Mi primera Navidad


No sé si me desperté porque empecé a llorar o empecé a llorar porque me desperté. Una manta de plomo cubría mi cuerpo. Alguien la había puesto allí con la intención de aplastarme. Me libré de ella como pude. No soy una presa fácil. El calor era insoportable. No sabía dónde estaba. No era la primera vez que me pasaba pero era incapaz de recordar cómo había llegado a ese lugar inhóspito. Dormirme en un lado y despertarme en otro no me suponía ningún problema. A ciegas tantee mi entorno para reconocer el terreno. Me di cuenta de que estaba rodeado de barrotes. Otra vez. Atrapado. Un olor dulzón invadió la habitación. No podía decir que fuera desagradable pero me hizo recordar que estaba muerto de hambre. ¿Tortura psicológica? Muy probablemente. Escuché ruido fuera, aterradoras risas nerviosas, carreras, empujones, susurros gritados o gritos susurrados. Estaba amaneciendo y pensé que no tardarían en venir a por mí.  Para escuchar mejor dejé de llorar, bueno para ser justos dejé de hacer ruido porque llorar seguía llorando. Alguien encendió una luz. Lejos de avergonzarme intensifiqué mi llanto. Ese alguien me agarró de los brazos y me alzó con una fuerza muy superior a la mía. Sin esperarlo me invadió una infinita sensación de paz. 

Dejé de llorar al instante, de hecho era incapaz de recordar por qué lloraba. Cruzando mi cara, de Lisboa a Valencia, se dibujó una enorme sonrisa, serena, calmada. Desde la altura que me daba mi alzador observaba el mundo desde otra perspectiva, más distante pero también más cercana. El griterío que tanto me había asustado ahora me atraía. Quería formar parte de esa fiesta de emoción, nervios y alegría. Me habían estado esperando tras una puerta cerrada. El que no la hubieran abierto hasta que yo llegara me hizo especial ilusión. Reivindicó mi importancia en el grupo. Cuando se abrió todos salieron gritando. De una forma incomprensible, mágica, había crecido un árbol entre una chimenea y un sofá. Alrededor del árbol había regalos empaquetados con papeles de colores imposibles. Sobre una mesa había un extraño bizcocho con forma de rosca y relleno de nata. Mi alzador me soltó para cortar un trozo. En el interior había una sorpresa,  retiró la nata y me la dio, era una pequeña figura con forma de tortuga. Me hizo tanta ilusión que supe que lo guardaría de por vida. Supe que ese objeto me ayudaría a recordar ese momento de felicidad y confianza y que eso redundaría en mi carácter y en mis actos. 

¿Qué había ocurrido en una noche para que el mundo hubiera mejorado tanto? 

Rodrigo Ruiz-Gallardón

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