Pitty times (el señor Pitty lee la prensa)


El señor Pitty abrió el periódico por la sección de cultura, después de cerciorarse de que se trataba de la edición de aquel día, y no de una de las decenas de ejemplares viejos que guardaba para limpiar las cacas de Alfred, su viejo caniche. Ya había leído los titulares de portada y no planeaba profundizar en ninguna de las historias de siempre. Se había convencido de que aquellas noticias eran siempre las mismas, literal y textualmente. Copiaban y pegaban el mismo texto día tras día. La sección de cultura abría con una entrevista. “Obviedad obviedad obviedad obviedad, obviedad obviedad”, decía un filósofo francés de moda a toda página, acompañando altivo su statement con su cara, enmarcada en una pequeña cabeza de camello que hizo preguntarse a Pitty en qué escondite alojaba aquel tipo el cerebro.

¿Un filósofo podía estar ahora de moda? Era incomprensible para el señor Pitty.  Si la gente era más boba cada día, ese tipo tenía que ser un torpe o, con probabilidad, un estafador.

Que el reloj diera las doce y no sonaran las campanas aún sorprendía al viejo, aunque en esto si había una lógica considerable. La iglesia se había demolido hacía años. También se sorprendía Pitty en ocasiones echando de menos la alzada de bandera de las seis, pero la dictadura llevaba tres décadas y punta extinta, y tras ella se habían guardado aquellas banderas, o quemado, o reciclado para hacer manteles en conventos que ahora también eran escombros sobre escombros. 

La esperanza de vida del caniche era más poca que mucha. Pitty había diagnosticado que el que estaba por comenzar sería su último invierno. Cuando se hizo cargo del can en una subasta de la policía (el perro pertenecía a un narcotraficante que se ahorcó en la bañera cuando supo que su madre le había denunciado) pensó en él como un compañero para la recta final de la vida. Hacía once años de eso, y Pitty estaba más joven y recio que antes. Que nunca.

El viejo llevaba años con una rutina de gimnasio que lo mantenía imponente en el plano físico, y aunque habían pasado décadas desde que compartiera el lecho con una mujer (desde el siglo pasado, ¿será posible, Alfred?) su producción sexual seguía in crescendo, como si estuviera viviendo una segunda adolescencia real, no como en aquella cinta cursi en la que un hombre nacía viejo y moría bebé. Su producción era tal que debía eyacular varias veces al día para mantener la mente despejada y no aturullarse. No tenía amigos con quien comentar la situación – no tenía amigos en absoluto – pero estaba convencido de que, incluso en un tiempo en que un filósofo francés podía ser popular en vida, pajearse con ochenta y cinco años era, por lo menos, extraño(…)

Jaime Pérez-Seoane Z

 

Anuncios

Opina

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s