Bendita Navidad


¡Demonios, qué Cristo! ¿A qué viene lo de Cristo? Menos mal que solo lo he pensado y no lo he dicho en alto, si lo llego a gritar en menuda me meto. No podía evitar las expresiones arcaicas, patriarcales y horriblemente cristianas de su abuelo, le hacían gracia y les tenía cariño. Era la segunda vez que se le rompía en plena calle la bolsa de papel reciclado donde llevaba los regalos unisex para su sobrino y su sobrina. Una Barbie transformable con pechos, pene y vagina de quita y pon combinables y varias pelucas con unos cuantos vestidos diferentes para Juanito. Aunque así le llamaba solo él cuando estaban a solas porque, según le había explicado su hermana, la AMPAPIAAA de su Centro de Educación Social y Emocional para el Bienestar y la Felicidad Infantil – la asociación de madres, padres y progenitores indefinidos de alumnos, alumnas y alumnes de lo que antes se llamaba colegio – no permitía diminutivos porque creaban una diferencia discriminatoria insultante y nociva para el autoestima entre adultos y niños. Pero esos términos cada vez estaban más en desuso. Ahora lo que marcaba la norma del Ministerio de Buenas Costumbres para el Progreso de la Sociedad era decir personas en desarrollo incipiente, medio y avanzado. También llevaba el balón polivalente de fútbol, rugby, basket y bádminton hecho con naturplast (o plástico natural) a base de excrementos humanos para Irene Danaerys, que era unos años mayor que Juanito. Y lo tenía que inflar con la boca porque no había encontrado inflador. Así que con la bolsa rota y los dos juguetes en equilibrio entre sus manos caminaba calle abajo hacia la tienda de alimentación sostenible donde tenía que comprar los aperitivos a base de cricri, el compuesto proteico de insectos molidos, fundamentalmente grillos, criados en granjas ecológicas al aire libre. Su hermana se encargaba del plato principal: estofado de maíz y patata con kale y chía de autocultivo del huerto comunal de la azotea de su edificio. Por el camino pasó por delante de la antigua carnicería del barrio que seguía abandonada sin que nadie se hubiera preocupado de borrar la pintada en su cristal en la que se leía claramente, a pesar de los años que habían pasado desde que quebró, ASESINOS. En la siguiente manzana estaba la mezquita así que trató de adoptar una postura respetuosa y esconder los vivos colores de sus juguetes mientras intentaba llevarse la mano derecha al corazón como podía para saludar a los venerables creyentes. El problema es que unas cuantas manzanas más adelante, justo antes de la tienda, en la misma esquina de la calle, estaba la iglesia y a esa hora coincidía con la salida de algunas viejas que salían de su rito antropófago así que se cruzó de acera no fuera a ser que algún miembro de la Asociación de Vigilancia Vecinal por el Progreso y el Desarrollo Igualitario de los Barrios le viera de refilón y creyera que tenía algo que ver con esas fanáticas retrógadas. Ya tuvo un amago de denuncia y amenaza de reeducación de uno de ellos un día que ayudó a una de las viejas que había tropezado y no era capaz de levantarse del suelo. En la tienda pidió una bolsa extra, además de la del cricri, para poder meter los juguetes pero el dependiente le echó una dura bronca por derrochador. Y eso que había pagado una buena cantidad de nuevas pesetas por la única que le permitió. Así cargado llegó al portal de la casa de su hermana con pocas ganas de ver a nadie en realidad porque estas fiestas de la estación que antes se llamaba invierno cada vez le resultaban más pesadas y con menos sentido. Además no sabía si llegaba al discurso mensual del Padre Zuckerberg que se emitía de forma simultánea en todo el mundo a través del metaverso. Sus sobrinos, sobrino y sobrina, se iban a enfadar si no llegaba porque les gustaba comentarlo en directo y grabar a toda la familia viéndolo con sus móviles y colgarlo en la red social. Tenía razón su abuelo, aunque sólo pensarlo ya estuviera muy mal, con que la antigua Navidad y la vida sencilla de aquellos tiempos en los que era legal celebrarla eran mucho más fáciles que ahora. A ver si el año 2040 venía más tranquilo.

J. Cas

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