Bogotá, otra vez (fiel crónica de un paseo).


Bogotá es como una de esas mujeres que juega caprichosamente con su entorno, presentándose cuando quiere como una diva inalcanzable, y otras pareciendo una adicta desdentada y sucia. A la segunda la presenté aquí – no sé a quién, no hay demasiada gente que lea esto, y si la hay, ¿qué buscaban? – como un teatro de pobres, hace más de cuatro años, cuando llegué por primera vez. Entonces, no sabía, o no quería saber, que también es un escenario fértil como pocos. Como tiene un rato de las dos, engancha y asquea. Alegra y deprime al mismo tiempo.

Me gusta volver a Bogotá. Es mi segunda casa por derecho propio. Es, después de Madrid, el lugar del mundo donde más he respirado, y hecho todas las cosas que hacemos todos. Esta vez me quedo en el mismo sitio que la última vez que vine, con los mismos amigos. Aunque esta vez es diferente (¡Claro, estúpido! Todas lo son).

La primera mañana en Bogotá, azuzado por el clásico jet lag, decidí pasear hasta la oficina. Prefiero pasear en esta ciudad: Es tan hostil para un coche que me marea sólo pensar en sumergirme en su atasco interminable. También lo hago porque soy pobre. Soy pobre para la vida que llevo, y, si pasara mucho tiempo en un atasco, podría caer derrotado ante esa idea, lo cual multiplicaría el mareo. Y, bueno, ando porque resulta que me encanta andar.

Decidí prepararme antes de emprender los treinta minutos de caminata. No tenía datos, así que entré en Spotify, y me descargué Descubrimiento semanal, la lista que recoge cincuenta (¿o eran treinta?) canciones recomendadas por la aplicación en función de lo que has escuchado la semana anterior. Me encanta esa lista. Tanto, que últimamente se ha convertido en lo único que escucho en Spotify. El descubrimiento semanal de cada semana se basa, en mi caso, en el descubrimiento semanal de la anterior.

Creo que sonaba Portugal The Man. La canción me recordaba inevitablemente a Oasis mientras cruzaba la Séptima. Me fijé en los semáforos, todos nuevos, con sus hombrecitos rojos y verdes, ordenando sutilmente lo inordenable. Me crucé con un par de guardaespaldas, embutidos en sus trajes baratos; dignos y sonrientes. En ese cruce, el de la setenta y dos con séptima, hay de todo. Banqueros, políticos, vendedores ambulantes, policías, y ladrones. Ese cruce es una buena síntesis de lo que es Bogotá, pensé, antes de volver a la realidad: Un hombre corpulento salía de una furgoneta blindada con una recortada en la mano mientras mantenía el dedo en el gatillo. El cañón de la recortada me pasó a centímetros de la cara cuando el vigilante la levantó para apuntar hacia el cielo. Sonaba Leaf Off / The Cave, de José González, cuando recordé que Bogotá es una ciudad armada (Menudo Descubrimiento semanal, pensé).

En Bogotá, la seguridad privada es corpulenta y profesional, mientras los policías parecen los becarios de un zoológico. Estos son, en su mayoría, muchachos cursando el año militar obligatorio. En un país tan joven, la oferta de cadetes es tanta que una parte importante de estos chicos termina en la policía. Aquello pensaba mientras me dejaba caer por la Once. Pasé por delante de casa de Nico. Tengo que llamarle, me dije, sin saber que me encontraría con el al día siguiente, y corté una canción insípida que se había colado en mi Descubrimiento Semanal, hasta entonces inmaculado. Tiré de rock patrio, y me acordé de los días felices que habíamos pasado en el norte, a principios de verano, en casa de Raúl, y de aquella vez que vino a Bogotá, hace más de un año, a dar un concierto en el centro para quinientos fanáticos (y lo borrachos que terminamos entonces).

Seguí mi camino por Bogotá aquella mañana, y las siguientes, y Colombia y sus contrastes me seguían saludando cada vez que doblaba la esquina, cambiando de barrio pobre a barrio rico y viceversa. Tres días después – aunque me había propuesto escribir todo esto aquella mañana, lo fui dejando pasar, inventándome tareas más urgentes – entré en el Starbucks de la Avenida Ochenta y Dos, enfrente del Centro Comercial Andino. Hice cola durante unos veinte minutos. A mi izquierda, el propietario de una cadena de gimnasios pedía un té con leche de almendras y una tarTa de zanahoria para llevar. Cuando me llegó el turno, estaba perdido otra vez en mis pensamientos, en esta Colombia loca y sus contrastes, en su guerra y paz, y en como me gusta estar aquí. En ese momento, sonaba Leaf Off / The Cave, de José González en el hilo musical de Starbucks.

 

Jaime Pérez-Seoane Z

Anuncios

Opina

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s