La Rebelíon de Las Masas (Otra vez). Prólogo: Ortega, Mi Tío Dani y Los Monchos.


“Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo — en bien o en mal — por razones especiales, sino que se siente “como todo el mundo” y, sin embargo, no se angustia, se siente a salvo al sentirse idéntico a los demás”.

 

José Ortega y Gasset. La rebelión de las masas.

 

Hace dos, quizá tres años ya, mi amigo Daniel – el bueno y sabio de Mi Tío Dani – y yo salimos a pasear por uno de los parques que ofrece Bogotá, esa niña de infancia trastornada que respira abundancia y desdicha por partes iguales. El parque del Virrey quedaba a pocos metros de la casa donde vivíamos, aquella casona enorme y oscura que demolieron y remplazaron por otro insípido edificio más. El sol de montaña dominaba un escenario plagado de personajes Orteguianos: A nuestro lado, un tipo vestido en mallas de ciclista caminaba con prisa. El hombre agitaba los brazos mientras discutía a los cuatro vientos consigo mismo, o con quien fuera, en su defecto, que le oía a través de un pinganillo. Al otro lado de la calle, ya en el parque, la propietaria de un enorme culo embuchado en mallas de leopardo moradas recogía una caca del suelo con el cariño que un paleontólogo dedica a los restos de una especie de dinosaurio recién reconocida. A su vera, la misma marca de mallas protegía del sol y la vergüenza otros tantos culos, algunos regordetes, otros de plástico y otros, los menos, de lo más normales. En segunda, tercera, cuarta y sucesivas filas, Mi Tío Dani y yo divisábamos, en un orden que ya no recuerdo, al grupo de jubilados haciendo yoga, a los punkies reconvertidos en maestros de capoeira, al vagabundo que aporreaba el violín, los gringos jugando al frisbee con sus novias despelotadas en el jardín emulando la California de los sesenta, los camiones de comida vendiendo choripanes y jugos, al desplazado de las montañas que montó un puesto de helados, los runners, los foodies, los instagrammers, los cualquiercosaers. Y veíamos, por supuesto, a los Monchos. Había Monchos por todas partes, como siempre en el Parque del Virrey, estrecho y largo, verde y ruidoso, folclórico como tan sólo Ortega hubiera predicho. Y lleno, plagado, de Monchos.

  • Imagina que un extraterrestre está ahora observando, desde alguna parte, esta escena. Vaya planeta de tarados, pensaría.

 

Eso dijo Mi Tío Dani.

 

 

Jaime Pérez-Seoane Z

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