El color de las almendras


Entre las paredes de ladrillo, al este de un viejo barrio, la luz del sol iluminaba el asfalto, transformando aquel lugar cualquiera en una escalinata al cielo. A mitad de calle, en el único banco a la vista, había un hombre arrellanado, el gesto descompuesto como un viejo muro romano, las manos escondidas bajo la chaqueta de un traje gris. El hombre renunciaba a cargar con su cuerpo; se había abandonado a la gravedad. Su piel rechazaba la luz que el astro divino le estaba regalando. Algunas palomas lo rondaban, con prudente distancia, pero desprendidas de su natural temor a los hombres. Se le hubieran acercado, quizás, de haber sido buitres, o cuervos.

De cuando en cuando, en tiempos a veces repetidos, a veces aleatorios, otro hombre atravesaba la calle. Primero lo hacía de este a oeste, y después, en sentido inverso. Unas veces iba cargado con maletas. Muchas, con un pequeño maletín de cuero. Y otras, con las manos vacías. Su paso era firme, aunque su destino careciera de evidencia. En sus apresurados paseos, su cuerpo absorbía tanta luz que el color de las cosas se atenuaba un grado cada vez que desaparecía tras la esquina, y no recuperaba el tono hasta que el muchacho estaba de vuelta.

En una de aquellas idas y venidas, el segundo hombre se sentó en el banco, junto al primero. Una mujer, que llevaba un rato mirando, reconoció en ese momento que ambos hombres habían rondado un tiempo atrás la misma edad, antes de que el primero se regalara al abatimiento y mutara en pálido mármol. Descubrió un aura de tristeza en los dos: El hombre de piedra y el hombre vivo. Reconoció en el segundo una energía que le resultó familiar. De la mano de la mujer se agarraba un niño de ojos grandes del color de las almendras. Su madre había advertido algo, y el pequeño no contuvo su hambre por conocer. Y tuvo respuesta.

– Eso que ves, hijo, es la diferencia entre la espera y la esperanza.

 

 

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