El camino más largo


 

“¿Qué te parece si repetimos el viaje en 1980, a los quince años de aquello? ¿Habrá cambiado el mundo? ¿Habremos cambiado nosotros?”. Leía emocionado esta frase que Al le decía a escondidas a Manu, en el salón de su piso de Nueva York, sentado en un vagón de la línea 8 del Metro de Madrid mientras de mis alpargatas todavía se deslizaban granos de arena de la playa que, no como polizontes en un barco sino como pasajeros de primera por su poco disimulo al caer al suelo, habían llegado conmigo a Madrid. Para mí el verano había terminado ese 23 de agosto. Un verano de 4 días en Mallorca en el que había recorrido el Sáhara desde Fez hasta Alejandría, había dormido  a los pies de la gran esfinge de Giza a pesar de la maldición, había vivido la guerra entre turcos y griegos en Chipre, había recorrido las andanzas de Lawrence de Arabia en Damasco, la SAVAK me  había seguido los pasos desde Teherán a Isfahán, fui preso de los militares en la Cachemira india, llegué al techo del mundo en Katmandú antes de que la riada de hippies occidentales abarrotara sus calles puestos hasta arriba de drogas psicodélicas, había recorrido las calles del gran prostíbulo en el que se había convertido Bangkok a causa de las tropas estadounidenses, tropas con las que me había emborrachado hasta ahogar penas y alegrías en el hotel Continental de Saigón mientras sus bombarderos B-52 reducían a cenizas 1.700.000 hectáreas de vegetación del norte del país y finalmente había cruzado Australia, el gran continente vacío, de norte a sur sin probar la carne de canguro. Eso sí antes había comido sesos de mono directamente de la cabeza del animal que el camarero había traído vivo a la mesa en Hong Kong. “Manu, los sesos hay que comerlos de la misma cabeza del mono y en caliente, dentro de unos minutos se habrán enfriado y sabrán a rayos” me dijo el Jefe.

Había recorrido, en definitiva, El Camino Más Corto en la piel de Manuel Leguineche, Manu, el fundador de la tribu. La suerte me había sonreído en la Feria del Libro de Madrid de ese mismo año de 2016 cuando una rubia flacucha, desgarbada que más parecía una galga española por su elegancia al andar, me regaló el libro que narra el inicio del viaje de la vida del maestro de periodistas español, nuestro Kapuscinski. Para un joven periodista como yo, frustrado por la caída de nuestro oficio, por el maltrato al que estaba sometido por parte de directores y dueños de los medios era un nuevo golpe de ilusión, un cañonazo de sabiduría y de nostalgia. Ya me había leído a todos los clásicos, a Ramón Lobo y sus noches en Grozni en medio del asedio ruso, a Pérez Reverte pasándolas canutas con Márquez en los Balcanes, a Gervasio y su dedicación a los desparecidos y las vidas minadas, a John Lee Anderson y la maldición africana y por supuesto a Kapuscinski por todo el mundo. Pero Manu era diferente. La única salvación era que la profesión seguía siendo la mejor del mundo y que, a pesar de la percepción de la gente – “yo ya no me creo nada de los medios” era la frase más oída – , seguía teniendo la fuerza de cada uno de los jóvenes profesionales con los que me cruzaba y que creían lo mismo que yo y con los que, en muchas ocasiones, comentábamos los libros o artículos que eran los mismos que nos habíamos leído todos. El maltrato, los sueldos miserables y las condiciones lamentables eran algo ya asumido de manera general. Si para Manu los corresponsales de guerra eran la tribu, nosotros, los periodistas jóvenes desesperados, sin futuro y sin alternativa por la maldición de que nos gustaba lo que hacíamos, éramos la horda, el khalasar muerto de hambre de Danaerys tras la muerte de Drogo. Pero eso no era lo peor. Lo peor sin duda, para mí y para muchos, era ver cómo personajes estrafalarios sin vocación ni formación ni tan siquiera algo de cultura o curiosidad saltaban a los diarios y a las páginas de interés mucho antes que los que llevábamos años sudando tinta y gastando suela en las calles para pagarnos una cerveza el viernes. Eran los tuiteros, youtubers, influencers y demás calaña que ahora resultaban ser gurús de la información por tener una masa como seguidora en las redes sociales. Me pregunto qué pensaría Manu de esto. De vivir en lo virtual en vez de perderse en la selva de Birmania junto a los bonzos sin ninguna prisa, de escribir desde el retrete 140 caracteres sobre el tema de turno a la espera de ver cuánta gente entra al trapo, la mayoría sin tener ni pajolera idea, en vez de vérselas en Camboya para mandar un télex sobre Angkor Wat vía Holanda y esperar semanas o meses a que la redacción de Madrid le mandase al siguiente destino su sueldo para poder seguir camino.

Con nombres como Barbijaputa, estos sujetos, alejados del Periodismo tanto como un portavoz de un partido político,  se habían colado ya hasta la cocina de las redacciones en las que ningún jefe pedía ya reportajes sobre los beduinos sin fronteras del desierto o sobre el legendario paso del Kyber.  Los directores piden rapidez, piden superficialidad, piden likes, clicks y shares. Me pregunto qué pensaría Manu. Quizás estuviera de acuerdo. A lo mejor los 32 espíritus que habitan nuestro cuerpo, según la tradición laosiana, nos han ido abandonando y por eso nos hemos vuelto gilipollas. O será que en vez de coger el camino de Manu, nos hemos dejado engañar y hemos elegido viajar desde casa. Hemos elegido el camino más largo.

 

Carral del Prado

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