La musa


Las gaviotas abandonaron los tejados de la Carrera Quinta en cuanto se disipó la brisa. Caliente, el viento del Caribe bañaba las orquídeas nacidas a la sombra del muro. A su paso cubría las paredes de herrumbre, hasta que las casas rosas, gualdas y azules se vestían de vieja pana.

Busqué entre las calles de Getsemaní, azuzado por el calor. Probé en la vieja Habana, sin fortuna, pues no la vi bailando al son de las maracas. Escalé las paredes de San Felipe, donde el semihombre espantó a los ingleses con su pata de palo y la ayuda de cincuenta valientes marinos. Todo lo que vi fue mil ovejas ahogándose en los mares, y dos buques españoles hundidos.

Quise viajar al este, a buscarla bajo las faldas de la dama blanca. Su frondoso bosque era cuna del chamán, y del agua de sus ríos se bebía eterna juventud. No me dejaron ir, pensé, por suerte; la sola idea de hacerlo me aterrorizaba.

Paré a beber en la Plaza de Santo Domingo bajo el sol de mediodía. Los niños se perdieron calle abajo, y, poco después, reinó la calma. La Heroica se lamía en silencio del picar de los zancudos cuando Gabo apareció, tras la esquina, como cada día.

– ¿Ya has dado la vuelta al mundo?  – preguntó, su mano pegada al libro. – No la encontrarás así. Ella no viaja tanto como tú.

 

Jaime Pérez-Seoane de Zunzunegui

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