Turbulencias


El avión empezó a temblar, se encendió la señal para que nos abrocháramos el cinturón de seguridad, por los altavoces escuché la voz de una azafata (o asistente de vuelo, ya no tengo muy claro qué ofende y qué no) indicando “por favor, permanezcan en sus asientos, vamos a atravesar una zona de turbulencias”. Se intensificó el temblor. Escuché un par de aspavientos, un “¡joder!” y un “¡ay Dios mío!”. Yo iba sentado en la ventanilla, mi mujer en el pasillo, en medio teníamos a un gordo bien vestido con olor a caldofrán. Solíamos seleccionar esos asientos, pasillo y ventana, con la esperanza de que nadie se sentara en el centro y consiguiéramos algo más de espacio para el largo viaje. Si al final venía alguien, cómo ocurría el 90% de las veces, uno de los dos se lo cambiaba y punto. Nunca nadie había preferido ir en el centro. Si viajábamos con el gordo elegante y apestoso entre los dos es porque habíamos discutido en la puerta de embarque y ninguno quiso renunciar a su sitio.

Las turbulencias aumentaron. El gordo se santiguó. Mi mujer, echando de menos mis manos, clavaba sus uñas en los reposabrazos. Un niño empezó a llorar, su padre intentaba tranquilizarlo con voz temblorosa y asustada. Las máscaras de oxígeno saltaron del techo detonando un estado general de pánico. Los gritos contenidos se convirtieron en berridos desaforados. Busqué a mi mujer y cuando me crucé la mirada con ella vi que su rostro cambiaba de gesto, pasó del terror al desconcierto y del desconcierto al enfado en apenas un segundo.

Que estuviera asustada no me sorprendió, dada la situación era lo normal, el resto de pasajeros tenían una semblanza semejante pero por qué extrañarse y enfadarse después en tan poco tiempo. La conozco lo suficiente como para leer las emociones de su rostro. No tenía ninguna duda. Miré hacia la ventana pensando en que habría visto algo fuera del avión pero estaba cerrada. Tardé un par de segundos en darme cuenta de que el motivo de su extrañeza y su enfado posterior era mi cara. En medio de ese caos, de ese subidón de adrenalina generalizado provocado por la situación de riesgo y peligro, yo estaba sonriendo. Hasta que no la vi a ella no me di cuenta. Sonreía.

Creí que sonreía porque no tenía miedo, de hecho me molestaban los ruiditos atemorizados del resto de pasajeros, esa manera de respirar entrecortada, el sudor de sus manos y sus frentes me repugnaba pero no, no era eso.

El avión se estabilizó y todo volvió a la normalidad. Los pasajeros sonrientes se felicitaban por su valerosas actuaciones que en su totalidad habían consistido en gimotear sin moverse de su asiento durante un par de minutos. Y ahí en el ambiente festivo, en la relajación del peligro pretérito dejé de sonreír y me di cuenta de que si había sonreído no era porque yo no tuviera miedo sino porque por una vez todos los demás también lo tenían. Yo siempre tengo miedo y ahí sentí la solidaridad del sufrimiento, la hermandad del dolor que como todo, se reduce si se divide y al verles a ellos sufrir, sufrí yo menos. Al verles a ellos temer, temí yo menos. Como decía el bueno de Eliot  “and in short, I was afraid”.

Feliz Navidad.

R.R.G.

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