Lo tengo que consultar, será breve.


Lo tengo que consultar, será breve. Dame un minuto y te vuelvo a llamar.

Fue lo último que escuché antes de volver a sentirme respirar como un caballo nervioso. Diecisiete años de lomo partido para la empresa, defendiendo sus colores ante todo y todos, como aquella vez en Ciudad de México, cuando un proveedor nos pedía un dinero que se le debía desde hacía dos años, y yo jurando por mi madre y por la Vírgen de Guadalupe que eso jamás de los jamases había sucedido en una compañía como la nuestra, una embotelladora líder, la primera en abrir una planta de reciclaje en las américas, incluso antes que ninguna de las gringas. Entonces no sabía que debíamos dinero a medio continente, que pagábamos tarde como norma general y que el director financiero se dedicaba a negociar las facturas con los recicladores, chicos y chicas que recorrían las calles sin seguro, algunos descalzos, de noche y a pie, por cuatro pesos como quien dice.

Pero no. Yo me batía por la firma como el más forofo, de un modo casi irracional, emocional sin duda. Me agarré al mito del reciclaje entonces, cuando yo mismo necesitaba cambiar de piel y caparazón y empezar de cero, y me sentí siempre en deuda con aquella empresa, mi madre y mi hermana, y después mi mujer, cuando me arrebató a la primera. Pero me había equivocado al tratar de sobornar al alcalde, ese tan popularmente corrupto que sólo te recibía si andabas con un maletín en la mano, en esa ciudad sureña de mierda donde queríamos invertir sólo para salir en la foto. Me había equivocado y ahora me enfrentaba a un despido probable, y a un proceso penal, quién sabe, y la bola de mi garganta se hacía tan grande que parecía me hubiera comido un jersey de lana, y ya pensaba en cómo me quitaría la vida cuando me encerraran, lo cual harán sin dificultad, porque la empresa se desligará de mí en el instante en que todo se confirme. Dirán que no soy nadie.  

El reloj de la pared marcaba las once y cincuenta y nueve de la noche. Apagué la luz del despacho de mi apartamento en Monterrey y escuché los gritos de los niños jugando al fútbol en el patio trasero del edificio. Reían libres de pecado, y corrían en tromba detrás de la pelota descuidando los espacios y las consecuencias, y sólo callaban para dejar sonar en mi cabeza las palabras del vicepresidente, “la cagaste, no sé si podremos ayudarte. Lo tengo que consultar”, y las risas del alcalde maldito que quería que hiciéramos una planta más grande que aquella que había construido la competencia en Singapur, pero esta sería con la mitad de presupuesto, sin contar que él se quedaba el diez por ciento, con la mitad de conocimiento, en la mitad de tiempo, y en medio de la puta nada.

Se cantó gol en el patio. Todos lo cantaban al unísono, aunque algunos lo hubieran recibido, qué remedio. Treinta segundos solo y seguía su caminar lento y silencioso la aguja fina del reloj de pared, ese que mi ex mujer quiso sí o sí, aunque fuera el más caro, y aunque no volviera a pisar ni una sola vez ese apartamento después del fin de semana en que lo inauguramos con los niños y fuimos a escalar, eso sí que eran buenos tiempos. Ojalá pudiéramos volver atrás, al menos una vez.

La luz de las farolas entraba por la ventana y rompía la oscuridad de mi despacho en líneas horizontales, y pude ver mi cara ante la botella de tequila, ya vacía como yo, vista para sentencia e inmóvil, expectante del lento andar del segundero, ya marcando las doce menos diez. En mi mesa, un periódico de hacía siete meses donde se mencionaba que el alcalde de los bemoles iba a ser investigado después de una década y media robando, todo porque no quiso darle el voto a su primo segundo en la carrera hacia el gobierno regional. Ya no leía prensa apenas, sólo me daba disgustos.

Puntual, el teléfono volvió a sonar.

 

Jaime Pérez-Seoane Z

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