¡Ha llegado!


Da el viento el aviso con el reseco silbido de sus labios cortados. Inquieto el polvo se refugia entre las crepitantes ramas secas. Se despereza la higuera y se estiran sus hojas en la cosquilleante percusión de incontables baquetas que las usan,  con permiso,  de tambor.

Un susurro húmedo envuelve a la luz que somnolienta descansa un rato sobre oscuros algodones. Vuelve la libélula con su volar juguetón. Se esconde el cernícalo en el risco y la golondrina bajo el balcón.

Las manos entrelazadas de los enamorados acortan su distancia y ahora buscan consuelo, destempladas, en cinturas y en hombros ya tapados.

El río incrédulo recibe la llegada abriendo y cerrando los ojos con cada una de las visitas que ahora parecen infinitas. Escuálido durante meses,  ahora sin mesura y sin control,  besa lujurioso a la ribera de la que en verano sin fuerzas se despidió.

La soledad se sienta en las terrazas mojadas y, en los salones, sonríe crujiente la chimenea mientras observa al cálido sofá bajo pesadas mantas olvidadas que cubren a unos pies zalameros que se toquetean.

Hace profundo al albero, oscuro al granito, feliz al viñedo. Ha llegado. Y con ella el otoño y los bosques sedientos que pronto serán colorados.

Carral del Prado.

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