Los imbéciles


Veía llover desde la mesa alta de la cocina, el otro día. Café en mano, el tercero del día, lo normal a las dos de la tarde. El pulso hace tiempo que me dejó de temblar. Mi resistencia a la cafeína es tan alta que no suelo recordar cuantas tazas llevo en el cuerpo. Si existe la figura del cafeinómano, yo soy el adicto de manual: pienso en el café en todas sus formas, con excitación, con deseo. Lo tomo solo, sin azúcar, sin leche, y sin hostias, aunque a veces se cuele alguna con las ondas de la radio, en forma alegórica. 

Veía llover. Una lluvia fina pero intensa, de primavera naciente, con ese olor a polen y a flor que tanto se parece al olor del sexo. Tras la cancela de casa no había luces ni se oían cláxones, lo normal a esas horas cuando la vida no sabía de coronavirus. La lluvia la veía, aunque no la oía. Estaba escuchando la radio.

La verdad es que también escucho mucho la radio. Soy más cafeinómano que radiómano, pero le doy bastante. No lo hago tanto por la compañía, que me la hace, ni porque valore la información o la opinión, que a veces valoro y otras ignoro. Por encima de esto, la escucho porque necesito estar haciendo muchas cosas. Soy un hiperactivo, que es lo que te llamaban cuando éramos niños y no sabían por qué te comportabas como un gilipollas. 

En la radio hablaba un periodista deportivo. Desconozco por qué su espacio se mantiene en tiempos de coronavirus,  ya que no hay deporte en estos momentos. Tampoco hay apenas información alguna sobre el tema, salvo actualizaciones esporádicas sobre la cancelación de un evento, el ERTE de un equipo de fútbol o la suspensión de los juegos olímpicos. Si la relación entre el interés que merece el deporte y su cobertura ya era injusta, ahora manda huevos. 

Hablaba este señor, enfrentándose a la tarea de llenar su espacio sin tener una miserable pizca de información de interés. En un momento de su inútil espacio decidió mentar a los que supongo son sus héroes de la crisis del coronavirus. “Pido un aplauso por los panaderos, que trabajan a diario para que tengamos pan”.

Lo segundo que pensé, y creo que dije (hablo solo a menudo, consecuencia de esta relación horizontal que tengo con la radio, y puede que también de mi hiperactividad, o mi gilipollez) es que también trabajan a diario para que tengamos napolitanas, palmeras de chocolate, y croissants. 

¿Qué haría España sin croissants en esta crisis?

Lo primero que pensé, y esto creo que no lo dije, es que este país está plagado de imbéciles. Y que hay bastantes en el periodismo deportivo. Casi tantos como en política. 

Jaime Pérez-Seoane Z

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