Nuestra Vieja Europa


Desde niño, cuando leía las aventuras de Hércules primero, los comics de Astérix después, y las novelas históricas de Valerio Massimo Manfredi un poco más tarde – desde El Imperio Romano hasta la Antigua Grecia y a Alexandros, o al revés – la fuerza de Europa me llamó siempre la atención. Los europeos y sus antecesores y vecinos supieron desde antes de los tiempos que cito fundar sus ambiciones territoriales y de poder sobre cimientos religiosos y místicos. A pesar de la bella idea que hoy es Europa (un concepto de uso político soportado por un sentimiento poco realizable), el viejo continente de hoy mantiene sus heridas, enfrenta choques externos, migraciones y presiones de otras potencias. Las crisis de identidad de sus miembros son crecientes, aunque en esto, para suerte o desgracia de Europa, el mundo goza de bastante equilibrio.

En las últimas semanas dejé mi España querida – la que además de vivir también leí; antes de Astérix fue Mortadelo, y a la vez de Alejandro leía a Alatriste -, esa que siempre me ha dejado sentir europeo con matices, para visitar las antípodas. Anti-Podas, “lo con-trario”, como decía el personaje de Bardem en Los lunes al sol, un sitio idílico, donde todo funcionaba a las mil y un maravillas, o dicho en gallego de a pie, iba de puta madre. Pues sí, Nueva Zelanda, el destino concreto de este viaje, se ha ganado esa fama a base de trabajo en su corta vida (corta al menos para mi, que soy del continente viejo) como Estado: seguridad, mestizaje, infraestructura, calma espiritual, deporte y naturaleza. Y efectivamente, todo check. El país, distinto a cada paso, es una sucesión impresionante de accidentes naturales, de montañas, de ríos, de lagos y de mares, de islas y volcanes, de desiertos y glaciares. Y ya.

Y ya, sí, porque a un europeo como yo (europeo de segunda, latino de primera, ¿no es esa la idiosincrasia en la que hemos crecido los españoles ya no tan jóvenes?) le gusta la naturaleza, por supuesto, y más si es español y viene del país con más litoral del viejo continente y el segundo más montañoso. Pero la sangre nos hierve con la cultura, el tumulto, el ruido. Con los bares y la risa, con la sensación de libertad. Puede que leer esto hoy suene a estúpido, e incluso quien se haya asomado a la peligrosa afición de pensar hace poco pensará que no estoy definiendo a España en este momento. Y en parte lo parece y lo es. Y si Houllebecq fuera español y no francés ya habría escrito varias premoniciones maestras apuntando a dónde dirige nuestra estupidez actual. Pero en el fondo, debajo de la escarcha que hoy nos tapa, somos como digo, o eso creo y en eso confío aún.

La casualidad, palabra que la generación Z (new millenial, o como se llame) detesta / teme, quiso que saliéramos de Christchurch pocas horas antes del atentado fatal y deplorable de hace unos días. La pequeña ciudad había sufrido como quizás ya sepa quien lea un terremoto letal hace nueve años, que además de llevarse casi doscientas vidas destruyó la de por sí pobre arquitectura kiwi. Sus habitantes no merecen nada malo. Son gente buena, de corazón puro y vida simple. Pero la maldad humana no calibra, ni juzga. No tiene moral, sino que se apropia de ella y hace que el desgraciado, loco, imbécil (…) que mató a toda esa gente crea que tenía un motivo.

En diferentes grados y bajo distintas banderas, la religión nos ha llevado a matarnos entre nosotros demasiadas veces. La vieja Europa y su cultura imponente han liderado de hecho esta realidad desde los tiempos clásicos. Romanos matando Cristianos, cruzados quemando judíos, reyes masacrando ciudades, ciudadanos cortando cabezas de reyes y sometiendo después a pueblos. ¿Estamos destinados a matarnos por la intención de dominarnos con excusas ideológicas, raciales, religiosas, morales? Por nuestra breve historia, cualquiera que venga que fuera diría que sí.

La realidad de Europa es tan compleja y cambiante como apasionante desde antes del tiempo clásico. Lo refleja de maravilla Guillermo Altares, periodista de El País con larga trayectoria como corresponsal, en Una Lección Olvidada (Editorial Tusquets), un libro que compré por lo que llamaría intuición una tarde de enero y que viene a ser un manual de aciertos y errores de nuestro continente desde tiempos remotos. La forma en que se suceden y repiten argumentos y guerras y se tuercen ideologías se apoya siempre de una u otra forma por nuestro inabarcable campo cultural. El arte bebe de cada tiempo, mientras los errores se repiten en bucle con pequeños cambios cada siglo o dos, como ilustró magistralmente mi colega Rodrigo Ruiz Gallardón en su cortometraje “Ayer y Mañana”.

Ya de vuelta a la tierra de piel de toro, confío en que el ayer no sea mañana, y que las terribles y emotivas historias sobre dolor y estupidez humana con las que narró el maestro Chaves Nogales la Guerra Civil en su exilio queden como anécdotas y lecciones aprendidas, y no olvidadas como dice Altares en su libro sobre Europa. Tendremos que aprender de los australes, y valorar más la tierra que pisamos: para ser un continente tan viejo, no siempre destacamos por sabios.

Jaime Pérez-Seoane Z

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