Barcelona (y la anárquica tormenta)


Aquella mañana, la tormenta se adelantó en Barcelona a las tempranas luces del alba. De nada sirve aparentemente, en los días de intensa lluvia, la estructura perfecta de La Ciudad Condal, levantada con escuadra y cartabón y después coloreada con barroco frenetismo. La señora Barcelona (quizás sea un señor, me salió pensar después de todo aquello) abraza el caos en cuanto puede, despintando su cara de princesa de las provincias de España, mientras sus amantes, venidos a adorarla desde doscientas esquinas, mueren enamorados de su grandeza metropolitana y su mar de plata.

La ciudad despertó despelucada, resacosa, agobiada por una tormenta extinta. Las vías de tren sobre las que emerge la estación de Sants parecían un horno con el regulador escacharrado. En la calle, una fila de indignados madrileños aguardaba bajo las nubes kilómetros de cola para conseguir un taxi. ¿Esto es siempre así?, me preguntaba una joven despistada. Otra como yo, pensé, mientras dije que entendía que no.

Aquel fin de semana la feria había llegado a la ciudad. El evento, esperado como agua de mayo por los industriales de los suburbios de Barna, absorbía toda la infraestructura logística. Por eso la estación de tren se quedaba sin oferta. ¿El aeropuerto está igual?, pregunté, a lo que obtuve un poco convincente “supongo que sí”.

Una vez en el centro (por fin llegué) surgió una primera impresión. La tormenta sólo extendía un caos latente, un estado neurálgico que vivía en el alma de Barcelona, dispersada en cada uno de los nómadas que habitaban en su centro. Eso pensé en la Gran Via des Corts Catalans, que últimamente parecen más bien un circo. un tipo atlético y elegante, probablemente de origen magrebí, discutía enérgicamente con la que supongo era – y estaba por dejar de ser – su amante. El tipo concluía deprisa, se daba la vuelta, y echaba a correr. Acto seguido, su joven amiga se despojaba de unos larguísimos zapatos de tacón y arrastraba con torpeza una vieja maleta mientras gritaba entre sollozos, no te vayas. Sus pies desnudos se ensuciaban en la gris avenida ante la mirada perpleja de siete pares de ojos de siete culturas distintas. El rímel deslizaba por sus mejillas como el agua corría por el lateral de las aceras.

Diez minutos después, había dejado atrás la Gran Vía catalana. Atravesaba sin pensar las monumentales calles del Eixample, siempre abarrotadas de turistas de toda clase. Los orientales disparaban sin piedad sus flashes sobre la Casa Battló, el inmueble de psicodelia plantado por el maestro Gaudí en el Passeig de Gracia. Cuando bajaba el Carrer de Brut, me topé con otro par de nómadas furiosos. Estos, a diferencia de los anteriores, estaban decididos a matarse el uno al otro antes de huir. Ella, de nuevo chiquita – la cara limpia de pintarrajos pero los ojos desorbitados –  ganaba el asalto. El hombre, arrinconado contra las cuerdas, parecía estar a punto de saltar sobre su oponente con las uñas, como un gato exhibiendo sus más básicos recursos. No quise quedarme a conocer el desenlace del combate, por lo que no puedo contarlo. Y es que, pensé después de aquel caótico rato, Barcelona es demasiado bella – o demasiado bello, ciudad ambigua – como para concentrarse sólo en sus alcantarillas y sus ratas, aquellas que recorren a ciegas los ángulos perfectos de la urbe en los días de anárquica tormenta.

Jaime Pérez-Seoane Z

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