Amor de Partido.


Cuando uno se enamora es bien sabido que suele perder el control y, junto a él, pierde unas cuantas cosas más. Pierde el sentido del ridículo, pierde ciertas ganas de quedar con los amigos, pierde el sentido crítico hacia la persona que suscita ese enamoramiento, a veces incluso el autoestima y podría seguir. Gana la emoción y pierde la razón. Gana mucho también el enamorado en cuanto a vida afectiva, sin duda, con el factor imprescindible de que sea correspondido, pero ese no es el tema de este artículo. Existen multitud de amores. Los dulces y trágicos amores de verano, jóvenes, absurdos pero eternos; los amores de autobús, tan fugaces como el tiempo que pasa hasta que la chica se baja en su parada; los amores platónicos, irrealizables, tan ansiados y silenciosos como inalcanzables; los amores de toda la vida, tranquilos, respetuosos, sinceros; los amores de mascota, nada más fiel que un perro; el amor al equipo, irracional, crítico y cruel pero inseparable compañero de vida; y los que dan título a este artículo, los amores de partido.

Por lo general la voz del enamoramiento desplaza en su cénit por completo a la mucho más cabal voz de la razón. Las emociones conquistan el cerebro sin piedad a lomos de una impulsividad que se ve fustigada por la certeza. Por supuesto siempre es un peligro dejarse llevar por esta tendencia. La chica puede no corresponderte, puedes pasarte de frenada y cansarla y finalmente, si la chica tiene una pizca de crueldad, verse uno reducido a un cachorrito indeciso sin personalidad propia. Son peligros que uno se cocina y se come, fríos y amargos, en la más absoluta soledad. Por eso no suelen hacer daño a los que nos rodean. Pero el amor de partido es diferente.

Cuando uno se enamora de un partido político y deja de observar a este a la luz de la razón se convierte en carne de mitin: párrafo del político que eleva el tono hacia el final de la frase y aplausos con bandera en mano. Así el otro se convierte en enemigo, o peor en pretendiente al espacio de ese partido, y todas sus propuestas o ideas en ataques malintencionados. El debate está fuera de lugar porque la emoción no escucha argumentos. El líder supera el estado de simple humano y transmuta en un súper hombre dotado de todas las respuestas, es infalible, previsor y único. Para sus hechizados es más joven, más alto, más simpático y más guapo que nadie.

Los enamorados de su partido suelen caer en la iluminación y la expresan sin parar. El amor cuando es real desborda, pensaba D’Artagnan en Los Tres Mosqueteros, por eso sienten que son los únicos que han caído en la cuenta de las virtudes de ese partido y miran a los demás como si fueran locos que no perciben bien la realidad. Igual que cuando uno habla de su enamorada, hablan ellos del partido. Que si no les conoces bien, que si son únicos y no tienen fallos, que si su sonrisa, que si su pelo.

Este tipo de enamoramiento suele afectar más a los extremos y tiene su por qué. Los partidos extremistas, igual que una enamorada malvada, saben de ese amor de sus votantes y apelan a sus emociones y las manipulan, aunque manipular manipulan todos los partidos. Pero nestos lanzan mensajes directos a inflamar el corazón como si mandasen caritas sonrientes guiñando el ojo a través del móvil. La mezcla de extremismo y emoción suele ser inseparable.

El problema es que estos enamoramientos sí afectan al resto de la población. Cuando los enamorados de una idea toman el poder siempre tratan de imponer esa idea cueste lo que cueste porque los otros no han sido iluminados y no saben lo felices que van a ser ni la plenitud personal que van a experimentar a través de esa idea. Y si te resistes o dudas ya eres enemigo y por lo tanto no cuentas porque has rechazado ese inmenso regalo.

También ocurre que las personas que caen en este hechizo tienden a juntarse con otros como ellos que padecen el mismo encandilamiento y leen, escuchan y ven sólo opiniones que refrenden su ardor. Se alejan del buen amigo que advierte “no te líes con esa chica, te va a hacer daño”.

Porque, aunque siempre existan muchos riesgos, este amor tiene además otro añadido muy peligroso en política: el despecho. Si ese partido no corresponde a sus enamorados el enfado de estos puede ser peor que con el que les conquistaron y entonces ya el cóctel es tan fuerte que produce mareos con sólo olerlo.

En la política, en las democracias occidentales, debería pasar como en el póquer: hay que dejar las emociones fuera antes de sentarse a la mesa. Si no, uno acaba desplumado.

Carral del Prado.

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