Al décimo


– ¿Al décimo, ha dicho?

La voz ronca de Miguel (no dijo su nombre, aunque le pegaba Miguel) me llamó la atención. ¿Afición a la bebida o un trancazo? Quise creer la primera. Con su cojera indisimulada, parecía un superviviente de la movida madrileña. Seguro que antes de portero había sido músico, o miembro de una banda motera. Si aquello fuera Alabama en lugar de Carabanchel, hubiera dicho que también sirvió en Vietnam.

– Al décimo, sí señor. – Sonreí, insinuando que yo también fui un liante en otro tiempo no muy lejano.

La puerta no llegó a cerrarse. Un tacón dorado se interpuso en su camino. A él siguieron una pierna larga como un día de verano, y luego otra. La propietaria, una chica de ojos grandes, entró con su flequillo y sus prisas. Miguel se irguió como si lo de su pata chula fuera un cuento para otros. Se saludaron, y la voz de ella era dulce. La de él, ya sabéis como era, aunque esta vez carraspeó para fingirla más firme.

– ¿Usted también va al décimo? – dije yo, esperanzado con la compañía.

Dijo que no, sin decir nada. Sonrió, miró a Miguel (que su madre me perdone si le puso otro nombre) y pulsó el botón del segundo piso. Eso sí que es mala suerte: un edificio con veintidós pisos y se tiene que bajar en el segundo. Miguel le preguntó por su hermano. Ella respondió que ahí sigue, que luchando. Le imaginé de unos doce años, enfermo de leucemia, en una habitación azul, con los ojos grandes como su hermana, con un pijama de algodón y muy buenas maneras, enfrentando con dignidad un futuro oscuro, porque su padre, el militar que murió en Afganistán, les enseñó a sonreír en las peores circunstancias. Puede que su hermano solo estuviera luchando para sacarse la oposición a policía, o luchando en un ring porque era luchador, o quizá, probablemente, sólo estuviera luchando como todos, y que Carla hubiera comparado la vida con una lucha, que en el fondo es una comparación bastante habitual, y supongo que en Carabanchel lo es también.

A la despedida de Carla, ese nombre le puse a la del segundo, siguió un vacío emocional inesperado. Los segundos se hicieron eternos. El ascensor metálico – que olía a plástico, ¿cómo puede ser? – parecía un purgatorio donde el portero y yo estábamos destinados a compartir un interminable viaje. Pero nada dura para siempre, ni siquiera la idea de que en treinta y cuatro años no has hecho ni una sola cosa de la que estar orgulloso. Que si este ascensor se jode, y se va todo a la mierda, serás una buena persona más que no merecía irse tan pronto, amén de un saco de huesos hechos polvo y bañados en sangre.

Paramos en el noveno, y se fueron los fantasmas que llevaban siete pisos con nosotros. Entró, en su lugar, Don Eugenio. Así le saludó Miguel.

Don Eugenio debía rondar los ochenta, y aunque su cabeza estaba ya mayor (¿qué hacía si no cogiendo un ascensor de subida cuando seguramente quería bajar?) su piel parecía no sentir el paso de las décadas. Vestía una camiseta del Atleti, equipo que seguía sólo desde que su nieto hubiera sido fichado para formar parte del equipo benjamín. Él, un hombre de costumbres, de comer todos los domingos en el mismo restaurante, de viajar todos los veranos al mismo pueblo, el de su madre, y abonado del Rayo de toda la vida, había cambiado los colores por apoyar el futuro de Carlitos, aún cuando sospechaba, él, que llevaba viendo fútbol toda una vida, que no llegaría muy lejos.

– El décimo – dijo el portero, mientras me abría la puerta. – Buena tarde, joven.

– Igualmente, Miguel. – Dije sin pensar.

 

Jaime Pérez-Seoane Z

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