Lo importante.


 

Hay algunas cosas importantes en la vida. La salud, la familia, los amigos, el vino, Rosendo, la buena literatura. Luego hay algunas no tan importantes como tener un trabajo que te gusta o tener cerca de casa un estanco. Eso sí, dependiendo de las personas, las prioridades cambian. Hay gente que sólo piensa en el dinero; gente que sin su físico no es nada; otros que buscan el reconocimiento de sus semejantes por encima de todo o el poder y para ello son capaces de vender a su madre por cuatro perras. Pero no les critico por ello. La vida de cada cual es la que es y nuestra libertad personal nos permite, por ahora y con ciertas limitaciones, orientarla como mejor nos parezca. De la gente que no me gusta procuro huir o pasar el mínimo tiempo posible con ellos. Y además da igual. Da igual que el zoquete trepa y traicionero llegue a puestos de poder. No importa un pimiento que el más ignorante sea obscenamente rico o que el más guapo se lleve a todas las tías pero en realidad su cabeza esté más vacía que mi nevera a mediados de mes.

Y da igual porque los nietos de todos ellos y los nuestros morirán más jóvenes, vivirán en un mundo peor y más feo y además padecerán enfermedades, guerras, desplazamientos forzosos y sufrimientos que todavía no alcanzamos a imaginar. Y es por una cuestión muy sencilla: nos estamos cargando el planeta a marchas forzadas. Sí, ya sé; sé que algunos de los que estén leyendo esto estarán pensando ahora que voy a soltar una perorata ingenua e infantil sobre que los monos son nuestros hermanos y que hay que abrazar a los árboles. Sin entrar a defender eso, que por cierto me parece muy bien pensarlo y hacerlo mientras no molestes ni a los monos ni a los árboles ni a nadie, lo que está claro es que si nos cargamos este planeta estamos aviados.

Esta pasada semana el informe Planeta Vivo 2018 de la World Wildlife Fund nos arrojaba a la cara unos datos aterradores: la población mundial de vertebrados ha descendido en un sesenta por ciento desde 1970.  Ya esto sería suficiente para echarnos a las calles porque la culpa es nuestra. Cada día ocupamos más espacio natural, acorralamos a las especies, alteramos ecosistemas fundamentales para el planeta y contaminamos por doquier. Y siempre por un beneficio económico. Siempre el maldito dinero. Un sabio como el entomólogo estadounidense Edward Osborne Wilson dice que arrasar un bosque por un beneficio económico es como quemar una pintura del Renacimiento para calentarse la cena. Y echarse a las calles no supone ser un hippie vegano y con rastas, como muchos que no dan importancia a este asunto creen, sino que es simplemente ser realista. Si se nos acaba el planeta nos morimos -obviedad que no haría falta tener que escribir- pero es que antes nuestros descendientes van a sufrir nuestra irresponsabilidad de una forma horrenda. Y si eso tampoco vale pensemos en que la degradación del clima va a provocar una subida del precio de la cerveza por las sequías extremas y el calor y, a la larga, su posible desaparición según un estudio del Centro de Política Agrícola de China y la Escuela de Ciencias Agrícolas Avanzadas de la Universidad de Pekín. Si esto no nos hace levantarnos del sofá es precisamente porque somos cortoplacistas y todavía nos queda cerveza barata en la nevera. Vamos a quedarnos con lo simple. ¿Queremos un mundo sin cerveza para la Humanidad? ¿Queremos despojarles a las futuras generaciones de la posibilidad de contemplar desde un playa de arena blanca delfines saltar entre las olas al atardecer? ¿O disfrutar del hipnotismo que provoca ver gigantescos témpanos de hielo desgajarse de la lengua de un glaciar y adentrarse mar adentro? ¿Que desparezcan los osos polares, las ballenas azules, los pangolines? ¿Queremos acabar con la mayor belleza de esta milagrosa bola azul colgada en un rincón del universo que no es otra que su patrimonio natural? Quizás deberíamos prohibir los documentales de naturaleza en los que nos muestren los lugares vírgenes y hermosos que todavía quedan en el planeta y permitir solamente enseñar aquellos que han sido destrozados y contaminados por nosotros o la brutalidad con la que, en ocasiones, tratamos a la fauna salvaje. A lo mejor después de un tiempo las náuseas y el malestar harían que todos a una nos moviéramos de una vez.

Todo lo demás, que Sánchez quiera sacar a Franco del Valle de los Caídos, que los catalanes se crean que van a ser un país mágico y feliz si se independizan, que el PIB crezca, que la bolsa suba o baje, que al Madrid le dé otra paliza el Barça son puras nimiedades sin importancia alguna si no llueve o si en el océano hay más plásticos que peces o si desparecen las abejas.

Eso sí, mientras tanto seguimos erre que erre. Y no hace falta hablar de que en Brasil el Amazonas desaparece, que lo hace. Aquí el gobierno quiere construir un depósito de gas en el subsuelo de Doñana a pesar de que todos los informes apuntan a un peligro enorme para el entorno de nuestro parque nacional más famoso y diverso. Y a la mayoría le resbala.

En un capítulo de Futurama se referían a nuestra época como la Edad Estúpida y cada día nos acercamos más a ello. Ya lo decía Rosendo: “No te da derecho ni el derecho mercantil, no digas más que se te ve venir. Un pringao que ya sabe que también se va a morir”.

Sí, la letra no tiene nada que ver con el clima pero es que Rosendo sirve para todos los aspectos de la vida.

 

Carral del Prado.

 

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