El látigo


Sintió el látigo del tiempo recorriendo su espalda en la primera brazada. Estaba acostumbrado al singular saludo de las raíces nerviosas de su columna vertebral. ¿Estenosis espinal a los treinta y dos? Entre nada y muy poco habitual, si. Superar aquel cáncer también escapa de lo convencional. El gélido mar se dejaba sentir en las yemas de los dedos mientras el resto de su cuerpo permanecía indolente. Que se joda el mar del norte, pensó, acelerando el ritmo de sus brazadas. Asomaba una gigantesca ola, y ningún otro surfista, de los seis o siete intrépidos que flotaban en el ancho de la bahía a pesar del aviso de temporal, parecía con ganas de remarla. Al oeste, la playa se oscurecía. La lluvia era fina y los pelícanos aprovechaban la confusión meteorológica para regalarse un festín romano.

Notó como la cola de su tabla empezaba a levantarse y aceleró el ritmo de la remada; pies y manos agitándose a toda máquina. Como en el pasado, ella invadió su cabeza en un momento determinante. Estará de vacaciones con el gordo ese, pensó. En su barco. ¿Era en Ibiza o en Menorca? Le imaginó a él, bronceado y con esa panza flácida, bebiendo champán con agua, abriendo la boca como un dinosaurio al comer. Seguro que llevaba camisa rosa y un traje de baño apretado, queriendo ser más italiano que ninguno cuando nació en Guadalajara, será paleto. Odiaba su forma de hablar siempre a gritos, de mirar hacia otro lado cuando un desconocido le hablaba, el ruido que hacía al comer, más allá del puramente gutural, un ruido libre y obsceno como el cuero blanco de los asientos de su Aston Martin. Le tuvo manía siempre, desde el primer día en el banco.

La ola se hacía grande, eran cinco metros de monstruo, quizá seis. Volvieron el miedo y la determinación necesaria y volvió ella a su cabeza. ¿Habrá dado a luz ya? A veces pensaba en que ese bebé podía ser suyo; las cuentas salían, a duras penas, pero era posible. Hoy no, no quería enfocarse en eso. Llevaba estudiando las corrientes provocadas por El Niño todo el semestre. Había predicho con acierto el oleaje de esa mañana. Dos, o tres segundos más, y se pondría en pie sobre la tabla, antes de ofrecerse como aperitivo a Poseidón. A la muerte no hay latigazos que le duelan, cobardías que le pesen ni amores que le consuman. A la mierda.

Jaime Pérez-Seoane Z

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