La noche en la que conocí al Torta de Jerez (y a Calamaro).


“Solo, siempre voy solo.

Debo de ser un solitario,

entre quebrantos y penas

y entre sueños y desengaños”.

Juan Moneo Lara.

 

Aquello comenzaba como empiezan todos los conciertos de flamenco en Madrid. En la cola siempre las mismas personas con los mismos chismes. La pareja de recién casados bien vestidos de delante comenta cómo fue la última vez que le vieron, el señor mayor de detrás escupe entre dientes la pregunta de si hoy estará “fino” y yo aguantaba nervioso la espera para ver si esta vez la mesa que habíamos reservado en la sala Clamores, llena a rebosar de los fanáticos madrileños de Juan Moneo “el Torta”, sería de las que te permite ver el concierto en condiciones o una de esas esquinadas en las que no te enteras de nada. Y es que a los flamencotes de Madrid nos une una hermandad basada en las salas oscuras, pequeñas y de techos bajos de los conciertos de entre semana. Sentados rodilla con rodilla en una mesa perfecta de frente al escenario, el camarero reptaba entre las mesas e iba plantando copas como la gitana que planta claveles en las solapas de los trajes en una feria cualquiera. El duende comenzaba a hacer su magia, el pellizco apretaba a los asistentes y mi compadre de fiestas flamencas, el Marqués, me dijo muy serio al oído – Ya le he visto pasar, viene de blanco-. Decir que el Torta venía vestido de blanco equivalía a una gran noche, a un Juan, como todos le llamábamos en esos conciertos, pletórico.

Los vítores y los aplausos cayeron como una avalancha sobre el tablao cuando salió Juan con su sobrino Juan Manuel Moneo al toque. Como siempre, la fiesta empezó con cantes ligeros. Alegrías, bulerías y fandangos. La intensidad aumentaba mientras el cantaor y el público se entregaban el uno al otro. Llegó una de sus cumbres, la canción que Juan dedicó a su maldición. “Heroína” cantada directamente desde sus propias venas, compuesta a base de su tormento. Su cante “del padecer y del sufrir”. Antes de cantar, una dedicatoria. “Esta canción se la dedico a Andrés Calamaro y a toda la gente de Cercedilla”. A esto último una mesa de unas diez personas contestó con una ovación y un aplauso. ¿Estará aquí Calamaro? Me preguntó el Marqués al oído. No creo, dije mientras miraba hacia la mesa de la gente de Cercedilla tratando de reconocer a alguien. Tras esa canción siguieron “Mi barca canastera” y para terminar “Viaje al cielo”, el homenaje de Juan a su querido Luis de la Pica que nos hizo subir con él y buscarle en Santiago y en la Plazuela. Una noche blanca, flamenca y madrileña que había vuelto a dejar a los incondicionales del Torta rendidos a sus pies.

Medio borracho gracias a la diligencia de los camareros lagartijas durante el concierto, llegué al baño atravesando el estrecho pasillo que va desde el escenario hasta él y al que da la puerta del backstage. Mientras aliviaba mi impaciente vejiga en el urinario continuaba emocionado. El Torta es el más grande del mundo, casi grité mientras tarareaba mi barca canastera. ¿O no? Le dije al hombre que meaba a mi lado sin mirar. “Sí, el pibe es gigante”. Ese tipo que tenía a mi lado tenía un marcado acento argentino. Yo seguía a lo mío y le seguí hablando mientras se iba a lavarse las manos. Es el mejor, hoy lo ha clavado. El hombre me seguía contestando y al girarme todavía hablamos durante unos segundos hasta que caí. Melena rizada, ojos claros, chupa de cuero.  Coño ¿tú eres Andrés Calamaro no? “Así es” dijo con una sonrisa. Tío te daría la mano, pero ahora tengo cosas más importantes entre manos pero encantado de conocerte. Calamaro se rió y contestó “encantado yo también” y salió por la puerta. Tras lavarme las manos apresurado salí del baño y me lo encontré a la puerta del backstage. Ahí ya pude saludarle. ¿Eres amigo de Juan? “Sí, nos conocemos desde hace tiempo”. Qué grande, Andrés. Encantado de nuevo. Y salí a la sala en la que sólo quedábamos el Marqués y el reducido grupo de amiguetes flamencos, alguno de ellos ya completamente borracho. Entonces aparece una chica que mira directamente hacia la mesa vacía donde estaba el grupo de gente de Cercedilla. ¿Buscas a los parraos? Ella se giró sorprendida “sí ¿cómo lo sabes?”. Bueno es que mis padres tienen casa en Cercedilla y llevo yendo desde pequeño a la sierra. ¿Cómo es que conocéis a Juan? Entonces, Carmen, la farmacéutica de la farmacia de la estación de tren de Cercedilla, me explicó que el Torta había vivido seis años en el pueblo y que ahí había nacido su hijo y que eran sus vecinos y que le adoraban. ¿Me lo puedes presentar Carmen? Dudó un segundo y me dijo, “venga ven”. Fuimos a la puerta del backstage y llamó. “Juan, soy Carmen”. Y entramos. Ahí estaba Juan, de blanco radiante, con su sobrino y con Calamaro en la misma sala que estaba impregnada de un intenso olor a marihuana. Encantado de conocerte Juan, enhorabuena por el concierto. Creo que eres el mejor cantaor de la Historia. Con una sonrisa de darle poca importancia a mis palabras aunque con un agradecimiento sincero, Juan me abrazó. “Muchas gracias” dijo con su inconfundible acento de Jerez. ¿Vais a algún lado a tomar una copa? Nos encantaría tomar una con vosotros. Juan sonrió y dijo que no, que ya se iban al hotel. Todavía nos dio tiempo a despedirnos una vez más cuando pasaron por la sala para salir del local. Él y todo su séquito recibieron un nuevo aplauso de los cuatro borrachos que le adorábamos como a un dios y que no hay un día que pase que no le echemos de menos. Cuando alguien me habla de él yo siempre digo con orgullo: Yo conocí al Torta, el mejor cantaor de todos los tiempos, el más puro. Ah y a Calamaro.

 

Carral del Prado.

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