Una vida normal. (I de II)


 

De pronto un día dejas de follar con tu novia. O Follas tan poco que casi ni cuenta; algún fin de semana, una noche de borrachera, el día de tu cumple. Te dedicas al curro, crees que eres bueno, que todavía tienes muchas oportunidades, que no vas a estar ahí toda la vida. Sales con tus colegas pero te empieza a dar pereza emborracharte toda la noche porque al día siguiente tienes una resaca del copón y tu piba te echa la peta. Haces planes de día, cuando no te joden el finde por trabajo, cuando no te toca ir a comer con los padres de ella o ir a comprar algo para vuestro piso de una sola habitación o ir a ver a tus padres que te reprochan todos los días lo poco que les visitas.

De pronto un día decides casarte porque es lo que toca y tus amigos lo están haciendo; total, no va a cambiar mucho la cosa. Misa, fiesta, viaje. Un par de polvos en el viaje, tres si cuentas el par de embestidas flotando en el mar. De pronto un día te das cuenta de que tienes dos hijos. Quieres ir al cumple de Paco, que celebra por todo lo alto sus cuarenta tacos soltero en un garito del centro y van también el cachondo de Luis y el Pollo al que hace la vida que no ves y Laura que te tenía ganas en su momento y todavía está bastante buena. Pero Pablito tiene mañana partido de fútbol en casa Dios. Consigues convencer a tu mujer de que vas un rato y vuelves rápido pero entre medias se te pone mala la enana que empieza a vomitar como si fuera la niña del exorcista. A las tres de la mañana sigues en urgencias y cuando vuelves ya no tiene sentido ir al cumpleaños porque va a estar todo el mundo borracho y tú no puedes beber. Eso sí, de llevar a Pablito al partido a las ocho y media de la mañana no te libras.

De pronto un día te levantas del váter y ves que hay sangre. No sabes si es de tu orina o de tu mierda. Vas al médico y te confirman lo peor. Empiezas con la quimio. Te dices que tienes fuerzas y que vas a poder con la maldita enfermedad pero aquello no funciona. Sin un pelo y demacrado te despides de tu familia en un cama de hospital mientras lloriquean en una mezcla de pena, asco y alivio por dejar de verte así. Una cama que mañana, cuando se hayan llevado tu repugnante cadáver, ya estará ocupada por otro desgraciado como tú. Al poco tiempo lo único que se oye decir de ti es “qué mala suerte, el pobre Juan”. Tu mujer, tu viuda, se ha vuelto a casar porque todavía es joven y tiene dos niños pequeños que, pasados unos años, quieren más a su padrastro porque su verdadero padre murió cuando eran muy pequeños y no se acuerdan.

Y de pronto un día eres un  nombre grabado en una lápida barata que no visita nadie, ni siquiera el día de difuntos porque ahora se celebra Halloween y lo de ir a los cementerios disfrazados pues como que no. Y al cabo del tiempo han muerto casi todos los que te conocieron. Para los que viven, y se acuerdan, eres el tío Juan, que tuvo mala suerte y murió joven pero era una buena persona. Y de pronto un día resulta que esa es la vida normal de todo el mundo, la que tú no querías llevar ni por asomo. Pero así es la vida.

 

Carral del Prado.

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