Un cuento de antes.


No sé si nevaba en la calle pero seguramente hacía un frío de bigotes, en Sevilla en invierno hace muchísimo frío aunque en el resto de España les cueste creerlo. En la casa, lejana del centro de la ciudad y todavía sin sospechar que décadas más tarde iba a estar cerca de lo que luego sería la moderna estación de Santa Justa, varias generaciones de una misma familia compartían la cena de Nochevieja del año 1969. Ahora cuando se habla de la época del franquismo se utiliza mucho el color gris para describirla pero también había color, sobre todo en la intimidad familiar de cada casa. El ser humano siempre es capaz de pintar muchos colores en cualquier momento, por duro o trágico que sea, y supongo que todavía más en Navidad.

En el interior de ese piso de aquel edificio imagino una mesa con un mantel de color oscuro, no creo que granate o rojo como se lleva ahora, quizás más tirando a verde. Sobre él unos cuantos platos, copas y cubiertos con algún adorno. A lo mejor los platos en vez de blancos como hoy en día eran de esos de vidrio naranja que ahora se llaman vintage y valen una pasta. Los que hemos visto en casa de nuestros abuelos o en las nuestras hace años. La cena pudo haber sido cardo y besugo, mis bisabuelos eran castellanos recios de la provincia de Valladolid, y de postre mantecados de Estepa, fruta escarchada y licores como Mihura con algún cava o incluso, las cosas iban a mejor, una botella de champagne.

Sentados a la mesa mi padre, un joven ingeniero todavía soltero que había salido de la universidad hacía pocos años y ya tenía un buen trabajo y su buen sueldo, junto a sus abuelos, sus padres, sus hermanos y sus tíos. Entre estos últimos la tita Pili, hermana de mi abuela, y su marido el tío Eulogio. El tío Eulogio fue inspector de la policía secreta de Franco y en consecuencia un convencido defensor del régimen aunque sin llegar al fanatismo. Esa fiebre afortunadamente nunca se ha dado en mi familia ni para un lado ni para el otro. Yo le conocía ya muy mayor pero mi padre siempre me ha contado que en los últimos años de la dictadura todo el mundo sabía quiénes eran “los secretas”. Se sentaban en la misma grada en los partidos de fútbol, paraban en los mismos cines y bares y al final acababan siendo parte del grupo de gente al que tenían que vigilar y llegaba incluso a crearse una cierta relación entre ellos que no era amistad pero podría llamarse cordial. Obviamente esto era así en estos ambientes de jóvenes intelectuales inofensivos, por llamarles así, claro que había otros más duros.

El caso es que en esos años, aunque siguieran existiendo la censura, las detenciones arbitrarias, la pena capital e incluso las torturas, la cosa estaba ya más relajada en términos generales. No hacía falta ser un miembro clandestino del PCE, del PSOE, o de cualquier otro partido o movimiento ilegal para simpatizar con ideas de izquierdas o con ideas democráticas que en aquel momento eran sinónimo de izquierdas y anhelar una pronta liberación de España en términos políticos y sociales.

La cosa es que ya con los postres, tras tomar las uvas y brindar con el vino que fuera, todo el mundo se puso a charlar como en cualquier reunión familiar. Mi padre y uno de sus hermanos, los mayores de los jóvenes, aguantaron hasta tarde y acabaron quedándose a solas con el tío Eulogio y alguno más. Cuando el nivel de etanol comenzó a elevarse en su sangre decidieron picar al tío Eulogio y se pusieron a cantar “Ay Carmela” a grito pelado a modo de broma. Algo que por supuesto podría haberles costado el calabozo o cosas peores unos años antes pero ya no en aquel momento y por supuesto menos de parte del tío Eulogio. Pero al inspector, que a pesar de la broma era una buenísima persona y muy querida en la familia, no le hizo ninguna gracia que los simpáticos de sus sobrinos se pusieran a cantarle una canción del enemigo de la guerra cruel que a él sí le había tocado vivir y acabó con un cabreo tan monumental que tuvo que irse a la cama. Mi padre y su hermano, visiblemente tocados, no hicieron otra cosa que morirse de risa. Ese era el momento: los jóvenes echaban a dormir a los viejos con sus ideas. Supongo que si mi abuelo estaba despierto también debió de cabrearse lo suyo y alguno más de los mayores, mi abuela intentando calmar los ánimos; también sé de buena tinta que habría algún otro de mis tíos abuelos que sonreiría con sorna.

Pero al día siguiente no pasó nada. Nada de nada. Esa mañana, con la resaca de la noche y el año 1970 recién nacido, lo único que hubo fueron buenos deseos y risas cómplices comentando las tonterías del día anterior. Juntos el “gris” y los “rojillos” que empujarían y protagonizarían la Transición y ayudarían a nacer a su hija la Constitución del 78, y los más pequeños que todavía no se enteraban de nada. No hubo más, ni bronca, ni retirar la palabra, ni delación, ni denuncia, ni reprimenda. Nada. Una charla familiar alrededor de grandes tazones de café con mucha leche, comentarios sobre qué plan había en ese día de año nuevo y supongo que organizarse para ir a misa.

Me pregunto en cuántas familias esta nochevieja habrá habido graves broncas sobre política, que no discusiones, entre voxeros y podemitas, indepes y no indepes, peperos y sociatas que no han terminado tan bien. Cuántos se habrán levantado de la mesa para irse y no han sido capaces de volver para reírse a la mañana siguiente. Tiene narices que esto ocurra en democracia. Un poco más de calma, por favor. Aprendamos del tío Eulogio.

Carral del Prado.

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