El señor McPherson


Cuando Lucas llegó al mundo, la pandemia impidió que su madre recibiera las tradicionales docenas de visitas en el hospital. Nosotros, salvando la pena de no presentar al niño a hermanos, padres e íntimos amigos, lo agradecimos: la certeza de que una tía segunda no iba a aparecer en la habitación sin llamar en esos días de fatiga física y emocional, teta fuera y culo al aire, era bastante tranquilizadora. En su lugar, el amor se manifestaba en preciosas cajas de floristerías, detalles de tiendas de ropa, sorpresas de bombonerías, y por supuesto, paquetes de Amazon, que se amontonaban en la recepción del hospital primero, y en la portería de nuestro edificio, después. 

Aquellos primeros días no prestábamos mucha atención a lo que llegaba en los paquetes, inmersos en el proceso de aprender a ser padres, un curso que me intuyo no deja de darse jamás. Lo único que atendíamos a tiempo era la comida que llegaba, claro. Y las primeras semanas se dieron así, más o menos como a todos los padres siempre, supongo, pero en pleno Covid, algo ya también aburridamente habitual.

Una semana o dos después de llegar a casa, algo más tranquilos, intentamos ordenar nuestras vidas y eso incluía las cajas recibidas. Entre los juguetes que recibimos recuerdo tres con especial cariño: una guitarra, un libro (el primero de Lucas, sobre el conquistador y aguerrido general español Blas de Lezo) y un conejito de peluche. Habríamos recibido tres, quizá cuatro peluches en total (somos muy afortunados) en esos días. Pero ese conejo, pálido, larguirucho y orejudo, creó una conexión mágica con el pequeño Lucas, a quien en sus primeros meses de vida llamamos amorosamente Leche Frita, probada su facilidad para regurgitar y vomitar cada diez minutos. 

El peluche se ganó el corazón del bebé Lucas primero, y un nombre propio inmediatamente después. El señor McPherson se hizo con un lugar en la cuna del chico – primero una de esas cunas de colecho, que viven pegadas a la cama de los padres, y luego su propia cuna independiente – y lo acompañaba desde el despertar hasta el dormir. En esos días escribí sobre McPherson (el apelativo de señor pudo ser posterior): ”McPherson es un conejo humilde, trabajador e introvertido. Es poco presumido, e inquebrantablemente fiel. No importa cuán grande sea el nivel de despiste de sus padres, el pequeño Lucas siempre acaba encontrando al pálido orejón a tiempo para irse a acostar o abrazarle mientras merienda”.

Podríamos decir que el tándem Lucas – McPherson era perfecto, pero, como dice el dicho, a todo conejo le llega su San Quintín. El señor McPherson debía enfrentarse a los dos grandes desafíos que todo conejo de peluche aguarda con pavor: el crecimiento de su niño, y peluches nuevos.

Llegó por fin la navidad, y mientras sus padres ganábamos kilos a paquete de ibérico por día, Lucas tenía hambre de nuevas aventuras. Había empezado a chapurrear palabras y a andar, ya comía de todo (había dejado de regurgitar) y contaba varios instrumentos en su colección, más los de Papá, que le encanta manosear y hacer sonar. Sus libros ya llenaban la primera estantería, y a la biografía de Lezo se sumaban libros musicales, libros sobre frutas y animales, y su primer Atlas. Pero nadie se había atrevido a regalarle otro peluche: la sombra de McPherson era muy alargada. 

En este punto, y situando la historia en la víspera de nochebuena, diré que aunque me encanta la navidad, nunca hemos querido fomentar un materialismo excesivo en estas fechas, porque ya tenemos demasiada suerte. Por eso, no escribimos carta a Papá Noel, al niño Jesús ni los Reyes Magos. Sin embargo, la magia no se puede controlar ni condicionar, y Lucas amaneció el día veinticinco con varios regalos. Uno resultó ser el peluche más increíble que ningún niño podría soñar: un oso enorme y achuchable, suave como una almohada, ruidoso y cantarín, capaz de conversar con una voz dulce y penetrante que hipnotizaría a Alejandro Magno. Yo mismo quise ser Lucas para ser dueño y amigo de aquel oso amoroso dos punto cero. Lucas lo recibió con extrañeza, con la cautela que define su inteligencia, y fue descubriendo sus maravillas poco a poco, como quien mastica un dulce muy despacio. Por supuesto, di al bueno de McPherson por muerto y olvidado. 

A la mañana siguiente, trasnochados por las fiestas navideñas, cumplí con el ritual mañanero y fui a buscar a Lucas a su habitación. Ahí estaba él, esperándome de pie, con una media sonrisa y la cara de sueño aún pegada a la barandilla de la cuna. Le abracé y cogí en brazos, y me hizo una mueca. Ante mi indiferencia, insistió señalando hacia abajo. En la cuna yacía el viejo McPherson y Lucas lo quería tener. Le cogí, y le abrazó, como cada mañana al despertar y cada noche antes de dormir antes y después de que llegaran otros a intentar suplantarle. Lucas ha cambiado: ya no es Leche Frita, ni es un bebé, sino un niño pequeñito. Pero su corazón es fiel a McPherson, y esa temprana lección no la voy a olvidar. 

Jaime Pérez-Seoane Z

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