Una manzana sin nombre


Leonardo siempre se dormía en los aviones, como un niño que cierra los ojos y busca encontrar el sueño para ahuyentar al hombre del saco. Solía despertar con el amable hablar de la azafata pidiéndole que pusiera el asiento en posición vertical. Esta vez fue el aviso del capitán, ese en el que anuncia lo agradable que ha sido todo a pesar de las turbulencias, y desea a todo el mundo una feliz estancia en destino, o, en su caso, un buen tránsito, como si el aeropuerto fuera el aparato digestivo y los pasajeros alimentos en descomposición. “París será una fiesta”, inventó escuchar Leonardo, como si Hemingway fuera pilotando el Airbus 320 de aquella aerolínea de bajo coste. Monsieur le capitan anunció que esperaban en la capital de Francia unos trés agreables veintidós grados. El cielo era azul y el sol lucía como un enorme huevo frito. El aterrizaje fue sutil.

Leonardo, quinto hijo de cinco, y en cuyo nombre recaía la penúltima esperanza de su padre, un inventor frustrado, en dar con alguna tecla, y demostrar alguna de sus teorías o dar utilidad a alguno de sus inventos (qué paradoja, que la esperanza de un científico termine residiendo en la superstición de darle a su hijo tardío el nombre de pila de uno de los mayores inventores de la historia), se había obsesionado con una de las azafatas del avión. En los treinta minutos que tardó en salir del aparato, atravesar inmigración y recoger su maleta de la cinta, lo único que oía era el recuerdo dulce de su voz. Era como una hoja colorida de esas que caen pronto, anticipando el otoño. Sutil, y preciosa. Pensó que debía haberle dicho algo. Podría haber sido su primera amiga en la ciudad, quién sabe si algo más. Era pequeña, tirando a diminuta, de ojos grises y mofletes color melocotón. Parecía muy educada. Seguramente – eso pensó Leo – trabajaba como azafata como experiencia de juventud, o para pagarse la carrera en algún sitio, donde se preparaba para ser veterinaria, o alguna otra cosa que implique servicio y dedicación. Habría tenido un novio, a lo mucho dos, de toda la vida, en su barrio burgués de las afueras de París, y su padre habría sido funcionario, y se habría dedicado en los últimos años al desarrollo de transportes desde alguna secretaría de relevancia media. O quién sabe.

Ya tenía la maleta y tenía que pensar en cómo viajar al centro de la ciudad desde el aeropuerto, y Leo no sabía hacer dos cosas a la vez, así que tuvo que dejar la vida de la azafata de ojos grises a medio soñar y ponerse manos a la obra. Vistas las opciones disponibles, el transporte idóneo parecía Le Bus Direct, un autobús que hacía parada en algunos de los puntos más icónicos de la ciudad después de atravesar la banlieue noreste, y entrar en París por la estación norte, previo paso por el Stade de France. El Stade de France era uno de esos estadios de las afueras, cuyo entorno no decía absolutamente nada. Lo compartían de forma metódica el fútbol y el rugby: era la casa del PSG, un club de fútbol que todavía esperaba sus mejores años, y del Stade Francaise de rugby, en aquella época el mejor de los equipos del Top 14, la primera división del país, de la que se había empezado a decir era la más dura del mundo. Además, el estadio servía de casa para la selección gala, les Bleus. Una vez en París, Le Bus Direct atravesaba los Campos Elíseos y paraba en una callecita lateral de la plaza del Arco del Triunfo. Leo se alojaría a un paseo de allí, unos quince minutos a paso ligero, así que un paseo era más que idóneo para llegar. No tenía presupuesto para un taxi, pero tampoco lo habría cogido de tener más fondos. Hacía la vida andando siempre que podía, en cualquier parte, y más si el paseo servía para conocer una calle nueva, respirar un aire desconocido y presentarse al sol en su forma parisina, evitando el calor de un coche atascado y de un taxista – quién sabe; prejuicios – grosero y bigotudo.
La afición de Leonardo por caminar iba más allá de su capacidad económica y sus ganas de conocer. Tenía fobia a los coches salvo cuando conducía él o le eran absolutamente necesarios. Temía y odiaba a partes iguales los ascensores: no subía en uno jamás de los jamases si iba solo. La vieja maleta con veintitrés kilos, la cremallera rota y una rueda partida, la mochila llena de sábanas y calcetines, y dos libros en la mano. Nada pesaba demasiado ni molestaba en un trayecto donde cada diez metros había un precioso café de mesas apostadas sobre la pared, una boulangerie con olor a felicidad caliente, o el portón de un edificio en piedra construido en el siglo diecinueve.

La panadería representaba el fin de la calle, un cul de sac húmedo y vegetal que el sol visitaba entre mayo y octubre en algún rato cercano a mediodía. Ocho imponentes edificios con dos siglos de edad (el más joven fue inaugurado en mil ochocientos ochenta y nueve, semanas antes de la expo de París, y el mismo año en que se inauguró la Torre Eiffel) protegían una calle sin placa (alguien debió robarla; el vandalismo era tan tradicional en París como las ratas en el metro, los acróbatas en Trocadero, y el café noisette) pero con nombre: Como confirmaba el callejero, el callejón portaba el apellido de un compositor francés, y homónimo de un escritor español: Delibes. La ignorancia de Leo era inversamente proporcional a su optimismo, confianza y ambición, y pensó que viviría en un callejón dedicado a un paisano de Valladolid, caricaturista primero y novelista y ensayista después. Casualmente, en esos días y con motivo de su octogésimo séptimo cumpleaños, Delibes había recibido una serie de homenajes literarios y mediáticos, y a Leo le decía algo ese nombre.

Pero no. Los franceses no eran de poner calles a los vivos, y aunque habían tenido la deferencia histórica de valorar más a nuestros literatos que otros países (Francia fue el destino de artistas exiliados y desterrados en varios momentos de la historia de España), resultó que el héroe del callejón con escaso sol era Leo Delibes, un compositor ilustre de mil ochocientos y pico que accidentalmente se llamaba como él.

¿Casualidad? 

Pensemos que sí.

1 Comment

  1. De estos textos sutiles que nos hacen viajar y nos dejan una simpática sonrisa en la boca. Tal un buen sueño anunciador de un buen día.

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