Viajeratura.


-Va a ser muy complicado volar ese puente.

– Te vas a llenar de resina.

Notaba el palpitar de su corazón contra las agujas de pino que alfombraban el suelo. El aire fresco del final del verano envolvía el bosque y el viento traía el susurro del arroyo que estaba delante de ellos dos. El agua bajaba clara y ajena a lo que estaba por venir. El deber es el deber pensaba él mientras comprendía que la misión que tenía por delante iba a ser mucho más complicada de lo que le habían dicho. Sin esperar más siguieron adelante juntos y cruzaron el puente que podría servir a las tropas nacionales para desbaratar el frente de la Sierra.

– Ah Maga, qué incomprensible te vuelves cuando quieres. Cuando escapas a mis sentimientos, cuando te pierdes y te encuentro bebiendo absenta, cuando te quedas aburrida escuchando mis elepés de jazz.

– Absenta, qué guarrada…

Montmartre se volvía más auténtico en esa tarde oscura y lluviosa de otoño. La Maga le acompañaba por las estrechas callejuelas de las que los pintores habían huido cuando comenzó a llover. Atrás quedaba el Sacre Coeur alzado imponente entre cortinas de agua. Ella le cogía caladas furtivas de su cigarrillo y le dejaba el sabor perfumado de sus labios en el filtro sin soltar su brazo con el que sujetaba el diminuto paraguas que les hacía andar pegados. De los pequeños cafés y restaurantes salían voces apagadas en vino. Voces de otra época y algún que otro cronopio que perseguía a una fama huidiza.

-Pobre José Arcadio, ahí sigue atado al castaño. ¿No lo ves?

-Qué increíble es esta casa.

Seguro que aguardaba la visita de Melquíades. Traería de nuevo sus inventos y el hielo que tanto le había fascinado la primera vez que lo vio. El sol estaba en lo alto y se filtraba a través de las descomunales hojas de los inmensos árboles del jardín con la humedad tropical del pueblo descendiendo sobre la inmensa casa de la eterna familia. Había podido ver tras una puerta el cuarto donde todavía se amontonaban las bacinillas de las amigas de las niñas y también, ajado y olvidado sobre una vieja cómoda, el daguerrotipo de la dulce Remedios. Pronto olvidaría todo aquello incluso a pesar de las etiquetas que estaban pegadas a todos los objetos con sus nombres escritos. Menos mal que el gitano llegaría a tiempo con su brebaje para curarlos antes de que fuera demasiado tarde.

-Ah pobre abate Faria. Nunca llegó a disfrutar de su tesoro.

-Al menos alguien lo disfrutó.

Dejaban atrás el solitario y ruinoso castillo prisión con dirección a Marsella. El bote daba pequeños saltitos a medida que sorteaba las olas cuya espuma formaba caprichosas figuras sobre el azul del mar. La ciudad todavía esperaba la llegada del Faraón cargado de especias de Egipto aunque se hablaba de mal tiempo en el Mediterráneo. La aldea de los catalanes hacía tiempo que estaba vacía pero allí se encaminaron nada más desembarcar.

-Mi querida Mercedes, qué ingrata fuiste.

-Siempre con un libro en la cabeza cariño. No eres capaz ni de irte de viaje sin uno de ellos. Y la cosa es que me encanta.

-Si fuera solo uno mi amor, si fuera solo uno…

Y así se quedaron abrazados los dos al borde del mar, en el pequeño promontorio donde una vez fue joven y feliz Edmond Dantés. Entrelazaron sus cuerpos mientras la literatura se derramaba entre la espuma de las olas y fueron felices como solo puede serlo un ser humano junto a otro y junto a un libro.

 

Carral del Prado.

Anuncios

Opina

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s