y sus manchas de tanto y tanto sol, y, bueno, porque era fresca, no en un sentido metafórico o contextual, sino genuino, muy fresca, al menos en su vida como libreta, y eso solo lo hereda una libreta cuando su ancestro vaca ha tenido una buena vida, y ha sido también fresca, y ha vivido frecuentemente cerca de la costa y de los pastos ricos en minerales que deja el mar en su visita a la costa, una costa lluviosa en cambio, donde el sol pasaba todos los días un rato pero solo un rato, y donde la gente paseaba desnuda por el prado verde, y pastaba con las vacas, las que eran madres y que daban leche, y las que luego eran pasto, y las que luego eran libreta también, como la mía, arrugada solo un poco y solo en las esquinas, llena de vida y de sitio para más palabras y más pensamientos que en ocasiones no tenía que escribir, porque los espacios, lo que se omite o lo que se calla, como los silencios en la música, son al menos tan importantes como lo que se dice,

 

 

 

lo que se escribe

 

 

 

 

 

y acentúa, 

 

 

 

 

 

 

y en particular lo que se acentúa, porque los acentos son lógicamente sólidos, pero no tan evidentes ni GROTESCOS como las MAYÚSCULAS, y por eso yo sabía que la mía, mi libreta, era fresca, aunque no tan fresca como alguna que conocí en un viaje a Barcelona, en un viaje de mayo después de siete horas en coche en una madrugada de camiones y dejando a mi abuela enferma en Madrid, después de oír un concierto de un tipo que sólo hablaba catalán pero no quería saber ni sabía nada acerca de la movida independentista de esos días, y yo me alegro como me alegré cuando supe ese día que mi libreta tenía hermanas libreta, lo cual me hizo pensar que seguramente había tenido hermanas y hermanos vaca, o toro, con este lío de géneros ya uno nunca sabe, pero sí sé que tenía familia porque su apellido se leía, dibujado en su lomo, grabado con cariño y sin ánimo de hacer daño, en mi libreta tanto como se leía en sus hermanos, en una tipografía romana, antigua al menos, y creo que romana, y su apellido se leía

 

A

R

A

S

A

 

y pensé que era de buena familia, y que qué suerte la mía por haber recibido a este nuevo miembro, ahora de mi familia, para siempre de mi familia, al menos en su vida como libreta y hasta que decidiera o le tocara o la casualidad la condujera a cambiar de forma, y a cambiar de vida, y a cambiar de manos y de familia pero siempre en las esquinas de su piel describiendo su historia, primero como vaca del campo de una costa lluviosa donde el sol aparecía a ratos, después como libreta pulcra y fresca, tanto como lo era la vaca, con algunas arrugas, llena de sabidurías y de dichos y  de silencios, y luego como quién sabe qué, acaso los hindús lo imaginan, pero sin duda otra forma noble, como esta libreta querida merece.

Jaime Pérez-Seoane Z