El Zippo.


-Por el alcohol, causa y a la vez solución de todos los problemas de la vida.

La carcajada siempre era generalizada cada vez que el cachondo de Ramón citaba a Homer Simpson para empezar las copas; y lo hacía cada vez que tomaba un J&B con agua con gas. Estaba empeñado en que era más sano y daba menos resaca beberlo así que con Coca Cola y, si le preguntabas, te lo justificaba con mil argumentos. Casi te convencía. A los trece años ya se había leído libros como Confieso que he vivido y El Conde de Montecristo – su novela favorita, de ahí que su nombre en WhatsApp fuera Edmond- y a los quince nos aleccionaba a todo el grupo de amigos, pijitos madrileños sin muchas inquietudes en aquel momento, sobre las bondades del comunismo. Y siguió leyendo tanto que a los veinte ya renegaba de esa ideología autoritaria, algo que nos encantaba recordarle, pero renegaba de esa y de todas. Lo que más le gustaba, más incluso que leer, el wiski, el Chester Light y el Heavy Metal, era ser buena gente. Estaba en su naturaleza. Incluso nos convenció de que la cojera que arrastró el último mes era porque se había caído de la cama una noche que intentó hacer una postura extraña con una tía y se pegó un tortazo, con ella en brazos, que le provocó una luxación de cadera. Lo que nos pudimos reír. La contó sin que faltara un detalle. Supongo que leer tanto le proporcionó esa capacidad de fabular con la que encandilaba a todo el mundo. Luego supe por su hermana que el cáncer de hígado que se lo llevó había hecho metástasis en su fémur y que por eso cojeaba. Así fue como se lo detectaron. Si supiera Ramón la de veces que me había liado con Pati, su hermana pequeña. Sólo le confesé una y, aunque no llegó a enfadarse, no le gustó demasiado. Supongo que si nos volvemos a ver me lo va a cobrar en wiskis con agua con gas por ser tan cobarde. Pero él tampoco nos contó lo de la enfermedad. Con lo transparente que era el tío eso se lo guardó para él. Por lo visto, me contó Pati, era muy virulento y lo pillaron tan tarde que no cabía posibilidad de tratamiento. Apenas duró un mes. A día de hoy he dejado de intentar entenderlo, supongo que lo hizo para no perder la sonrisa; para que no la perdiéramos nosotros. Mantuvo su forma de ser exactamente igual sus últimas semanas de vida con una excusa diferente cada día para justificar su cansancio. Lo que sí entendí después de su muerte fue lo de su Zippo de Iron Maiden. Aquel mechero era su tesoro más preciado. Lo había comprado en una tienda de heavys que ya no existe en la calle Fuencarral y llevaba grabado en una de sus caras el nombre de su grupo favorito. Cuatro mil quinientas pesetas le costó la tontería y eso que por esa época todavía no fumaba. El caso es que no se separaba de él en ningún momento, era su manera de demostrar que era un auténtico metalero. “Si alguno osa picarme este mechero os perseguiré toda la vida, incluso después de muerto volveré para atormentaros”, solía amenazar. El último día que le vi, sorbiendo a duras penas una pinta en el O’Sullivan, se despidió con un suave abrazo y se fue renqueando pausadamente. Cuando iba a doblar la esquina me di cuenta y le grité.

-Ray ¡el Zippo!

Él me devolvió un susurro que intentó ser un grito.

-Guárdalo, ya me lo das mañana-. Y sonrió dejándome allí extrañado.

Murió dos días después. El cabrón lo sabía y decidió dejármelo a mí. Puede que esta no sea la mejor historia de superación. Ramón no superó el maldito cáncer pero superó todo lo demás. Superó la agonía de una cuenta atrás injusta e imparable y lo hizo sonriendo con solo veinticinco años. Quizás no estaba hecho para envejecer. Ahora se partiría de risa viendo lo puretas que somos y lo calvo que está alguno. La verdad que me sorprendo al pensar en él porque siempre sonrío. Le lloré en su momento pero ahora siempre me transmite alegría su recuerdo. No ha dejado el frío del desconsuelo tras de sí, más bien ha dejado el calor ese que queda en el hueco del edredón hecho un ovillo cuando te levantas de la cama por la mañana. No superó la enfermedad pero superó hasta a la propia muerte porque ahora él viene conmigo a todas partes, lo llevo siempre en el bolsillo incluso desde que dejé de fumar. Espero que cumpla su amenaza y vuelva. Aunque sea para atormentarme.

Carral del Prado.

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