¡KALINKA!


Todos los grupos de amigos tienen sus rituales a la hora de salir y emborracharse. Desde alternar chupitos con copas como si fueran a recibir un premio, desnudarse en público, cantar las mismas canciones o comenzar todas las noches en el mismo bar donde no hace falta decirle al camarero la copa que van a pedir. Y de forma individual cada borracho también tiene sus propios e inconfundibles rituales. En mi caso concreto tengo una amplia diversidad de amigos con rituales casi místicos que amenizan, de forma inevitable, cada noche o día que nos juntamos. Tengo un amigo al que la borrachera le transforma sus ojos de humano en inquietantes ojos de felino, otro al que el alcohol trastorna su capacidad lingüística y hace que hable con acento murciano siendo de Madrid, otro que pierde la capacidad del habla y se dedica a empujarte con cara de mala uva cuando te acercas a él y unos cuantos a los que les provoca directamente un trastorno total y generalizado de su personalidad. Con cómicos y trágicos resultados a partes iguales. Pero entre ellos destaca mi querido amigo el Doctor que tiene la asombrosa capacidad de bailar el Kalinka.

Este, para aquellos marcianos que no lo conozcan, es un baile ruso asociado a la canción del mismo nombre escrita en 1860 por el compositor Iván Petróvich Lariónov, natural de la localidad de Perm, cercana a los montes Urales. Es una canción que desde que fue interpretada por primera vez como parte de una obra de teatro en la ciudad de Sarátov ha alcanzado gran fama y notoriedad en Rusia y la cantan y la bailan desde las pequeñas compañías de las aldeas de la estepa hasta los propios oficiales del coro de la Armada Rusa. Es una canción popular que habla de una baya de nieve -eso es lo que significa Kalinka-, una pequeña fruta a la que también denomina frambuesita. Se baila en cuclillas dando pequeños saltos mientras se estiran por completo las piernas y se abren y se cierran los brazos con un abanico de acrobacias dignas de Nadia Comaneci. Pues bien mi amigo el Doctor no se parece precisamente a una frambuesita. Está más fuerte que un DYC solo, sin hielo y a temperatura ambiente a las nueve de la mañana y pesa en torno a cien kilos. Y, aunque bebe como un marinero raso de la base de Severomorsk, no es ruso ni por asomo. Pero tiene la increíble agilidad y fuerza para, tras unas cuantas copas, de whisky y no de vodka, ponerse a bailar, rojo como un tomate del esfuerzo, mientras todos los colegas damos palmas y coreamos la tonada decimonónica entre exclamaciones de felicidad. Sólo el estribillo por supuesto. Aunque a todos nos trastorne el habla el alcohol no llegamos a hablar ruso aunque a altas horas de la madrugada pueda parecerlo. Cuando acaba, el Doctor se levanta bonachón y sonriente y es aclamado por todos mientras le acercamos una nueva copa llena hasta los topes. Es quizás uno de los rituales más queridos por la cuadrilla y de los que más tiempo ha permanecido inalterado entre nosotros pues lo lleva haciendo casi desde la adolescencia y algunos ya gastan treintaiún tacos.

En fin, sé que todo el mundo tiene sus rituales borrachiles y que quizás este no les haga tanta gracia pero yo tengo un amigo que baila de maravilla el Kalinka y encima borracho como un lémur. A ver quién es capaz de imitarlo.
Kalinka, kalinka, kalinka maya!

Carral del Prado.

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