Los amigotes


El sol cae bajo mi cuello mientras las serpientes atraviesan el polvo que levantan las anchas ruedas de mi Mondracker Phase 29, la bicicleta de montaña americana con la que atravieso la Casa de Campo, en este día de verano madrileño, de calor vertical que sabe a cemento. Aquí, al menos, el fuego que escala mis tobillos mantiene cierto aroma a pino y tiza, y es naranja como las rocas de los lados del camino, dispuestas como si el viejo parque del oeste de la capital de España fuera un set de rodaje (uno de verdad, del Spanish Hollywood, no de cruising como ahora ni de guerra entre rojos y azules, como antaño). Ahora algunos quedan a meterse mano en estos bosques como amigos, y en los años se mataban entre sí otros, amigos también. Lo harían sin saber muy bien por qué, repitiendo cantinelas increíbles y dominados por el miedo, como narró en sus tragicómica obra el maestro Chaves Nogales, que leí por recomendación de un amigo. La Mondracker, ahora que lo pienso, me la recomendó otro amigo, al que nuestro amigo común también insistió con leer al escritor exiliado. Al oeste del oeste, el oeste de mi vista y de la brújula, si la tuviera, se extienden Pozuelo, Majadahonda, Boadilla, y otros entonces pueblos y ahora barrios residenciales que conforman el suburbio madrileño más rico y confortable. Propietarios y asalariados de bien comparten estos jardines con sus vecinos del Batán, Carabanchel, Aluche, y otros barrios obreros y pequeño-burgueses cuya cultura del aprovechamiento del espacio público les hace creer más dueños de este espacio que los primeros. También los habrá amigos entre barrios y pueblos, como los míos, cada uno de su padre y de su madre, y de sí mismos. Les llama mi mujer, Paloma (seudónimo) los amigotes: un grupo numeroso, festivo e intenso, a menudo mejor espejo para uno mismo que el que cuelga de la pared del baño. En los momentos vacíos, más difíciles de sobrellevar que los dramáticos al no existir causa clara para sus efectos, son los amigotes la mejor medicina. El amor y la familia (para los que tienen alguno de estos, mi pésame) salvan la vida cuando la tragedia ataca. Pero, cuando la pena no tiene nombre evidente o conocido, son los amigotes los que sacan chispas de la madera mojada. Como hemos discurrido algunas veces Paloma (seudónimo) y yo, jamás habría que elegir o hacer elegir entre los amigos (amigotes) y otra cosa u otro querer. Pues aunque hay amores más intensos, la amistad se ata con una cuerda tan fuerte como la que nos agarra a la vida misma. Y entre la vida y la muerte, si la elección existe, no se elige.

Jaime Pérez Seoane Z

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