Primera Carta a los Corintios


En los últimos meses he tenido la oportunidad de asistir a un considerable número de bodas de amigos y familiares. La mayoría de ellas tienen una estructura parecida, IGLESIA+AUTOBUS+CENA+BORRACHERA+AUTOBUS (no todas son ceremonias religiosas pero la mayoría).

Esta secuencia de I+A+C+B+A se repite una y otra vez con ciertos cambios y variantes pero con muchos más lugares en común que diferencias. Uno de los elementos más repetidos es la elección de la lectura de la carta de San Pablo a los Corintios, aquella de “si no tengo amor, no soy nada”. Parece que es la lectura oficial de la Iglesia Católica en las bodas, pero no es así, es una elección y al igual que hay fincas, caterings, DJs o floristerías más populares que otras, la carta de San Pablo a los Corintios es trending topic, la Mickey Pavón de las lecturas. No es de extrañar ya que es el único pasaje del nuevo testamento que está a la altura de las palabras de Jesús. Yo mismo le pedí al cura que nos unió a Mar y a mí hace poco más de un año que la leyera.

Dice así:

1Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe. 

2 Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada. 

3 Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada…”

La estructura retórica es sencilla. San Pablo enumera cualidades humanas como la fe, el conocimiento o la comunicación, para después anular su importancia si estas virtudes no están basadas en el amor. Hasta ahí genial, perfecto, lo entiendo, lo comparto y lo defiendo.  Lo que me llama la atención fue la tercera “cualidad” o “virtud” señalada:

3 Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada…”

La Caridad. La caridad es uno de los fundamentos de la filosofía católica cristiana y nuestra sociedad la asume y fomenta sin cuestionarla cuándo en sí es un concepto injusto. Lo justo es que para conseguir A aportes B. Nuestra sociedad debería fomentar ganar los bienes no regalarlos. Si hay virtud en que una persona disfrute de algo que no se ha ganado cómo no pude haberla en el disfrute de la persona que sí lo ha hecho. Si aplicáramos de forma estricta las palabras de San Pablo para alcanzar un nivel de moral más alto deberíamos despojarnos de todos nuestros bienes y entregar nuestro cuerpo a las llamas y los que no lo hagan, los que disfruten de las cosechas de su trabajo serán condenados por egoístas avariciosos desalmados.

Este culto al fracaso o condena del triunfo ha frenado sociedades durante siglos en inmensas regiones del planeta. La equivalencia entre bondad y pobreza es una aberración. Si condenamos a nuestros mejores nos hundimos en la mediocridad. Si el sobresaliente encuentra más complicidad y entendimiento en el insuficiente ocultara sus talentos para no ser señalado. Y de ahí la necesidad actual de convertirnos en víctimas de cualquier cosa, buscar el dolor y el sufrimiento como puente de empatía, como forma de conexión.

Hemos perdido nuestra identidad como sociedad y como individuos y aunque no tengo ni puta idea de cómo recuperarla creo que cuestionándolo todo a pesar del vértigo que eso implica puede ser un buen comienzo. 

Rodrigo Ruiz-Gallardón

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