El otro.


Otra vez se la había vuelto a jugar. Por si no era suficiente que fuera lunes y tuviera una resaca de mil demonios. El muy cabrón le había dejado la casa hecha una mierda, la tarjeta de crédito tiritando y se había terminado el ibuprofeno. Otro finde más. Mira que esta vez había escondido bien las llaves de su diminuto piso y había procurado no anunciar su plan hasta el último momento para que no apareciera. No quedaba una cerveza en la nevera. Había dos bolsas vacías del McDonald’s en el salón y el cenicero estaba lleno de colillas. Ni siquiera había tenido el detalle de abrir la ventana para que no apestara a tabacazo. Encima se había montado una recena con el poco pan que le quedaba y los restos de jamón de las navidades. Y el muy guarro se había puesto mostaza. Su mostaza picante francesa que cada bote costaba una pasta. Ahí la había dejado, en la encimera, con el cuchillo todavía metido dentro del tarro. Eso sí, los condones no los había ni mirado. Al principio pensó que era una buena noticia pero luego se dio cuenta de que era mucho peor. Me cago en la leche, en mi puta cama. Lo bueno es que no había encontrado el whisky de debajo del fregadero aunque tampoco quedaba hielo ni Coca Cola. Pero bien sabía que eso le hubiera importado poco. Mientras fijaba la mirada en el ordenador del curro e intentaba trabajar o simularlo saltó una alarma en su cabeza. El móvil. Lo cogió casi temblando para ver si al tarado se le había ocurrido escribirla o llamarla de madrugada. Afortunadamente no. Tendría que cambiar de nuevo el código de desbloqueo por si acaso y también el número de la tarjeta aunque ya tenía comprobado que no servía para nada porque el otro siempre los averiguaba. Le tocaba otra semana sin un duro sin que el muy notas diera señales de vida o se disculpase ni un mínimo. Ahora a hacer la compra y mirar hasta el último puñetero céntimo. Siempre aprovechaba para aparecer los primeros findes del mes cuando sabía que había pasta y plan. Lo primero que echaría a la cesta era cerveza por supuesto. Algo de embutido, más café y un tubo de pasta de dientes. Poco más porque tenía que contar con su cajetilla de Camel Blue diaria. Algún día dejaría de fumar y entonces sería rico. Dos semanas de miseria por delante. Dos semanas de beber birra, fumar y leer libros en casa. No podía ni plantearse un plan, por muy barato que fuera, de fin de semana. Aunque todavía era lunes. Igual al maldito pirado se le ocurre aparecer el viernes y me convence. O el jueves que ya sé cómo se las gasta. En fin, lo de siempre.

Carral del Prado.

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