Tanto monta y si no, nosotros la montamos.


Tanto la monta el populismo de derechas como el de izquierdas.

En estos días me estoy acordando de mi asombro hace unos años cuando comprobaba cómo amigos y conocidos cultos y formados, demócratas, gente trabajadora y normal, hacían suyas las proclamas vacías -en su mayoría- de Podemos. Me costaba entender que alguien con un conocimiento razonable del sistema de libertades en el que vivimos apoyase a un partido que venía a demoler ese mismo sistema; venían, y siguen viniendo hoy aunque más moderados, con ganas de venganza, con ánimos de prohibir y con la intención de reescribir la Historia y adoctrinar a los que cayeran bajo su influjo.  Un partido que diferencia entre aliados y enemigos y azuza a los unos contra los otros como si eso fuera algo necesario en democracia.

Mi asombro se ha visto renovado a día de hoy con el populismo del otro lado. Ya son un grupo considerable de amigos cultos, formados y demócratas que me han manifestado su intención de votar a Vox, que no es sino el Podemos de la derecha. Otro partido lleno de proclamas vacías surgido del desencanto, de la rabia y de la ira. Tres cosas estas comprensibles a día de hoy, y también cuando surgió Podemos, pero tres cosas muy peligrosas cuando se capitalizan en movimiento político. Claro que hay motivos para cabrearse con los grandes bancos, con los independentistas ridículos, con el despilfarro de nuestros políticos, con la mierda de salarios que pagan las empresas mientras sus beneficios crecen por encima de los niveles de antes de la crisis y por un montón de cosas más. Pero eso no quiere decir que la solución sea confiar el poder a una panda de tarados que vienen a demolerlo todo. Me recuerda a lo que ocurría a veces en las partidas de Risk con mis amigos. Siempre había uno que empezaba con mal pie y al ver su objetivo completamente inalcanzable se dedicaba a fastidiar la partida con ataques suicidas y convertía en impredecible el resultado.

Si uno se para a mirarlos de cerca, a Podemos y a Vox, observa grandes similitudes. El lenguaje, las formas, las llamadas a supuestos ejemplos gloriosos del pasado –unos cantan una canción del siglo XIX, otros citan poemas del XVI-, la diferencia entre nosotros y ellos, las promesas electorales basadas en emociones que son conscientes de que no van a poder realizar, la reducción al absurdo de los problemas: los inmigrantes, los ricos, los separatistas, la Iglesia. El otro día un amigo que todavía no se ha decantado del todo me decía que estaba al ochenta por ciento de acuerdo con el programa electoral de Vox. Y yo pensaba que es posible que esté al ochenta por ciento de acuerdo con los programas de PP, Ciudadanos, el PSOE o incluso Podemos, si los lee sin saber las siglas. Pero el problema no es ese. No quiero echar mano de ejemplos históricos pero ha habido tiranos, o sencillamente incompetentes o ladrones, que han llegado al poder con aparentes buenos programas electorales y luego han provocado destrozos irreparables. El problema, de nuevo, radica en sus intenciones, en la agresividad con la que llegan. Cuestionan Europa, cuestionan los medios de comunicación privados, cuestionan las autonomías, cuestionan la educación. Por supuesto que todo esto necesita un arreglo ¿pero una demolición? Sin duda ese no es el camino, no en Europa. Hablan de traidores, hablan de enemigos, hablan de patria. Conceptos todos ellos con tufo a la primera mitad del siglo XX. Otro me decía que va a votar a Vox porque se asegura de que no pactarán con la izquierda. Como si en un sistema democrático pactar con los partidos opuestos fuera un pecado. Como si precisamente la democracia no tuviera entre sus esencias la capacidad de dialogar y solventar problemas llegando a acuerdos entre partidos con diferentes ideologías.

Los ejemplos a día de hoy del mal que puede echarse encima de los europeos son amplios y diversos. En Reino Unido, Theresa May con un Brexit que le está explotando en la cara; en Italia, el barriobajero de Salvini y su boicot a la Unión Europea; en Hungría, Orbán y su racismo. Y fuera tenemos en Estados Unidos a Donald Trump y su política proteccionista -¡está dando resultados positivos!- me dicen los mismos amigos que luego presumen de saber de economía y pasan por alto que el proteccionismo es absolutamente negativo a largo plazo como explicaría cualquier economista. Y en Turquía, Erdogan, y en Venezuela, Maduro, y en Rusia, Putin.

Y los medios, ay los medios. De nuevo les harán la campaña a todos estos cuando se den cuenta de que cualquier rebuzno de sus líderes que pongan en un gran titular atraerá más clics –el veneno que emponzoña la información veraz hoy- a sus páginas. Ya ha ocurrido con Trump y pasa aquí cualquier día que el pamplinas de Rufián, por poner un ejemplo, eructa en el congreso.

Quizás desgraciadamente dentro de veinte años, con una Europa hecha trizas, nuestros hijos nos pregunten incrédulos cómo no nos dimos cuenta del mal al que abríamos las puertas. Pero quizás, una vez más, la democracia demuestre que, siendo el mejor sistema que hay de gobierno, también sea el que permite a los ciudadanos mandar al carajo a su propio país y con él todos los progresos conseguidos.

 

Carral del Prado.

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