La colilla encendida.


El humo de un cigarro mal apagado es de las cosas más molestas que hay cuando estás en una casa. Al aire libre no importa tanto siempre y cuando el viento no lo dirija hacia la cara. Aguanta ahí encendido aunque hayas apretado y frotado bien contra el fondo del cenicero. Además si hay más colillas acaba quemándolas también con lo que su efecto molesto se multiplica. Los fumadores lo sabemos bien. Mi novia y yo tenemos siempre una breve e inofensiva discusión sobre este tema. Yo lo apago pero el maldito sigue echando humo y al final termino echando agua en el cenicero. A ella no le gusta porque luego es muy desagradable vaciarlo. Y, como en casi todas las cosas de la vida, tiene razón. Al mojarlo la ceniza se convierte en un pastiche húmedo que hay que remover con una servilleta para limpiarlo y si me he pasado de agua, gotea al tirarlo a la bolsa de la basura. Pero sin duda es un remedio infalible para apagar colillas.

En Europa, de unos años a esta parte, el humillo desagradable que flota en el ambiente político delata que hay una colilla que no se ha apagado del todo. Desprende un humo molesto que escuece en los ojos y en la garganta, que no deja pensar con claridad. Afecta igual en la calle que en casa, está en el trabajo, lo desprende la tele, asciende de las páginas de los periódicos, envuelve las reuniones de amigos y danza voluptuoso hasta en las comidas con la familia. Está por todas partes. Es una picazón que se manifiesta en forma de irritación y enfado ante cualquier tema político.

Es la colilla del puro de la crisis, del gasto irresponsable convertido en deuda asfixiante, de los abusos y desmanes de la banca, de la desigualdad desgarradora de un sistema que pregona no tolerarla, de los recortes sociales de un estado de bienestar que busca su futuro dentro de una economía carroñera que sólo permite el crecimiento constante y a cualquier precio humano o natural, de los políticos mediocres, de los que dicen serlo y no son más que pirómanos.

Los que encendimos ese puro somos todos nosotros y ahora, con resaca, la casa repleta de ceniceros llenos, botellas vacías y vasos pegajosos, nos toca apagarlo. Europa ya ha afrontado situaciones similares que desgraciadamente han acabado muy mal. Quizás deberíamos preparar todos un vaso de agua para, si no es posible echarlo en el cenicero porque entonces resulta muy asqueroso limpiarlo y nadie quiere hacerlo, al menos poder beber de él cuando la irritación pique tanto que sólo nos salga carraspera gutural e incomprensible de nuestra garganta dolorida. Y si eso es pedir mucho, por lo menos beber un poco antes de ir a votar.

 

Carral del Prado.

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