Lecciones de una campaña.


 

Quince días de campaña electoral montado en un autobús siguiendo a políticos por toda Andalucía dan para mucho. Uno aprende cosas más o menos profundas que supongo que sirven para la vida y que tardan en olvidarse o que no se olvidan nunca. Una de ellas es que tengo que comprarme una maleta nueva. La que tengo, vieja compañera de unos cuantos viajes por unos cuantos sitios, tiene ya varios descosidos y sus ruedas hacen más ruido que el motor diésel del viejo Mercedes ranchera que tenía mi padre. Otra cosa aprendida, o dolorosamente recordada porque tampoco es nueva, es que currar de resaca siempre es un sufrimiento. Pero también merece la pena aprovechar cada visita pues nunca sabes lo que la noche de un miércoles en Jaén te puede deparar. Uno aprende también que es fácil contagiarse del síndrome de Estocolmo hacia las ideas del partido al que sigues pues acabas teniendo cierta complicidad con el equipo de campaña y cuando eres un periodista y el otro un político siempre muestra su mejor cara. También he aprendido que, por mucho que me guste salir a conocer restaurantes, lo de tener que comer y cenar fuera todos los días por obligación acaba siendo una pesadez casi insoportable y te deja el recuerdo de unos cuantos kilos de más en forma de lamentable flotador entre el pecho y la cintura. Supongo que estas son las cosas que puedes aprender en cualquier campaña.

Pero en esta en concreto creo que he aprendido otras lecciones relacionadas con la singularidad del momento y lugar en el que vivo. Para empezar en Andalucía la gente es tan normal como en cualquier otro sitio de España -aunque tienen su carácter mágico- y también tiene ganas de prosperar aunque ello conlleve un trabajo y un esfuerzo diario, por lo que el tópico tan extendido aquí no se aplica. Otra es que esa misma gente está muy cansada de ese tópico y también de los mismos políticos que han contribuido a difundirlo y asentarlo. Nada dura para siempre y la sucesión de gobiernos del mismo color no podía ser una excepción. Con esta siguiente lección amplío el campo de influencia y es que los independentistas catalanes quizás nunca consigan separarse de España pero es posible que sí consigan destruirla desde dentro y que nos volvamos a matar entre nosotros, otra vez. El crecimiento de un partido racista, anti europeo, anticuado y populista como Vox no se explica simplemente porque de pronto trescientas mil personas se hayan vuelto racistas, anti europeas, rancias y populistas. Igual que tampoco a causa de unas cuantas manifestaciones una parte importante de los españoles no se volvió podemita de la noche a la mañana. No, la culpa está repartida y es responsabilidad también de los que tensan la cuerda por un lado y creen que en el otro lado la maroma va a seguir flácida. También he aprendido que cuanto más tiempo pase en la Moncloa un presidente que necesita de esos independentistas y totalitarios para gobernar, que no ha llegado a su puesto a través de unas elecciones y que además es un completo inepto, más crecerán Vox y partidos similares que no vienen a unir sino a dividir. De esa lección se deriva otra que es que desgraciadamente parece que la democracia está condenada a unos ciclos parecidos a los de la economía capitalista. Tiempos de bonanza y prosperidad en los que las libertades y la tolerancia florecen dan paso a otros en los que son sustituidas por la irracionalidad, los fanatismos y la crispación. Y estos últimos suelen dar lugar a sucesos mucho peores. Eso me ha llevado a aprender que la masa se olvida fácilmente de los tiempos pasados y de lo que cuesta progresar. Por ello también he aprendido, o me confirmo en ello, no lo sé, que hay que volver a dar prestigio a la política en vez de dedicarnos continuamente a insultar y criticar sin límites ni respeto a los que se dedican a ella. Sí, ya sé que estamos aquí en gran parte por culpa de políticos inútiles pero somos nosotros los que los creamos. Y si hacemos que merezca la pena dedicarse a ella es probable que consigamos que los que lo hagan sean mejores.

La última lección, por ahora, que es consecuencia directa de estas últimas, es que precisamente por lo que puede avecinarse no hay que dejarse llevar por el enfado por mucho que haya motivos para ello. El considerar al otro enemigo, el creer que uno tiene la razón y está iluminado mientras que los otros están equivocados y en penumbra, el pensar en la sociedad como un campo de batalla entre los míos y los otros o el tragar todo lo que diga alguien porque es el líder tocado por la gracia de Dios siempre, sin excepción, lleva a problemas que luego tardan mucho en solucionarse. El enfado lleva a actuar irreflexivamente y a dejarse engatusar más fácilmente de lo habitual.

Y hay tantos ejemplos pasados de esto último que los testimonios de los que los vivieron llenan bibliotecas en cada país de este planeta.

Y sus cuerpos cementerios por todo el mundo.

 

Carral del Prado.

 

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