Era marzo


Sé que fue en marzo. Lo sé gracias a Google, el mismo que sustituye diaria y selectivamente mi memoria, el que destruyó impasible mi carrera de fanfarrón de bar.

Era marzo aunque para mí no lo era, en la norteña región de La Guajira, en Colombia, entre palmeras y arena oscura, con militares paseando sobre sus gruesas botas al fondo de la playa de Palomino, los perros salvajes jugando con las olas que rompían en la bahía, la calma en el desorden.

Marzo de 2015, para ser exactos. Se dijo que el copiloto, un alemán con problemas mentales, estrelló aquel Airbus A320, el modelo más volado del mundo, que viajaba de Barcelona a Dusseldorf en plena cadena alpina. Murieron ciento cincuenta, y unos cincuenta eran españoles. Algo que duele más, inevitablemente.

A media mañana (colombiana; el sol estaba cayendo a esas horas en una fría e imagino triste Europa) y tras desayunar una inigualable arepa de huevo con chocolate caliente, me despedí de la bruma arenosa y las olas orilleras de Palomino y volví a Riohacha, desde donde volaba de regreso a Bogotá. Mi avión, por supuesto, un A320. ¿Cuál si no? Es el modelo más volado del mundo.

En ese vuelo tuve miedo, mucho miedo. Y no, el avión no cayó. Se cumplieron las bajísimas o casi nulas probabilidades que existen de sufrir un accidente de avión. En todo momento hay en el cielo entre nueve mil y trece mil aviones surcando los aires, descubrí después, obsesionado por encontrar en la estadística una cura. Morir en avión es tan jodido como ganar la lotería, en dificultad, aunque los efectos de ambos sucesos son potencialmente distintos.

Como buen humano sufro por lo que no está en mis manos. Después de aquello me acompañó El Miedo A Volar hasta que alguien me convenció de que bastante pesa sufrir por lo propio como para preocuparse por la responsabilidad de otros. Hoy, compro tanta lotería en forma de billetes de avión que no me paro a pensarlo salvo cuando cuentan las noticias que uno de esos pájaros ha caído. El último accidente, en Indonesia esta semana, recuerda que viajar en avión es siendo simplistas igual que vivir, una aventura apasionante y hasta cierto punto incierta.

Jaime Pérez-Seoane Z

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